Salvador
Camarena.
Hay quien
cree en las monarquías. No sólo creen en eso, sino que defienden la anticuada y
antidemocrática concepción de que unos heredan poder y atributos sólo por nacer
de quien nacieron.
El derecho
de sangre es muy popular si tomamos en cuenta no sólo que poderosos países
llevan siglos con ese precepto como sistema de gobierno. Más allá: es tan
popular que ha permeado en naciones que llevan siglo y medio sin reyes, como
México.
De un tiempo
para acá se discuten en la prensa y en las redes sociales las virtudes, y sobre
todo supuestos defectos, de un policía de carrera por el hecho de que su abuelo
fue un general protagonista de la represión y su padre un policía de primera
línea de la oscura época conocida como guerra sucia.
El ascenso
de Omar García Harfuch a jefe de la policía de Ciudad de México ha venido
acompañado de una curiosa influencia monárquica. Comentarios en redes y notas
periodísticas sobre el nuevo encargado de la seguridad de la capital destacan
que es nieto de quien es nieto e hijo de quien es hijo. Y al destacarlo,
supongo, se quiere subrayar algo malo, o dudoso, o cuestionable de este
funcionario.
Debe ser muy
poderoso eso de la sangre. Porque por aquí y por allá se menciona que es nieto
de Marcelino García Barragán, general de división que murió dos años antes de
que naciera el hoy titular de la policía. Seguro que a uno se le pega lo
represor con sólo ver las fotos del abuelo en el álbum familiar. Seguro.
En cambio,
con su padre García Harfuch sí pudo convivir, pero sólo 16 años, pues si
Wikipedia está bien Javier García Paniagua falleció en 1998, mientras que
García Harfuch es prácticamente un millennial (nació en 1982).
Supongo que
el exjefe de la terrible Dirección Federal de Seguridad no le diría a tan
tierna edad todas las verdades de un sistema policiaco que funcionaba (es un
decir) con base en, cuando menos, tehuacanazos. Supongo.
Lo que sí es
obvio es que, quizá inspirado en sus ascendentes familiares, García Harfuch
abrazó la carrera policial muy joven, hecho que le llevó a especializarse en la
materia fuera de México.
Pero
destacar como paradoja o contradicción que un gobierno de izquierda como el
Sheinbaum dé una oportunidad, y un encargo mayor, al “nieto de un represor”
suena a pensamiento monárquico. Hasta los que redactaron la Biblia ya creían
que a un hijo no se le debe juzgar por el padre, qué decir por el abuelo.
Todo lo
anterior sin mencionar que si nos vamos a poner a cuestionar el palmarés de
García Harfuch por sus apellidos, quizá mejor debiéramos empezar por revisar
qué hacían, en edad adulta, colaborando en el gobierno y formando parte del
partido del caradura de Díaz Ordaz, cuadros de la actual administración como el
director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett, y el diputado
Porfirio Muñoz Ledo, por mencionar un par.
García
Harfuch tiene un reto mayúsculo. Pero, siguiendo con el pensamiento mágico,
digo monárquico, se equivocan quienes creen que, con sangre represora en sus
venas o no, él podrá con el paquete sólo porque es el nuevo emperador de la
policía capitalina.
Como lo han
insistido especialistas como Ernesto López Portillo, la seguridad no va a
mejorar mientras no sea profesional, sujeta a estándares internacionales
(incluyendo salarios y prestaciones), vigilada por la ciudadanía y con
mecanismos de rendición de cuentas internos y externos. Será así o no será, la
dirija García Harfuch, la reina Isabel o el mismísimo Napoleón.
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