Raymundo
Riva Palacio.
No hay peor
forma de enfrentar una crisis que hacerlo en forma desunida. Y no hay peor
desunión para abordarla, que cuando la principal crisis es al interior del
equipo que tiene la principal responsabilidad para afrontarla. Esto es
precisamente lo que está sucediendo con las crisis del coronavirus y económica
en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que a la vez que sigue rompiendo
el acuerdo nacional –y ahora internacional en el caso del plan petrolero
mundial–, sigue pudriéndose por dentro con su falta de control interno en
política y mensaje.
Es como si
el gobierno viviera inmerso en el caos, donde el Presidente contradice a sus
funcionarios, y estos se contradicen entre ellos, donde la mayor parte del
gabinete luce fantasmal, y es inexistente un mensaje oficial unificado.
Las crisis
generan incertidumbre, pero se vuelven más difíciles de controlar cuando quien
lleva la iniciativa para enfrentarla produce más incertidumbre. Esta sensación
reduce capacidad de liderazgo y desconfianza entre sus gobernados, que cuando
se le añade el factor de las redes sociales, que exacerba las pasiones y
polariza, provoca que la búsqueda de consenso para gobernar, unidad necesaria
para poder enfrentarlas de la mejor manera posible, quede destruida. No ayuda,
por supuesto, que el propio presidente sea el primer causante de la desunión y
la incertidumbre.
Olvidémonos
de su agenda económicamente ultraconservadora e ideológicamente divisiva.
Centrémonos en cómo quiere tomar el control de las cosas. La semana pasada dijo
que un grupo de empresas debían 50 mil millones de pesos al SAT, y que le daría
una lista de las 15 principales deudoras al presidente del Consejo Coordinador
Empresarial, Carlos Salazar, para que le ayudara a cobrar. Al enviar esa carta
violó la ley, y si Salazar abrió el sobre con los nombres, sería cómplice de un
delito. El SAT puede enviar la información al jefe del Ejecutivo porque es la
máxima autoridad tributaria, pero el artículo 69 del Código Fiscal obliga a las
autoridades tributarias a guardar “absoluta reserva” en lo concerniente a las
declaraciones y los datos suministrados por los contribuyentes.
La acción
del Presidente, que le funcionó muy bien entre sus incondicionales, es
políticamente destructiva. El liderazgo no se construye a través de la
coerción, que ha sido utilizada por López Obrador sistemáticamente en la
Presidencia, sino del apoyo voluntario. Al alienar el Presidente a un sector de
la población, lo que ejerce es la violencia, pero no el poder. Su acción ha
servido de ejemplo para la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia
Sheinbaum, que amenazó a las empresas que hayan despedido personas durante la
crisis sanitaria con impedirles que operen en la capital, o el gobernador de
Baja California, Jaime Bonilla, quien prohibió que una compañía que fabrica
mascarillas reanudara su actividad esencial al no venderle sus insumos, porque
tenía vendida la producción a Estados Unidos.
Las crisis,
que también son impredecibles, no sólo se atacan en su momento, sino en la fase
de la postcrisis. Acciones como las que están haciendo López Obrador y su
camarilla, no ayudan a resolver la crisis actual y están dinamitando puentes
para enfrentar las consecuencias inmediatas y posteriores a estas crisis.
Piensan de otra manera y su diagnóstico es contrario, pero esta es una realidad
que se ve afuera de Palacio Nacional. El Presidente no va a poder lograr la
unidad que dice querer cuando pide una tregua, si él mismo es quien incumple su
palabra y lanza cruzadas morales contra todo lo que no le gusta en el
horizonte. La descomposición de su entorno sociopolítico se acelera aún más,
cuando traslucen las contradicciones y luchas que esta doble crisis ha
provocado dentro de su gobierno.
El viernes,
el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, enmendó una decisión de la
Secretaría de Agricultura, que llamó “error”, de restablecer la producción y
distribución a la industria cervecera. Con un presidente como López Obrador,
donde nada se mueve sin su autorización, la autorización de la Secretaría de
Agricultura a las cerveceras no pudo haber sido hecha sin su aprobación. Se
puede conjeturar que lo consultaron en Palacio, donde se aprobó la iniciativa,
pero que no se pidió la opinión de la Secretaría de Salud, que reaccionó con
virulencia.
Esto manda
señales contradictorias a la sociedad. ¿Qué no se hablan entre dependencias?
¿Qué no hay un comité de emergencia que revise y procese todas las acciones de
gobierno? Roberto Rock publicó este domingo en su columna habitual en El
Universal que el secretario de Agricultura, Víctor Manuel Villalobos –muy
cercano al consejero jurídico de la Presidencia, Julio Scherer–, no pudo hablar
con López-Gatell durante más de 24 horas, porque no le tomaba la llamada, para
hablar del tema de las cerveceras. A esas horas, agregó Rock, su equipo en
Salud celebraba que su jefe iba a aparecer en varias revistas del corazón.
En una crisis,
la gestión, administración y el control de la información es fundamental. La
narrativa del régimen no puede mantenerse inalterable, como si nada de lo que
sucede afectara su rumbo original. La propaganda, como estaba diseñada, no
funciona en estas condiciones, como es lo que intenta su oficina de mentiras y
odio. La información debe estar respaldada en hechos, no en dichos y
falsedades, características de este gobierno. Mantener el mismo discurso, que
cruje con la realidad, lleva al desgaste, reflejado en las encuestas de
aprobación presidencial, que muestran que la mayoría le perdió la confianza al
Presidente para manejar esta crisis.
La acción de
gobierno debería ser homogénea y en la misma dirección, no salpicada de
frivolidades y lastimada por los conflictos internos. Hasta ahora, ante la
incertidumbre de las crisis, lo que tenemos es un presidente y un gobierno,
impredecibles. No son señales optimistas.
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