Alejandro
Páez Varela.
Hace varias
semanas, alguien que conoce del tema me dijo:
–El Presidente está furioso con Anaya
y no lo va a soltar. Lo culpa de todo. El equipo más cercano de Peña lo culpa
de todo; hasta del fracaso del candidato del PRI.
Luego
desgranó la mazorca. Según su versión, que tiene mucho sentido, Ricardo Anaya sí significó una ruptura del
PRIAN –Javier Corral dixit– pero no porque así lo planeara, sino por su propia
ambición.
Que Anaya arrebatara a Margarita
Zavala la posibilidad de lazarse por el PAN obligó a Presidencia a lanzar a
José Antonio Meade y a hacer a un lado a Miguel Ángel Osorio Chong. Meade,
según los cálculos de Luis Videgaray y Aurelio Nuño, podría ir por el voto
panista; Osorio no.
Que Anaya dejara a Margarita sin
posibilidades también canceló el plan B: el presidente tenía en mente que, si
el PRI no prendía, era mejor entregar la Banda Presidencial a Felipe Calderón,
como el mismo Calderón lo hizo con Peña.
Que Anaya operara en las tribus del
PRD para debilitar a Miguel Ángel Mancera (hasta dejarlo sin la candidatura)
anuló el plan de Presidencia de ponerle una cuña a Andrés Manuel López Obrador
dentro de la izquierda. En los cálculos de Osorio –amigo del Jefe de Gobierno–,
cada voto por Mancera como candidato presidencial serían votos robados a AMLO
directamente. Ahora
se calcula que el voto útil de los perredistas de a pie será hacia López
Obrador, no hacia un extraño, alguien que habla otro idioma: Ricardo Anaya. No
hubo tal división del voto de izquierda, pues, y culpan a Anaya.
Que Anaya asumiera el rol de rijoso,
amenazando con encarcelar a Peña y ahora hasta al mismo Meade, hizo ver a AMLO
como el niño de pecho de los peleoneros. El mismo establishment se dividió, muy
a pesar de Los Pinos; ya no se lanzó unánime contra el izquierdista. Sintió más
riesgo en Anaya que en el otro, que hábilmente ofreció “amor y paz” para hacer
que el panista se viera aún más radical.
Aurelio Nuño intentó ignorar a Anaya
durante toda la campaña; hablaba de dos proyectos: el de AMLO y el de Meade.
Ciego, negado, encerrado en su propia idea, trató de ignorar al muchacho
bravucón y para confirmar su versión por la mala –“Meade jalará el voto
panista”– usaron a las instituciones del Estado para pegarle al panista. Porque
yo creo eso: que Anaya ha sido atacado desde las instituciones del Estado para
beneficiar a Meade, se lo haya ganado o no.
“Él [Ricardo Anaya] jodió a todos
para llegar allí. Por otro lado, muchas personas intentan fastidiar a muchas
otras y no llegan donde él está”, dijo Jorge Castañeda a Kirk Semple, corresponsal del New
York Times, en un texto de la semana pasada.
“Neutralizó a las personas de una
manera espectacular. Obviamente que hay un costo por eso”, agregó. El analista
político le ganó al asesor: Castañeda tiene toda la razón.
Y al saberse con la razón imaginará,
también, de qué tamaño serán las consecuencias.
Me tomo con reservas dos encuestas,
pero son las últimas que hay. Son de Massive Caller, que antes se ligaba a
Anaya y que parece que se peleó con él. Pero bueno, su medición para la
presidencial dice que Meade ya rebasó al panista por unos tres puntos
porcentuales.
El viernes
pasado por la tarde, el equipo de Meade difundió encuestas, sondeos de opinión
y consolidados que indican que va arriba del panista. Citaron una encuesta del
Consejo Mexicano de Negocios, y más: “Estudios de opinión de encuestadores como
Suasor, Pop Group, Numerus y Defoe, además de los tracking diarios de TResearch
e Innova son consistentes en registrar la consolidación de Meade en el segundo
lugar”, dijo su oficina de prensa.
“Es ridículo”, me dijo una fuente de
la campaña de Anaya el viernes por la tarde, cuando le mostré lo que decían los
de Meade.
“Las encuestas colocan a Ricardo en
segundo lugar, pero no son el único insumo y hay condiciones para tener un buen
resultado. La palabra que hemos comentado aquí, adentro, al escuchar lo que
dice Meade, es una: ‘ridículo’. Agregaría otra palabra sobre Meade:
‘desesperado’”.
Y me mandó su propio tracking
telefónico. Es, me dijo, del 14 de junio, o sea, del jueves pasado:
RAC: 23.7
AMLO: 33.7
Meade: 17.9
Bronco: 6.0.
(Me llamó
poderosamente el 6 por ciento de “El Bronco”).
¿Qué creo yo? Que muchas de las
encuestas que cita Meade son patito y que su equipo busca provocar una corrida
de los apostadores de Anaya para captarlos él. También así lo cree la campaña
de Anaya y así se comentó en su chat interno: “Quiere generar la percepción de
que va en segundo”. Meade cita a un periodista que cita una encuesta del
Consejo Mexicano de Negocios que a su vez no da a conocer qué encuesta dice
tener. Ridículo.
Además, creo que en la cabeza del equipo de Meade
un segundo lugar es un primer lugar. Y advierto esto: se les hará mucho más
fácil cometer un gran fraude con recursos del Estado mexicano si colocan la
percepción de que van en segundo. Un segundo sí le gana a un primero; un
tercero no.
Por otras
mediciones que tomo en cuenta y que he revisado para este texto podría decir
que en este momento ya hay un empate técnico. O está muy cerca. Pero Anaya está
todavía arriba. Sí, Anaya va cayendo. Lleva un mes cayendo. Esa es la ruta que
marca el consolidado de Bloomberg y casi la mayoría de las encuestas: Meade
sube leeento y no avanza como para un segundo. Pero Anaya cae. Y eso, y no el
desempeño de Meade, les permite en el PRI suponer lo que suponen.
Ahora cito,
por otro lado, el cálculo de Massive Caller sobre la composición del próximo Senado.
Da 20 posiciones a la alianza PRI-Verde-Panal y 62 a Morena-PT-PES. Paliza de
la izquierda, pues.
Pero da 43
al PAN-PRD-MC. Por ahora.
El PAN tiene
34 senadores hoy, el PRD 7. 41. Subirían dos, según Massive Caller.
Lo que no se sabe bien a bien es
cuántos de lo que ganen su lugar en el Senado serán perredistas, cuántos de
Movimiento Ciudadano y cuántos del PAN. Porque el muchacho, según los mismos
panistas, regaló muchas posiciones cuando negociaba la candidatura presidencial
del Frente. Cedió a “Los Chuchos”, a los Serrano, a otras tribus. La resaca de
la alianza será dura, pues: fue una borrachera con charanda y Pepsi.
Anaya tendrá que enfrentar a su
propio partido una vez que termine el proceso. Enfrentará la derrota, como es
natural, pero además a los abiertamente inconformes. Dos corrientes se le irán
a la yugular: los que llevan dos años molestos con él (los Felipe Calderón, las
Margarita Zavala y todo ése equipo, que querrán tomar por asalto el PAN) y los
que quedarán sin hueso por los números de la derrota.
Pero, además, Anaya enfrentará a los que hizo a
un lado para colocar a los de afuera. Como a Mancera, que encabeza la lista
plurinominal del PAN; sí, la del PAN.
Anaya, pues, tendrá en el PAN un
frente múltiple abierto con el que tendrá que lidiar. Además del enojo del presidente
de la República.
–Y hasta la familia. La familia de la
esposa –me dijo un periodista que sigue a Ricardo Anaya desde hace unos dos
años. Él fue el primero que me contó sobre él; de cómo era tan inteligente. Y
tan ambicioso. En un texto de hace meses lo cité.
De acuerdo a
la información que tiene mi fuente, la
familia de la esposa está muy afectada. Sus negocios están lidiando el acoso
permanente del Gobierno federal, del SAT, de Hacienda. Eso me dijo. No tengo
otra fuente para confirmarlo.
Y seguramente será peor, me temo.
Peña habrá dejado el país hecho pedazos, en llamas, pero algo se le reconoce:
cuando odia a alguien, lo acosa hasta el final. Venganza, que le llaman. Allí
está Carmen Aristegui: hasta que no la dejó fuera del aire. O Marcelo Ebrard –a
quien culpaba por lo de la “casa blanca”–: lo mandó, con ayuda de Mancera, al
exilio. O José Manuel Mireles Valverde: de plano la cárcel.
El PAN molesto al presidente “y sus
secuaces” –diría Mireles– acosarán a Anaya. Eso es lo que se viene.
Quiero ver a
Manuel Granados, a Jesús Ortega, a Jesús Zambrano, a Héctor Serrano, a Héctor
Bautista, a Emilio Álvarez Icaza, a Mariana Gómez, a Rafael Moreno Valle, a
Miguel Ángel Mancera o a Dante Delgado después de que cobren sus facturas (o,
en su caso, las plurinominales) por su participación en la alianza. Quiero verlos después de una eventual
derrota.
Quiero ver si enfrentan la ira de
Peña. O la interna, del PAN. O la de la PGR. O la del SAT. O la de Hacienda.
Quiero verlos formando un frente para salvar a Ricardo Anaya, o los negocios
del suegro de Anaya, o los propios negocios de Anaya. Ja. Me temo que la mitad
de ellos apagará el celular y se tomará unas vacaciones.
El muchacho se quedará solo, con un
puñado fieles: Marko Cortés, Damián Zepeda. Quizás esté allí Xóchitl Gálvez,
porque es entrona. Anaya debe saberlo: es inteligente, dicen.
Se me
agolpan las palabras de Castañeda, que repito:
“Jodió a todos para llegar allí.
Neutralizó a las personas de una manera espectacular. Obviamente que hay un
costo por eso”.
Sí, un costo
de eso.
Lo que quizás nadie sabe hoy es de
qué tamaño será el costo. Algunos apuestan a que, si nadie se le interpone a
Peña, ese costo será la prisión. Porque de que tiene ganas, tiene ganas. “El
Presidente está furioso con Anaya”, me dijeron. “Y no lo va a soltar”.
Sí. Sólo que
recuerde que él ya se va, y que a Ricardo Anaya le queda mucha gasolina para
los siguientes años.
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