Gustavo De
la Rosa.
Para Bianca.
En las últimas
semanas, diferentes sucesos nos obligan a reflexionar sobre la libertad de
manifestación.
Primeramente,
hay que recordar que en México, durante los últimos meses de 1968 y hasta 1973,
prácticamente no hubo libertad de manifestación pues el mismo sitio donde se
reunían los activistas, que pretendían movilizarse a favor de alguna causa, era
donde se les agredía.
El caso de
represión a la libertad de manifestación más trágico fue la agresión a la
marcha del jueves de Corpus; aquel día, 10 de junio de 1971, los jóvenes que
habían recuperado su libertad después de enfrentar infundados procesos en su
contra por su participación en el movimiento de 1968 decidieron rescatar el
derecho a manifestarse en las calles de la Ciudad de México, y no sólo fueron
reprimidos violentamente, sino que, en su perversidad, Luis Echeverría acabó
por lanzar contra ellos un grupo de homicidas entrenados, que dispararon en
contra de los manifestantes pacíficos que transitaban por Ribera de San Cosme.
Ese día 120 estudiantes fueron asesinados.
Realmente
era un reto del Gobierno en contra de los ciudadanos; mientras en la Ciudad de
México no se permitía manifestarse a quien estuviese en contra del Gobierno,
Luis Echeverría abría canales de acercamiento conciudadanos que antes habían
estado relegados por el poder. Lo paradójico de los hechos posteriores al 10 de
junio fueron los impactos políticos dentro del régimen, por un lado, se golpeó
a los ciudadanos jóvenes que pretendían tomar la calle y por otro lado se
golpeó y expulsó del poder a los adversarios internos del régimen, a los cuales
se les culpo de las agresiones contra los manifestantes.
Los
Halcones, el grupo armado de Echeverría, se convirtieron en una especie de
amenaza ubicua que también temíamos los estudiantes de provincia, pues se nos
aparecían y agredían en cada manifestación. El nombre de aves tan bellas en la
naturaleza, el gavilán y el halcón, se convirtió en símbolo de violencia y
temor para los jóvenes de aquellos años, casi equivalente al contemporáneo de
sicarios.
Esta
reflexión la hago para comparar el comportamiento de las autoridades frente a
las manifestaciones de los mexicanos en estos últimos días.
Realmente,
¿se podrá condenar socialmente cualquier tipo de violencia que generen
manifestantes que toman la calle? Para mí no puede condenarse a priori, pues
hay violencia justificada y casi indispensable para visibilizar el abandono
institucional de un grupo social específico, despreciándolo y condenándolo al
olvido permanente.
Desde mi
punto de vista fue justificada la violencia de las mujeres contra el Ángel de
la Independencia, símbolo territorial de los militantes de derecha, los
fanáticos del futbol y de los jóvenes del barrio que presumen sus últimos
vehículos y su ropa de marca, símbolo de la desigualdad que invade a todo el
país; para las mujeres, las palabras no bastaban contra la violencia que
permanentemente las acosa desde cualquier lado.
Pero otra
cosa fue la destrucción y ataque a inmuebles y tiendas por porros infiltrados a
las manifestaciones por los 43 desaparecidos de Ayotzinapa; esos violentos,
verdaderos delincuentes, no tenían ningún derecho de agredir violentamente el
entorno de la manifestación, suya no era la violencia que surge del alma y el
corazón de las víctimas, de los padres, las familias y los compañeros de los
desaparecidos, sino un afán oportunista, sin conciencia ni vergüenza, que busca
desprestigiar la lucha por la verdad tras la noche negra de Iguala.
También
cuestiono la agresión simbólica contra las mujeres que desean ejercer su
derecho a decidir sobre su futuro personal y maternal, lanzada por creyentes
desde los portales de algunos templos, bajo supuesta vigilancia en contra de
estos seres que, capaces de olvidar su obligación de reproducirse, serían
entonces también capaces de destruir los templos que guardan la santidad de la
religión, olvidando que la mayoría de las mujeres que en México interrumpen su
embarazo, en las peores condiciones de salud y protección, son católicas.
Si bien es
cierto que las autoridades deben aplicar la ley, también deben entender, en la
aplicación de la misma, que aunque la ley la pintan ciega es bueno que se sepa
el contexto y la circunstancia en que se da la violencia; por eso, desde esta
frontera en donde la violencia de verdad es violencia, donde rebasamos los 100
homicidios por mes y aplaudimos cuando un mes está por debajo, regreso al
título de esta colaboración: libertad de manifestación (aún la violenta) y no
de agresión (aún la simbólica, que se hace desde los atrios de las iglesias).
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