Arturo
Rodríguez García.
La
capilla de Funerales Martínez lucía atestada. Era marzo de 2010 y el féretro
con Jorge Mercado Alonso estaba a punto de partir hacia el panteón Santo
Cristo, en Saltillo. Murió golpeado y acribillado cuando salía del campus del
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), donde
estudiaba un posgrado, para cenar junto con su compañero de estudios, Javier
Arredondo.
La
balacera del 19 de marzo de 2010, en el exterior del campus, se envolvió
brevemente en las dudas sembradas por la Secretaría de la Defensa Nacional
(Sedena), que identificó dos cuerpos como sicarios abatidos, y para la
fotografía de prensa les colocó armas de alto poder, que luego debieron
retirar.
Nunca se
pudo ver qué fue lo que ocurrió, porque la institución educativa entregó los
videos de las cámaras de seguridad a la Sedena, primer paso del control de
daños al que el rector Rafael Rangel Sostmann se prestó.
Supe que
aquella noche del 19 de marzo un grupo de reporteros se vio expuesto a una
agresión en el lugar, mientras cubría los hechos –granadas de disuasión
arrojadas desde lo alto del paso a desnivel de la avenida Garza Sada, se dijo–,
como parte de los incidentes extraños que envolvieron la operación.
Casi dos
años antes, en Creel, Chihuahua, fui a otro funeral abrumador. Correr es
actividad lúdica que al estilo Tarahumara se practica con los pies descalzos.
Corrían los jóvenes en competencia jovial, el 16 de agosto de 2008, cuando
ocurrió la masacre en ese pueblo serrano. Ahí fueron 12 muchachos, la mayoría
jóvenes estudiantes en su último fin de semana de vacaciones de verano, quienes
fueron acribillados, entre ellos un padre con su bebé en brazos.
Los 12
féretros regulares y uno pequeño, funeral colectivo, el saldo terrible que el
gobierno difundió –en filtraciones desde el anonimato, como suelen hacerse esas
cosas– como una riña entre indígenas, luego un enfrentamiento, luego… el
olvido.
Entre
esos dos momentos ocurrió la masacre de Villas de Salvárcar: casi 60 muchachos,
estudiantes también. Y esa vez también cundió la desinformación en un primer
momento, cuando el gobierno quiso justificar esa masacre con “ajustes de
cuentas” entre bandas de narcomenudistas.
La muerte
de jóvenes por todo el país era la constante: sólo en Torreón, 10 jóvenes que
se divertían en el bar Ferry fueron masacrados en enero de 2010; 10 más
murieron en el bar Juanas VIP en mayo de ese año; 17 murieron acribillados en
una fiesta en la Quinta Italia, en julio siguiente. “Ajustes de cuentas” por
“el control de la plaza”, se dijo.
En Nuevo
León, el estudiante de psicología Víctor Castro Santillán fue asesinado a
finales de abril de 2010. A las autoridades no les importó que el joven abatido
tuviera su libro de Sigmund Freud en la mano, cuando lo identificaron como
narcomenudista. Sólo por el tesón de su madre es que su paso por este mundo
quedó limpio.
Conocí y
escribí cada una de esas y muchas otras historias como reportero. Pero fue en
el funeral de Jorge Mercado, cuando un hombre amable se aproximó. Era su tío.
Me lo recordó de 20 años atrás, cuando un pequeño alegre correteaba en las
reuniones familiares. Supe entonces que aquel pequeño tocó luego guitarra
clásica, que era corredor, que estudió ingeniería y que estaba en el ITESM
becado para su maestría, hasta que –para recordar la jerga indolente de
Felipe Calderón, escribo– se convirtió en “daño colateral”.
El único
soldado preso por la muerte de Jorge y Javier nunca quiso hablar. Todos en la
prisión del Campo Militar No. 1 decían que era un chivo expiatorio, el pagador
de una misión fallida que tenía presión política, a diferencia de muchas en las
que se ubicó a las víctimas como delincuentes sin serlo, algo que por lo
reiterado era política formal.
Aquella, la
vez de Jorge y Javier, a los estudiantes del ITESM les prohibieron
protestar. Para resolver el momento emotivo, se les permitió una marcha, pero
sólo alrededor del campus y por la banqueta. Hay que protestar bonito,
creativo, se decía. El silencio se impuso como suele imponerse en las
instituciones educativas, a través de maestros solícitos a ver por la “imagen
institucional”. “Hagan una propuesta”, instruyó el rector Rangel, quien meses
después remitió un mamotreto a la oficina presidencial donde se encajonó en el
archivo de nunca jamás.
Tantas
vidas arrebatadas, tanta muerte y destrucción no se borran con la disculpa
tardía. La memoria viva: “hay quienes de buena o de mala fe intentan detener la
acción del gobierno”, fue la frase sincera de un Calderón empecinado, terco,
paranoico ante el reclamo de las víctimas un año después, tras la muerte de
otro joven estudiante, Juan Francisco Sicilia Ortega, Juanelo.
En el ITESM,
estudiantes de hoy se opusieron a que Calderón impartiera una conferencia.
Esa institución sigue sumando deudas con la sociedad, no le retiró la
invitación y sólo se canceló por la declinación del expresidente que por fin
pidió perdón. Excusa tardía, arrancada ante el rechazo colectivo ahora que
quiere tener partido político, insuficiente para las familias de Jorge y
Javier, y para las decenas de miles de víctimas, entre estas muchas de jóvenes
y estudiantes, de su delirante “guerra contra el narco”.
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