Por Arnoldo
Cuellar.
Decían los
clásicos antiguos que “los dioses ciegan
a los que quieren perder”. Hoy lo fraseamos de manera diferente y se habla de cómo
afectan a quienes deben tomar decisiones lo que sicólogos y estrategas llaman
“el lado ciego”.
Es el caso de la decisión que ya ha
asumido el gobernador Diego Sinhue Rodríguez, no sabemos si tomada por él o
impulsada por suprapoderes en la sombra, para darle un mandato autónomo de 9
años a Carlos Zamarripa como el primer Fiscal General del Estado.
Sinhue no dejará de ser responsable en términos
políticos de lo que haga o deje de hacer el nuevo Fiscal. El resultado del
combate a la inseguridad, de la prevención, el respeto a los derechos humanos
en esas tareas, la coordinación con fuerzas de los otros niveles de gobierno y
los roces que surjan en el camino, será en primera instancia responsabilidad
del Fiscal autónomo, pero siempre se verán en función de la decisión tomada por
el gobernador panista e impuesta a sus diputados.
La tendencia autócrata y
autosuficiente del estilo Zamarripa, que logró aislarlo de todo el gobierno
durante el sexenio de Miguel Márquez y generó en los hechos una autonomía extralegal,
chocará de forma directa con la creciente presencia de corporaciones federales
obligada por la emergencia de seguridad que vive Guanajuato.
La historia institucional del hoy
procurador y futuro Fiscal, su acumulado de episodios conflictivos, de casos no
resueltos, de estadísticas manipuladas, no podrá cambiar de la noche a la
mañana y probablemente el estilo de la casa los profundice.
La apuesta central de Diego Sinhue es
que Zamarripa mejore sus cifras, no sus procedimientos, con los que probablemente
incluso esté de acuerdo. Sin embargo, en caso de ser así, tampoco esas son
buenas noticias para el político electo en las urnas que verá ocurrir una
transferencia de poder real, burocrático, desde su oficina a la del Fiscal
General.
Así que ya
se ve surgir un dilema cuyas dos premisas son negativas para el gobernador: Un Fiscal que fracase le hará pagar cara la
decisión de haberlo sostenido contra viento y marea; un Fiscal que funcione
provocará un desplazamiento del centro de poder de la administración, sobre
todo si se toma en cuenta la inseguridad con la que el actual gobernador está
ejerciendo el cargo.
En ambos
casos, trátese de un fracaso o de un
éxito real o aparente, el estilo Zamarripa, fortalecido por su control sobre
Alvar Cabeza de Vaca y las corporaciones municipales de casi todo el estado,
asegura confrontaciones y falta de coordinación con las corporaciones
federales, cuya presencia se incrementará en el estado en los próximos meses.
Los incidentes en esa agenda
generarían un desgaste adicional a la relación profunda del gobernador con el
gobierno de la República. Quizá el mayor riesgo será el de confirmar que no
existe un control político de Diego Sinhue sobre el Fiscal general del estado
o, peor aún, que hay una complicidad.
No es menor lo que Diego Sinhue
Rodríguez se está jugando con la decisión aparentemente acrítica, aparentemente
hecha bajo consigna, aparentemente inducida y pactada desde el gobierno
anterior de Miguel Márquez, de respaldar la ambición de Zamarripa de ser el primer
Fiscal general y extender su dominio sobre el aparato de seguridad de
Guanajuato por 19 años.
El error puede ser aún peor que el
del arrendamiento de Escudo que fue un lastre permanente para Márquez, pero que
nunca lo complicó en profundidad, en parte por la complacencia de la oposición
política en el Congreso.
Resulta francamente inexplicable que
un político joven, que quiere representar un cambio generacional en un partido
que sufre una crisis profunda, hipoteque de esta manera una carrera política que,
en verdad, apenas empezaba.
¿Lado ciego
o travesura de los dioses? Quizá solamente, la combinación de una élite
política ensoberbecida e insensible que defiende privilegios, y un político
inexperto que no se anima a volar por su cuenta e inaugurar su propia historia.
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