Por
Alejandro Calvillo.
Hemos comido
por decenios atún que no era atún, panes integrales que no tenían harina
integral, néctares que contienen una cantidad mínima de jugo, a nuestros hijos
les damos yogures que dicen que les permiten crecer, cereales que les brindan
vitaminas y minerales, así como bebidas gaseosas que nos brindan felicidad.
Hemos sustituido nuestros alimentos por productos fabricados a partir de
diseños de laboratorios. Desconocemos lo que nos llevamos a la boca.
Gracias a
normas hechas a modo de las corporaciones y a una publicidad y etiquetados
engañosos, los mexicanos nos hemos convertido en los mayores consumidores de
comida chatarra, de productos ultraprocesados llenos de azúcar añadida, de
grasas, sal y colorantes, saborizantes, aromatizantes, emulsificadores y demás
ingredientes químicos. Entre los mexicanos, los niños son los que consumen los
productos ultraprocesados menos saludables, lo más chatarra, los que tienen más
azúcar, grasas, sal, más colorantes, más saborizantes y más aromatizantes
artificiales.
El
contubernio entre las autoridades y las corporaciones en las pasadas
administraciones permitieron esto y mucho más, a tal grado que los consumidores
mexicanos actuamos con una profunda ceguera respecto a lo que nos llevamos a la
boca y les llevamos a la boca a nuestros niños. No es de extrañar que lo que
comemos se haya convertido en la principal causa de enfermedad y muerte.
Desde las
normas oficiales mexicanas que durante años permitieron que los panes que
compramos como panes integrales no tuvieran un gramo de harina integral, que el
atún que comemos pueda tener más del 50 por ciento de soya y que los néctares
ni tan siquiera tengan una norma oficial mexicana que los regule; hasta la
publicidad que permite el engaño a los consumidores, a los padres de familia
sobre los productos que les dan a sus hijos: en todos los casos se puede
comprobar el servicio de las instituciones públicas reguladoras a los intereses
privados. Y lo más grave, el engaño está hasta en las etiquetas que sería el
único recurso que tenemos como consumidores.
Basta
revisar las normas oficiales mexicanas que regulan estos productos para
encontrarse una larga lista de empresas que participaron en su elaboración.
Desde la administración de Salinas de Gortari, la Ley Federal sobre Meteorología
y Normalización se abrió a la influencia de las corporaciones bajo el principio
de que debería democratizarse una actividad que antes se ejercería directamente
desde las instancias reguladoras del Estado. Desde Salinas, una gran cantidad
de normas han quedado dictadas por las corporaciones.
Tomando los
tres ejemplos mencionados: ¿Por qué durante decenios la norma que regula los
productos de panificación permitió, de manera totalmente engañosa, que se
comercializaran panes como “panes integrales”, sin tener harina integral? Un
gran negocio para esa industria, engañando a los consumidores, vendiendo un
producto a un precio mayor por supuestamente tener una cualidad: “ser
integral”. Se le puso un poco de color caramelo y algo de fibra para como se dice
popularmente “diera el gatazo”. El gran beneficiario fue Bimbo que ha mantenido
el control casi monopólico del mercado del pan industrializado en el país.
Durante
decenios también consumimos jugos que no eran jugos. No se estableció norma
para estas bebidas hasta 2009. Más del 70 por ciento de los jugos analizados
por Profeco en 2006 estaban adulterados con agua, azúcares añadidos, colorantes
y demás ingredientes. En la práctica, sin norma se podía vender lo que fuera
como jugo, bastaba que lo pareciera para el consumidor. Desde 2009 se
estableció la norma que evita la adulteración de los jugos. Y la industria,
como Jumex y Del Valle, que fue comprada por Coca Cola 3 años antes, se
opusieron a que la norma también regulara los néctares. Este tipo de regulación
en otros países agrupa a los jugos y los néctares, pero en México la industria
logró que se excluyera a los néctares.
Con norma
para jugos y sin norma para néctares, la mayor parte de los jugos
industrializados desaparecieron del mercado. Del Valle y Jumex, seguidas de las
demás industrias del ramo, sustituyeron en las estanterías los jugos regulados
por néctares no regulados, y dejaron muy pocos jugos en el mercado. Estas
empresas realizaron una gran movida porque inundaron el mercado de néctares que
tienen grandes cantidades de azúcares añadidos, colorantes y otros ingredientes
añadidos, aprovechándose del hecho de que los consumidores mexicanos piensan
que los néctares son jugos concentrados. Si antes habían logrado engañar a los
consumidores que compraban jugos que no eran jugos, ahora lo hacen con los
néctares que son ingeridos por los consumidores pensando que son un producto
muy diferente a lo que realmente son. Por lo pronto, los néctares con altísimas
cantidades de azúcares, siguen siendo los predilectos en las tienditas de la
escuela y la lonchera de los niños mexicanos que presentan una de las mayores
incidencias de sobrepeso y obesidad.
El caso del
Atún es el último en darse a conocer, en cuanto a engaño y ocultamiento en la
composición de los alimentos. Lo que llama la atención es que en la norma de
productos de pesca no se regula el añadido de soya en el producto. Por lo
tanto, se puede añadir la soya que se quiera y el consumidor comprará y
consumirá el producto sin saber que gran parte del producto contiene soya. Y
más grave aún, al no informar la presencia de soya al frente del producto, las
personas alérgicas pueden verse en una situación peligrosa. No requerimos
realizar una gran reflexión para saber por qué no se estableció en la norma un
máximo para el uso de soya en el atún.
Más allá del
pan integral, de los néctares y el atún, que sólo sirven de ejemplo, está el
proceso en el que estas regulaciones o ausencias de ellas, se dan por la
interferencia de los poderes económicos sobre las funciones públicas.
Los comités
de norma se forman, generalmente, con la participación del gobierno, la
academia, la representación de consumidores, el sector comercial y el sector
industrial. Durante los sexenios anteriores, los votos del gobierno estuvieron
del lado de la industria, a esos se sumaron la representación de los
consumidores, casi siempre representada por PROFECO. Desde Economía se
determinaban sus votos, tanto de las dependencias del gobierno involucradas en
la norma, como de PROFECO. Estos votos se sumaron, en muy diversas ocasiones, a
los de la industria y el sector comercial.
Un ejemplo
claro, en otro sector, el automotriz, es el de la seguridad vehicular. La
norma, que fue establecida después de varios años de retraso, fue influenciada
por la industria automotriz para permitirse la venta de vehículos en México sin
los sistemas de seguridad que cumplen todos los vehículos que esa misma
industria exporta desde México a los Estados Unidos, Canadá y Europa. Lo
anterior a pesar que la propia Secretaría de Salud y la Secretaría de
Comunicaciones y Transporte exigían avanzar en sistemas de seguridad básicos
recomendados por la Organización de las Naciones Unidas.
La
normatividad y las regulaciones que sean establecidas durante este sexenio serán
la mejor muestra de qué tanto el poder político se independiza del poder
económico, cumpliendo lo que el presidente ha prometido, haciendo prevalecer el
bienestar público sobre el interés privado.
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