Francisco
Ortiz Pinchetti.
A salvo del escrutinio ciudadano y de
los medios de comunicación, los congresos locales de las 32 entidades
federativas de la República, encabezados por la Asamblea Legislativa de la
capital, se han convertido en el más suculento botín de los políticos mexicanos.
Ahí, un total de mil 125 diputados de todos los partidos medran “legalmente” a
través de dietas, comisiones, bonos, igualas, apoyos de todo tipo, sin tener
que rendir cuentas a nadie.
Y cada uno de esos zánganos nos
cuesta a los mexicanos más de 12 millones de pesos al año. En promedio. Porque
en el caso de la Ciudad de México cada Diputado local cuesta al erario 28.8
millones de pesos. Esta suma, para dar una idea, equivale a unos ¡360 mil
salarios mínimos!
Además, los integrantes de nuestras legislaturas
estatales tienen abiertas las posibilidades para “negocios” de todo tipo, al
amparo de complicidades que les aseguran la impunidad, como el cobro de
“moches” a alcaldes, el tráfico de subsidios y programas especiales, y la
“limpia” de cuentas públicas, como quedó en evidencia recientemente con el
video escándalo de San Luis Potosí.
Del despilfarro inaudito que implica
el funcionamiento de esas entidades legislativas que navegan en la opacidad dio cuenta hace unos días el
“Informe Legislativo 2017” realizado por Instituto Mexicano para la
Competitividad (IMCO). Según el estudio recogido por SinEmbargo, agárrense, los congresos locales de México
son los terceros más costosos e ineficaces del mundo, solo por debajo de
Nigeria e Italia. Además, el presupuesto que se destina a cada Diputado es
mayor al de países como Holanda, Francia y Colombia.
El documento
analiza la composición, manejo de recursos y desempeño legislativo de los 32
congresos locales (31 congresos y una asamblea legislativa), tomando en cuenta
el presupuesto anual de la dependencia y lo compara con algunos países del
mundo. Y destaca que en los últimos 40
años el número de legisladores locales en México se triplicó, al pasar de 369 a
mil 125 diputados.
El derroche es escandaloso: en el
presente ejercicio los congresos locales ejercerán en conjunto unos 13 mil 660
millones de pesos, cifra superior al presupuesto anual asignado al estado de
Baja California Sur, por ejemplo. Dicha cifra –un
promedio de 402 millones de pesos por congreso al año– representa el
presupuesto acumulado de 746 municipios del país en 2013. Y lo peor es que
tamaña erogación no sirve para nada.
Adicionalmente, los congresos
estatales gastaron en 2016 otros mil 355 millones de pesos en dádivas, señala
el IMCO. Indica que
17 de ellos destinaron recursos para
actividades no legislativas a cargo de los diputados locales, y que se
etiquetan como “ayudas sociales”. Esas ayudas, por cierto, a menudo empleadas
para promoción personal o partidista con fines electorales.
Los órganos legislativos estatales,
además, están dominados generalmente por mayorías incondicionales del
gobernador en turno y de su partido. El informe confirma al respecto que a pesar de que se supone
son una pieza fundamental en el sistema de pesos y contrapesos, en 22 de ellos
se aprobaron en 2016 más del 80 por ciento de las iniciativas del gobernador y
de esos estados, ocho congresos aprobaron el 100 por ciento. Viles levanta
dedos.
En el Informe se determina
ineficiencia, rebase ilegal del monto asignado, discrecionalidad en los
recursos y opacidad, al grado de que en dos terceras partes de los congresos no
se hace público el Presupuesto de Egresos ni el número de leyes aprobadas en un
año. Un saqueo.
La Asamblea Legislativa de la Ciudad
de México (ALDF aun) es el colmo del despilfarro y el cinismo. Cada legislador
cuesta 28.8 millones de pesos anuales, casi el doble que uno federal. Tiene a
28 personas a su servicio y goza de prestaciones, recursos y canonjías
prácticamente ilimitadas. Los coordinadores legislativos de los diferentes
partidos manejan recursos millonarios a su arbitrio, sin rendir cuentas.
Reparten comisiones, chambas, prebendas, proyectos, lo que acrecienta su fuerza
política. Todo es dinero y poder.
Mantener a cada uno de esos diputados
cuesta a cada capitalino 215.98 pesos al año, lo que la convierte en el
congreso más caro de la República. Incluso, resulta más
cara que los órganos legislativos de 97 naciones.
La ALDF tiene un presupuesto de mil
903 millones de pesos para 2017, 4.5 veces el promedio nacional, que está en
423 millones. Incluso, es más costosa por legislador comparada con las cámaras
bajas de Japón, Israel, Alemania, Bélgica, Francia y otros 92 países.
Nuestros diputados locales de todo el
país trabajan, en promedio, 81 días al año. Y es un decir. No es casual que, según el propio
informe, sólo un 17 por ciento de los mexicanos se siente representado por su
legislador. La inmensa mayoría ni lo conoce.
Lo más grave de todo es que además de
ser madriguera de saqueadores, nuestros congresos estatales resultan
inmejorable hábitat para la formación de nuestros políticos de todos los
colores, los que mañana serán diputados federales, gobernadores, funcionarios
públicos de alto nivel. Son la mejor escuela. Ahí, muy trajeaditos y olorosos a lavanda, aprenden las mañas, la manera de cobrar sin
trabajar, la habilidad de negociar recursos, cargos y programas; la forma de
adquirir tamaña cara dura para aparecer en público como paladines de la
democracia, la justicia y la honestidad mientras hacen marranada y media en lo
oscurito. Y se alistan para saltar a otro hueso.
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