Jorge Zepeda Patterson.
Ahora
resulta que es Aurelio Nuño. O por lo menos eso es lo que andan diciendo
columnistas políticos que intentan adivinar los humores de Peña Nieto a partir
de gestos, miradas y palabras sueltas que son interpretadas en todas las
declinaciones imaginables. Lo cierto es
que el ´presidente parece estarlo gozando. No lo habíamos visto tan contento en
años. Esto de deshojar la margarita mientras mantiene en vilo a todos los
priistas y a buena parte de periodistas del país, debe darle a Peña una
sensación de poder que no había tenido desde que anunció el Pacto por México a
principios de su sexenio.
Tiene razón el mandatario en gozar
sus últimos minutos de celebridad. En cuanto elija candidato a la Presidencia
dejará de ser el hombre más importante del PRI. En ese sentido la cargada es
cruel e ingrata. Viva el nuevo rey cuando aún no ha muerto el rey.
Aunque bien mirado, Peña Nieto
tendría en el fondo pocas razones para sonreír. Las probabilidades de que su
candidato, cualquiera que sea, gane las próximas elecciones no son las mejores.
Y perder a manos de la oposición podría arrostrar una consecuencia inédita para
los presidentes en este país: enfrentar el riesgo
de cárcel al terminar el sexenio. Ese ha
sido el desenlace de la mayor parte de los gobernadores que han entregado el
poder a la oposición en los últimos años: Chihuahua, Quintana Roo, Veracruz o
Sonora. Y es que César Duarte, Javier Duarte, Roberto Borge y Guillermo Padrés
(los tres primeros del PRI, el último del PAN) han pasado más tiempo tras los
barrotes de una celda o a salto de mata judicial que disfrutando el botín
acumulado.
Salvo que el presidente tenga un
recurso escondido para fabricar votos a favor de su delfín (lo cual no me extrañaría
del todo), debería vivir este momento con la angustia de saber que se trata de
la decisión más importante que va a tomar en su vida. En caso de equivocarse él
podría ser la principal víctima. No son pétalos de flor arrancados a ritmo de villancicos
sino cabellos de la cabeza lo que debería estar jalando con desesperación en
estos momentos.
Para desgracia de Peña Nieto sus
opciones para ser representado en el campo de batalla son muy pobres. López
Obrador como Aquiles, se pasea por afuera de las murallas de Troya, desafiando
al rey sitiado mientras los de adentro se hacen ascuas sobre el campeón que
pueda responder con éxito al desafío.
Osorio Chong, José Antonio
Meade, Aurelio Nuño y José Narro no
parecen figuras con tamaños para vencer la amenaza que representa el
tabasqueño. El primero, Osorio, es el más conocido, pero arrastra en su contra
el hecho de que el tema de la inseguridad pública, área de su responsabilidad,
terminará siendo la vergüenza del sexenio. Por no hablar de los escándalos recientes
de las empresas constructoras ligadas a su círculo, que se enriquecieron
durante su gestión como Gobernador de Hidalgo. Los otros tres son perfectos
desconocidos ante la opinión pública, comparados con López Obrador.
Hasta hace
una semana se daba por descontado que Los Pinos ya se había inclinado por
Meade, secretario de Hacienda, el menos priista de sus candidatos. Parecía la
menos mala de las decisiones considerando que la iniciativa privada y el voto
conservador favorecen esta designación. Pero, de nuevo, la torpeza política de
Luis Videgaray (sí, el mismo de la invitación a Trump) quien prácticamente
destapó a Meade hace unos días, enfureció
al presidente. Y con razón. A Peña no le hizo ninguna gracia que en sus últimos
minutos de gloria alguien le quitara el privilegio de ser el instrumento de la
anunciación del nuevo mesías. No le quedó más remedio que desautorizar a
su alfil y asesor y en pocas palabras acusar de despistado a Videgaray sin
mencionarlo: “el PRI no habrá de elegir a su candidato a partir de elogios
y aplausos”, aseguró. En otras palabras “el PRI elegirá al que yo diga”.
Sus
declaraciones lanzaron a los exégetas y a los profetas a todo tipo de
especulaciones. Y los oráculos políticos decidieron que si no era Meade el
elegido tendría que ser lo que más se le pareciera: esto es, Aurelio Nuño. Lo
cual es cierto, salvo por un detalle; Nuño, que proyecta una imagen de soberbia
e inexperiencia, no parecería ser capaz de ganar un concurso de popularidad
entre los vecinos de la cuadra, mucho menos entre los millones de electores
mexicanos.
Lo dicho, Peña Nieto tendría que
estarse mesando los cabellos con desesperación. A menos, claro, que crea que es
él quien tiene guardada la sorpresa de un as bajo la manga el día de la
elección o para ser congruentes con nuestra metáfora, el caballo de Troya
metido de contrabando y que le permitirá ganar en lo oscurito. ¿Será eso lo que hace reír al presidente?
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