Raymundo Riva Palacio.
Como en cada
elección presidencial desde 2006, Andrés Manuel López Obrador luce como un
rival formidable. Convertido en víctima por el empecinamiento del presidente
Vicente Fox, por meterlo a la cárcel por un delito menor –una mejora urbana que
causaba una falta administrativa–, lo volvieron en el adversario que
sintetizaba la inconformidad con el gobierno y abría puertas a una esperanza de
cambio. Poderoso contrincante fue en 2012, y hoy no ha perdido esa categoría,
aunque hay señales de que, el López Obrador de esas batallas, dejó de ser el
que hoy busca por tercera ocasión la Presidencia. No tiene la estamina de
antaño, y el López Obrador de aquellas feroces contiendas ha perdido el toque.
Sus frases
han perdido brillo. Las metáforas que llegaban a ser brillantes son
repetitivas, y su fraseo se arrastra como si estuviera cansado. Estas
observaciones son subjetivas y abiertas a discusión, porque no pueden ser
contrastadas con sus ritmos habituales de trabajo, dado que su bitácora de
viajes, reuniones y actividades no suelen hacerse públicas. La opacidad,
también, ha sido su compañera a lo largo de su vida política. El único
argumento contrario es que pese a la operación de corazón que sufrió en 2013,
que estuvo a punto de costarle la vida, y los divertículos que padece, se
mantiene en campaña permanente, recorriendo el país como hace casi 40 años.
La
percepción que se tiene sobre el ritmo actual de López Obrador, y opiniones en
su entorno, han hecho que en las últimas semanas se hable entre algunos de sus
cercanos sobre la posibilidad de que el candidato virtual ceda su lugar en la
boleta presidencial a Marcelo Ebrard, exjefe de Gobierno de la Ciudad de
México. Datos concretos sobre el porqué se menciona esa posibilidad no han
trascendido, pero Ebrard ha intensificado, aunque discretamente, su actividad política
preparando el regreso del autoexilio a principio de diciembre, días después de
que los presuntos delitos por los que se investigó en la PGR, prescriban.
Ebrard, un
político inteligente y sofisticado, debió haber sido el candidato de la
izquierda en 2012, tras haberle ganado en las encuestas a López Obrador, que
era el método que definiría al nominado. Pero el tabasqueño incumplió su
acuerdo y al dejar claro que él no apoyaría a quien no fuera él, Ebrard optó
por ceder el lugar y evitar la división de la izquierda. El exjefe de Gobierno
capitalino fue perseguido en el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, pero
se optó, hasta ahora, dejarlo en paz. En la prensa se ha discutido en dónde
entraría Ebrard en el equipo de López Obrador, y lo ubican en el área de
seguridad. No obstante, en los círculos lopezobradoristas también lo colocan en
el área de la gobernación.
López
Obrador, más allá de las lecturas que puedan hacer quienes han trabajado años
cerca de él, no ha dado indicaciones de que esté listo para dejar el camino
abierto a otro candidato, que, respaldado por él, ponga en marcha su programa
de gobierno. Todas las declaraciones públicas del virtual candidato son que él
se ve despachando en Palacio Nacional a partir de diciembre del próximo año. La
seguridad con la que él se contempla en la Presidencia no difiere de la que
mostraba en 2006 y 2012. La diferencia es el contexto. El político más conocido
en México –sólo igual está Peña Nieto–, también es uno de los de mayor
desgaste.
Los números,
sin embargo, son contradictorios. Las encuestas muestran reducción de los
negativos de López Obrador, que reflejan el descrédito de Peña Nieto y la
desaprobación de su gobierno. Pero en cuanto a positivos, analizado a través de
su partido, Morena –en este momento las encuestas sobre personas miden
posicionamiento de nombre, no preferencia de voto–, se ha mantenido estable durante
todo el año. De acuerdo con la última encuesta presidencial pública, dada a
conocer por Consulta MItofsky en octubre, Morena arrancó en febrero con 15.1% y
brincó a 18.5% en agosto. Para octubre llegó a 19.3% de preferencia de voto. El
PAN tenía 18.8% en febrero, 19.3% en agosto y 19% en octubre. El PRI inició
febrero con 13% y subió en agosto 4.5 puntos porcentuales, hasta situarse en
octubre en 18.1%.
Analizados
los partidos con alianzas, Morena y el PT se van al tercer lugar de la
contienda, con un intervalo de 18.1 a 23.1%, contra el PRI y Partido Verde, que
se sitúan en segundo lugar, con un intervalo de 18.6 a 23.6%, y fuera del
margen de error de PAN-PRD y Movimiento Ciudadano, que encabezan las
preferencias, con un intervalo de 21.8 a 27.2%. No obstante, en los nueve careos que simuló Consulta Mitofsky, no hay
nadie hoy en día que pueda derrotar a López Obrador. Esto tiene una
interpretación: Morena es López Obrador y sin él no estaría en condiciones de
pelear por la Presidencia. Por lo mismo, todo depende de él y lo que haga o
deje de hacer.
Morena no ha alcanzado a ser un
partido con estructura que pueda sobrevivir a López Obrador. La posibilidad de
alcanzar la Presidencia depende únicamente de su fuerza, su inteligencia y su
capacidad para persuadir a quienes hoy se encuentran indecisos. Pero también de
que no cometa errores. Esa es otra característica del eterno aspirante
presidencial: se descarrila solo. Le sale su espíritu poco tolerante y sus
reflejos lentos. Esto lo ha aniquilado en el pasado y, si no aprende, le
sucederá en el futuro. Recientemente nos lo demostró.
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