Sanjuana
Martínez.
La muerte irrumpe en estas
elecciones. Y no le importan partidos, colores, ni ideologías: 114 políticos
han sido asesinados durante la presente campaña electoral.
Precandidatos, candidatos, regidores,
alcaldes, militantes, dirigentes de partido, coordinadores de campaña,
diputados, ex síndicos o ex alcaldes, han sido asesinados.
La violencia
no termina ahí. Más de 400 políticos han
sufrido algún tipo de agresión, intimidación, chantaje o amenaza de muerte
durante las campañas electorales: 73 candidatos y 16 precandidatos, según un
estudio de la consultora Etellekt, que contabilizó 401 agresiones contra
políticos y candidatos en 31 estados y 263 municipios.
La irrupción del crimen organizado en
estas elecciones es latente. Y también la narco-política, los vínculos de
funcionarios, políticos o partidos con los carteles de la droga.
La batalla por los votos se ha
ensangrentado. Estas elecciones se han manchado de sangre y el más golpeado es
el Partido Revolucionario Institucional (PRI) junto a sus aliados el Verde
Ecologista y Nueva Alianza, con 44 asesinatos, le sigue la coalición del Frente
con el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido de la Revolución Democrática
(PRD) y Movimiento Ciudadano (MC) con 43 asesinatos y luego con 18, el
Movimiento Regeneración Nacional (Morena) con sus aliados el Partido del
Trabajo (PT) y Encuentro Social (PES).
Estos asesinatos representan un
ataque a la vida y también a la democracia, un desprecio a la libertad de
elección, al sufragio efectivo, a la convivencia y a la paz.
Lamentablemente, hay una
normalización de la violencia electoral. Las autoridades, las instituciones,
parecen no preocupadas por esta ola de violencia durante la campaña electoral,
parecen costumbrados a los votos con sangre. Y la impunidad sigue invitando a
la repetición del delito.
En Guerrero
impera la ley de la selva. Un total de
23 políticos han sido asesinados ante la atenta mirada de las autoridades de
ese estado convertido ya en un narco-estado, al igual que Tamaulipas o
Coahuila. Le siguen los estados de Oaxaca con 19 asesinatos, 13 en Puebla y 8
en Veracruz.
Obviamente el derramamiento de sangre ha contaminado
estos comicios. Y aún no podemos decir que esta violencia electoral ha
terminado. Lo que sí podemos señalar es que comparado con el proceso electoral
del 2015, los asesinatos han aumentado un 385 por ciento.
En cualquier parte del mundo, esta
cifra sería inaceptable y suficiente razón para aplicar una estrategia que
ponga fin a los asesinatos de candidatos, un mandato para decir basta.
Faltan 12
días para celebrar las elecciones y el clima de violencia política sacude este
proceso histórico. Los autores de estos crímenes no son solo el crimen
organizado, hay que añadir también los rivales políticos vinculados con la
delincuencia.
En otro país la mejor manera de
enfrentar a un contrario es a través de una buena estrategia de campaña
electoral, un programa de trabajo aceptable y un compromiso con los electores.
En México en cambio, con el nivel de impunidad que vivimos, cualquiera piensa
que matando a su contrincante puede llegar a ganar lo que no ganó en las urnas.
¿Cuántos de estos asesinatos se han
cometido para eliminar una opción política y dar preferencia al oponente? Las
pistas de investigación de la Procuraduría General de la República (PGR) deben
ir en esa dirección no solo en la gran nebulosa de los carteles de la droga que
en algunos municipios e incluso estados, quitan y ponen a los candidatos.
Hasta ahora,
el porcentaje de estos asesinatos
resueltos por la PGR o las autoridades locales de cada entidad es mínimo. Más
del 90 por ciento permanecen impunes. Y el estado mexicano sigue sin otorgar la
seguridad necesaria a los contendientes.
Durante el
Gobierno de Enrique Peña Nieto han sido
asesinados más de 60 presidentes municipales, una cifra que supera a los 49 que
fueron asesinados en el mandato de Felipe Calderón.
En las
elecciones del 1 de julio se elegirá al presidente de la República y también a
3 mil 400 cargos locales y federales. Es
reprobable que ser candidato signifique una condena de muerte en muchos pueblos
y ciudades.
El Gobierno
debe garantizar la paz de estos comicios.
A esta ola de violencia, hay que
añadir la aplicación de la Ley de Seguridad Interior (LSI) que ya se está
haciendo en ciertas ciudades como en Nuevo Laredo, Tamaulipas, donde a la
Secretaría de la Marina Armada de México (Semar) se le atribuye la desaparición
de 54 personas, algunas ya recuperadas sin vida.
Los marinos están aplicando los
códigos incluidos en la LSI aprobada el pasado mes de diciembre, pero
supuestamente suspendida por Peña Nieto hasta que la Suprema Corte de Justicia
de la Nación (SCJN) avale o no su constitucionalidad.
Pues bien, la aplicación indebida de esta ley ya está
en marcha y es con carácter electoral, es decir, con la finalidad de infundir
miedo entre la población para que no salga a votar.
En Tamaulipas, el gobernador panista Francisco Javier
García Cabeza de Vaca, solicitó la presencia de la Marina y desde el mes de
enero a la fecha se han contabilizado casi 70 desapariciones y ejecuciones
extrajudiciales.
Los marinos han sido identificados
por los familiares de las víctimas. Además de testimonios existen videos y
fotografías.
¿Por qué desaparecer y ejecutar
civiles? Obvio. Se trata de aterrorizar a la población en tiempos electorales.
Hay que mencionar que las encuestas en
Tamaulipas como en otros estados de
la República ofrecen un crecimiento considerable de la preferencia electoral en
favor de Morena y su candidato Andrés Manuel López Obrador.
Finalmente,
el baño de sangre y el terror no evitarán que en México surja un cambio, si la
mayoría de los electores mexicanos así lo deciden con una votación masiva.
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