Jorge Javier Romero Vadillo.
Cincuenta años después de la tragedia de Tlaltelolco es
imprescindible hacer una reflexión seria sobre el papel que el Ejército
mexicano ha jugado en la historia durante el último siglo, el de su existencia
como entidad constitucional. Una historia de claroscuros que requiere de mucha
investigación serena para ser conocida con precisión, pues se trata de una
parte de la construcción institucional del país poco explorada, rodeada de
secretos y ocultamientos, pero que es central en la comprensión de las
contrahechuras del Estado mexicano. Falta, sin duda, mucha información
documentada, pero aun así es posible construir algunas conjeturas sobre las que
se debería hilar fino si de entender la manera en la que el Estado mexicano ha
pretendido ejercer su monopolio de la violencia.
El Ejército mexicano nació del triunfo constitucionalista en
la guerra civil que siguió a la caída del gobierno de Huerta. Su control
territorial permitió la celebración del Congreso Constituyente de 1916, pero
fueron esos mismos caudillos los que dieron el golpe militar que acabó con el
primer gobierno constitucional. Se suele eludir en la historia oficial que la
piedra fundacional del régimen posrevolucionario fue un golpe de Estado, el
Plan de Agua Prieta, lo que llevó a que las disputas por el poder se
resolvieran a balazos durante toda esa década. Los sucesivos pactos políticos
–el de 1929, el de 1938 y el de 1946– junto con un proceso de
profesionalización que siguió a las sucesivas depuraciones posteriores a las
sublevaciones de la década de 1920– fueron de manera gradual restándole a las
fuerzas armadas capacidad como actor político deliberante.
Durante la época clásica del régimen, la del control civil al
amparo del Partido Revolucionario Institucional, el Ejército dejó de estar en
el centro de la lucha por el poder, pero a cambio obtuvo el privilegio de ser
uno de los principales agentes de venta de protecciones particulares, principal
mecanismo por medio del cual el régimen redujo la violencia. Muchos generales
se enriquecieron gracias a los dividendos obtenidos por la práctica. Parece
lógico que el mercado del opio y de la mariguana hacia los Estados Unidos fuera
uno de los ámbitos en los que esa protección se desplegara.
Con la lealtad militar garantizada y con los jefes del
Ejército imbricados en la red de complicidades que garantizaba la disciplina
política, los sucesivos presidentes civiles, a partir de Miguel Alemán, usaron
al Ejército para desarticular las protestas sociales. Alemán lo usó contra los
ferrocarrileros en 1948, Ruiz Cortines contra los maestros en 1956, López
Mateos de nuevo contra los maestros en 1960, la mayor represión previa a 1968.
Y eso para hablar solo de su uso contra las movilizaciones urbanas, pues la
actuación militar fue reiterada contra los movimientos campesinos. Sin embargo,
al Ejército se le protegió con un manto de silencio sobre sus actuaciones: en
la prensa controlada por el régimen no se podía atacar a los militares, de la
misma manera que estaba vedado hacerlo con el presidente de la República.
La represión del movimiento estudiantil de 1968 tuvo en la
Plaza de las Tres Culturas su momento más sangriento; pero no fue ese el único
episodio de uso inconstitucional de las fuerzas armadas contra las protestas
juveniles de aquel verano. Desde el principio de las movilizaciones de protesta
por el uso excesivo de la fuerza por parte de la policía de la ciudad de
México, el gobierno de Díaz Ordaz decidió sacar a los soldados a la calle y
enfrentar con bazucas y tanques a los estudiantes que se manifestaban por sus
derechos. Los muertos del 2 de octubre fueron el resultado sangriento de una
decisión política tomada al calor de la paranoia presidencial respecto a la
supuesta conspiración comunista contra los Juegos Olímpicos y su gobierno. Sea
como haya sido que se desató la tragedia –tiendo a creer que fue, como narró
Luis González de Alba, el producto de una chapuza instigada por rivalidades
dentro de la cúpula del propio gobierno– el hecho es que ahí estaban los
soldados armados frente a una multitud pacífica. Y lo que saben hacer los
soldados es disparar, para eso están entrenados. El culpable de la matanza fue el
presidente que los movilizó en primer término.
La tragedia del 68 marcó el límite de la utilización del
Ejército contra la protesta civil en las zonas urbanas, mientras durante la
década de 1970 se le usó para perseguir a las guerrillas rurales, sobre todo a
la de Lucio Cabañas en Guerrero y, a partir de la Operación Cóndor, para el
exterminio de los plantíos de amapola y mariguana, como parte de la guerra
contra las drogas impuesta por el gobierno de los Estados Unidos. Desde
entonces, el Ejército ha estado implicado en la lucha contra el narcotráfico,
aunque sin dejar de administrar las redes de protección particular en diversas
regiones.
Sin embargo, el despliegue territorial del Ejército no había
alcanzado, desde el final de las rebeliones militares, los niveles que ha
tenido a partir de la declaratoria de guerra contra el crimen organizado de
Calderón. En la última década, los militares han vuelto a ocupar las ciudades
y, gradualmente, se han hecho con el control de la seguridad pública, de manera
directa o indirecta, en todo el país. Los resultados no han sido nada
positivos: violaciones de derechos humanos, masacres, muertes de civiles, como
la expuesta por el magnífico documental Hasta los dientes. Esas actuaciones,
inconstitucionales al menos desde la reforma de 2008 al artículo 21, pretenden
ser normalizadas por la Ley de Seguridad Interior, actualmente sometida a
varias acciones de inconstitucionalidad y controversias constitucionales ante
la Suprema Corte de Justicia.
La experiencia de la tragedia de hace 50 años, lo mismo que
la multitud de casos documentados durante estos años de plomo de la guerra
contra el narco, son prueba clara de la mala idea de usar a las fuerzas armadas
para enfrentar conflictos sociales o a la delincuencia, pues en su naturaleza
está el combatir al enemigo, no resolver delitos a partir de la investigación,
con un uso controlado de la fuerza. Tampoco es buena idea simplemente
cambiarles el nombre y el uniforme, pues al final de cuentas seguirán siendo lo
que son: organizaciones para la guerra. Si lo que se quiere es adecuar a las
fuerzas armadas a una democracia constitucional, entonces habría que ponerlas
bajo el control político de secretarios civiles, pero sin involucrarlas más en
tareas de seguridad pública. Esa debe ser labor de los gobiernos civiles, del
ministerio público y de policías profesionales, bien entrenadas y cercanas a
las comunidades. Ya tenemos suficiente experiencia al respecto como para seguir
por la misma ruta equivocada.
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