Por Gustavo
De la Rosa.
Este domingo
sepultamos a mi hermano Eulogio, quien sobrevivió con síndrome de Down desde su
nacimiento en 1949.
Manuel Eulogio, o Many como exigía
que le llamáramos, fue compañero de la infancia y juventud de cinco hermanos y
60 sobrinos; su condición hizo de él un niño eterno, un pícaro de inmensa alegría
y gran caudal de amor y perdón, e incapaz de planear o ejecutar daños contra
los demás.
El concepto y la atención que le
brinda la sociedad y el Estado a los niños nacidos con Down ha cambiado mucho
desde 1949; en aquel entonces se recibía el nacimiento de un niño con esta
condición como castigo divino y era costumbre familiar esconderlos, como si
fuesen una vergüenza. En nuestro caso particular, sin embargo, él fue parte de
una camada de una decena de hermanos y era imposible mantenerlo secreto, evitar
que se hablara de él o explicarle al vecino por qué nunca salía a jugar con los
otros vagos de la esquina.
Nuestros
padres decidieron que el nacimiento de
Eulogio no sería un castigo divino, ni una vergüenza ante la sociedad del
poblado lagunero donde vivíamos, y le dieron el mismo trato que a sus otros
hermanos; mi madre lo cargó en brazos hasta los cuatro años y entre sus
hermanos nos dividimos la tarea de cuidarlo; fue a esa edad que Many empezó a
caminar, después de que cada uno de nosotros nos encargamos, dentro de nuestros
juegos, de caminar con él.
Él convivió con los clientes del
taller mecánico y eléctrico de mi padre, aunque muchos de ellos lo veían como
si fuera algo extraño y al verlo exclamaban “mira un mongolito”. Tengo que
hacer aquí un paréntesis para explicar que en aquel entonces a niños como
Eulogio se les identificaba como mongoloides, un término discriminatorio contra
los asiáticos y contra las personas con síndrome de Down.
La decisión de mis padres de darle un
tratamiento similar al que nos dieron a todos nosotros, con poca atención individual
pero mucha atención colectiva, le permitió a Eulogio llevar una vida feliz y
mostrarnos la existencia de un lado amable, comprensible y amoroso de la vida.
Incluso logró, a través de la simplicidad de sus rutinas, convertirse en un
joven muy fuerte físicamente y organizado, y aquel desarrollo le permitió
elaborar un lenguaje propio que lo comunicaba sin problemas con la familia y
quienes mejor lo conocían.
Recuerdo que en la década de los
setenta se exhibió una película donde una niña Down lograba obtener cierto
nivel de éxito en la vida y, aunque el daño cerebral representado por esta
jovencita no era tan extenso como el de mi hermano, este filme logró entregar
el mensaje a la humanidad de que los niños Down también son personas que deben
ser respetadas; fue desde entonces, o posiblemente pudo haber sido un poco
antes, que se dejó de ocultar ante la sociedad a los niños afectados de tal
manera.
Ahora que se ha dado una gran
polémica sobre el lenguaje y se han desatado discusiones conceptuales sobre el
género y el sexo, resulta interesante la profundidad de los matices del
lenguaje. En aquellos tiempos, cuando Eulogio era considerado un mongoloide,
nuestra lucha era por su derecho a salir a la calle, a disfrutar de la lluvia y
a no tener que vivir encerrado bajo techo; la terminología quedaba de lado pues
lo importante era lograr que se pudiera desarrollar en mejores condiciones y
rodeado de niños que recibieran su cariño.
Nuestros gobernantes son muy
cuidadosos al usar los términos de moda, sin embargo la atención a estos niños
y a otros muchos sigue siendo responsabilidad de sus familias o, en el mejor de
los casos, de grupos ciudadanos conmovidos por las circunstancias de su
existencia, porque es difícil pensar que algún día el Estado vaya a asumir la
responsabilidad de apoyar, con eficacia y honestidad, a todos quienes disfrutan
del amor de un niño Down pero que no tienen los recursos necesarios para su
cuidado.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.