Ernesto
Canales Santos narra cómo pasó, a sus 75 años, de ser un exitoso abogado a
convertirse en el primer Fiscal mexicano especializado en perseguir los delitos
de corrupción en Nuevo León, así como los retos que enfrentó durante los dos
años que cumplió ese papel en la entidad norteña y los logros históricos que su
trabajo legó en la administración pública del país.
Al mismo
tiempo, denuncia a los principales
operadores criminales del sistema desde las cúpulas políticas, y ofrece la
relación detallada de sus procedimientos, develando los obstáculos que se han
creado para sostener el sistema de impunidad y corrupción hasta la fecha.
Porque su gestión no contó con el apoyo de la sociedad civil y, por encima de
todo, no estuvo exenta de intimidaciones, trabas y la poca participación de los
funcionarios, factores que impidieron constantemente su labor.
Canales
Santos se propuso llevar al ex
Gobernador de Nuevo León, el priista Rodrigo Medina de la Cruz, a la cárcel. El
ex mandatario neoleonés dejó el poder y fue vinculado a un proceso legal en su
contra por peculado, delitos patrimoniales, ejercicio indebido del servicio público
y abuso de funcione, junto con otros 14 servidores públicos más e incluso
familiares y socios.
Sin embargo,
el ex Fiscal anticorrupción de NL se ha
referido ya a las sospechas sobre un acuerdo “en lo oscurito” entre el
Gobernador Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”, y el presidente Enrique Peña
Nieto para no tocar a Rodrigo Medina, como sí se ha tocado a Roberto Borge
Angulo, Javier Duarte de Ochoa y ahora, después de las denuncias de Javier
Corral y del Gobierno de los Estados Unidos, a César Duarte Jáquez, quien
actualmente es prófugo de la justicia. ¿Por qué Peña Nieto cuida tanto a
Rodrigo Medina?, es la pregunta que ha lanzado.
“Con su
ejemplo, Peña Nieto envió un claro
mensaje al país: no habrá cambio en este tema. Incluso, en una entrevista para
un canal de televisión, tuvo la desfachatez de justificar que la corrupción era
“un asunto cultural”, tratando con ello de eludir ante la sociedad cualquier
responsabilidad personal”, dice en este libro el abogado con más de 50 años de
experiencia.
En noviembre del 2016 fue designado
Fiscal anticorrupción para Nuevo León, el primer cargo de ese tipo en el país.
¿Cómo nos arreglamos?, es un libro
necesario en un país que ostenta uno de los más altos índices de corrupción e
impunidad en el mundo, y sobre este tema profundiza Ernesto Canales en el
siguiente adelanto en exclusiva para los lectores de SinEmbargo, por cortesía y autorización de la
editorial Grijalbo.
1. LA RAZÓN
Y LAS BOLSAS DE DINERO.
Unos meses
después de asumir por primera vez un cargo público, a mis 75 años de edad, me
encontraba en el salón de sesiones del Congreso de Nuevo León en una
comparecencia ante los diputados, en un ambiente que parecía más el de una
arena de lucha libre mexicana.
La comparecencia era transmitida en
vivo por las televisoras locales y luego de casi ocho horas de contestar
ignominiosas y falaces preguntas, el último diputado que intervino —luego de
que yo hubiera reconocido haber dado alguna vez mordida a un oficial de
tránsito— me increpó:
—Fiscal anticorrupción: ¿ha sido
corrupto o no? Porque si ha aceptado que en alguna ocasión ha dado moches,
entonces es corrupto. Eso es precisamente lo que se define como corrupción y si
usted confesó que es corrupto, está inhabilitado para el puesto, así que
renuncie inmediatamente.
—Pero nunca
—respondí— mis mordidas han sido para
beneficiarme del erario público, y esos delitos son los que voy a perseguir. Lo
voy a hacer pese a ustedes; aunque estén en contra me voy a dedicar a eso para
que en Nuevo León no queden sin castigo los corruptos.
Así empezaba el combate a la
corrupción en Nuevo León. El Congreso manifestaba una declarada fuerte
oposición a este combate, en un país que nunca había establecido una política
de Estado en contra de los delitos que merman al patrimonio público: ¡vaya ironía!
Los diputados utilizaban la tribuna
legislativa para atacar a quien se atrevía a encabezar la primera oficina
especializada en perseguir el mal uso de los fondos del Estado. Entendían que
sus correligionarios enfrentarían cargos de cárcel y lanzaban una primera
intentona de detener esa situación.
La incongruencia era que ellos, los
legisladores, los que hacen las leyes, pretendían con este ataque que no se
cumplieran sus propias normas. Pero la mayor ironía es que, más adelante, esos
diputados llegarían a cambiar las leyes para impedir la persecución de esos
delitos y que sus correligionarios quedaran impunes.
Pese a todo,
Nuevo León se constituyó en el escenario del cambio.
Aquí está la
historia de cómo fue posible establecer la primera Fiscalía Anticorrupción. Se
mostrarán las lecciones aprendidas para que la sociedad continué con la tarea
de acabar con la apropiación privada de los recursos públicos que unos cuantos
políticos perpetran para enriquecerse a costa del país entero.
QUIÉN SOY.
Fui el
quinto de ocho hijos. Mi padre era un exitoso comerciante de textiles por
ventas al mayoreo en Monterrey, muy trabajador y a quien le gustaba disfrutar
de la vida. Su mantra para el éxito decía: “A mí nadie me gana a ser decente”.
El negocio abarcaba de San Luis Potosí a casi todo el norte de México. Como en
mi adolescencia me di cuenta de que la empresa de la familia “había sido ya
tomada” por mis hermanos mayores, en vez de pelear un lugar ahí, pensé que era
buen momento para elegir mi propio camino. Aunque me gustaban mucho las
matemáticas y la física, por lógicas, también disfrutaba “meterme en lo que no
me importa”, saber sobre la vida de otros y escuchar sus conversaciones. Ahora
veo que decidí estudiar leyes por el interés de escudriñar e intervenir en los
problemas de los demás; ser abogado era mi pasaporte al campo “de las conductas
privadas y del comportamiento social”.
En los años
sesenta me inscribí en la Escuela Libre de Derecho, en la Ciudad de México, ya
que la UNAM me negaba la entrada por tener domicilio en Monterrey, ciudad que
contaba con universidad pública. No me pareció apropiado dar falsamente como mi
dirección la de unos tíos y entrar a Derecho por el camino “chueco”, como
hicieron algunos de mis compañeros, incluso uno que después fue gobernador de
Nuevo León.
En la Libre
descubrí que el derecho penal, a pesar de que era la materia que más me atraía
—seguramente por eso de que trataba lo más íntimo del comportamiento humano—,
no era una opción viable para el desarrollo profesional debido al ambiente de
extrema corrupción con el que se ejercía en el país. El deterioro era palpable
hasta en aspectos elementales y lo podía entender cualquier joven pasante: los
baños más sucios de todos los tribunales —literalmente— eran siempre los del
ámbito penal.
Desde entonces me llamaba la atención
la convivencia en México de un Estado de derecho de primer mundo, sofisticado,
apropiado para las finanzas, en el que grandes compañías y corporaciones
industriales participaban en la Bolsa de Valores compitiendo tú a tú con los
extranjeros, con otro sistema de derecho penal que no correspondía a ese nivel.
Es una dicotomía disfuncional que expresa la desigualdad social y económica del
país, resultado de muchos siglos de dominación, negligencia e importamadrismo.
Uno de mis
maestros en la Libre, el jurista don Raúl Cárdenas, nos despejó todas las dudas
cuando sentenció en la primera clase de derecho penal: “En México, para ganar un juicio penal se necesitan dos cosas: primero,
tener la razón y, segundo, una bolsa de dinero de este tamaño” y con las manos
simulaba una bolsa del tamaño de un balón de futbol. “¿Y si no se tiene la
razón?”, pregunté. Entonces el
maestro Cárdenas agrandó al triple el tamaño del saco imaginario.
Cuando
estudiaba el segundo año empecé a trabajar como pasante en Baker, Botts and
Miranda, que después se denominó Santamarina y Steta, entonces un despacho
mexicano-americano con unas impecables oficinas en Reforma, en el que se
practicaban estándares de primer mundo y que tenía entre sus clientes desde la
General Motors hasta la Embajada de Estados Unidos. Las empresas que eran
clientes de este despacho no hacían las marranadas acostumbradas con sus
trabajadores: si despedían a alguien, lo indemnizaban; si lo habían corrido por
alguna falta, era porque tenían las pruebas. Aunque lo laboral no era la
materia que más me interesaba, fue una buena experiencia, pues conocí empresas
que cumplían con las leyes sin recurrir a trampas o corrupción.
Como tenía
muy buenas calificaciones conseguí una beca para estudios de posgrado. En la
solicitud me preguntaban qué universidades me interesaban y las enlisté:
Columbia, luego Harvard y después Yale. Preguntaban también por qué quería la
universidad que ponía en el primer lugar y respondí: “Porque está en Nueva
York”. También inquirían si aceptaba beca en una universidad distinta de las
tres señaladas y contesté que no. Me dieron Columbia.
Columbia
tenía el beneficio de que los abogados más prestigiosos estaban en la planta
docente o tenían cursos de alta especialización. Algunos de ellos llegaban en
limusina y cosas así, porque eran abogados de grandes empresas o despachos, que
nos enseñaban el derecho desde la experiencia práctica. En cierto sentido, era
bastante parecido a la Libre de Derecho, donde es tradición que los
catedráticos no cobren, por lo que sólo los abogados que han resuelto sus
ingresos económicos pueden darse el gusto de ser maestros.
Al cabo de
dos años regresé a Monterrey con la idea de abrir mi propia oficina. En eso
estaba cuando me invitaron a formar el despacho Santos-Elizondo, ahora uno de
los más importantes de la zona. Estuve ahí tres años y luego fui contratado por
el entonces llamado Grupo Industrial de Monterrey, de los más grandes del país,
hoy Grupo Alfa, para encargarme de toda el área jurídica. En ese momento comenzaba
la apertura de la economía mexicana y había grandes planes de crecimiento en el
Grupo. Yo todavía no cumplía treinta años. Llegué cuando estaban comprando el
Banco de Londres y México, la institución crediticia más antigua y la segunda
en importancia del país.
Permanecí en
el Grupo Alfa dos décadas. Salí luego de haber finalizado un acuerdo de
capitalización con acreedores por tres billones de dólares, los cuales sacaron
al Grupo de la crisis financiera iniciada en 1981. Así que en Alfa entré
negociando con un banco y terminé acordando con ciento veinte bancos en contra.
FUNDACIÓN DE
RENACE.
“No entiendo como puedes ganarte la
vida trabajando con un sistema tan injusto”, me dijo un abogado francés,
director de Finanzas de uno de mis clientes importantes. Él había sufrido un
atropello judicial ilegal en México que lo llevó a la cárcel por dos meses.
Fue este
reclamo el que llenó mi vaso: decidí
dedicar parte de mi tiempo a organizar un grupo ciudadano con fines
filantrópicos. Así fundé Renace, una organización civil enfocada a combatir las
injusticias del sistema penal.
Me resultaba
vergonzoso que, en efecto, durante mi práctica había constatado que “las bolsas
de dinero” eran una realidad creciente.
No era fácil decir a mis clientes que
para ganar los litigios debían pagar mordidas, aun teniendo la razón. Ello se
prestaba a que dudaran de mi capacidad y honestidad, pero no había otra forma
de sacar el asunto adelante. Me costaba tanta o más vergüenza abordar esta
situación de “dar gratificaciones” en los casos de clientes y colegas
extranjeros, pues para ellos significaba que les pedía cometer una ilegalidad,
para mí implicaba representar y ser parte de un México moralmente devaluado.
Uno de los
primeros casos que atendió Renace fue el del joven sentenciado a cárcel por
robar dos kilos de barbacoa. El juez, sin estar presente en las diligencias
probatorias, consideró el robo con violencia —“porque el acusado se echó a
correr”— y lo condenó a una pena alta, de catorce años y sin libertad
provisional, aunque no tenía antecedente delictivo alguno. Lo que tenía era
hambre.
Otro caso
fue el del campesino, también sin antecedentes penales, condenado a doce años
de prisión por haber utilizado una carabina, heredada de su abuelo, con la que
salió a cazar conejos para que cenara su familia. Para su detención, el
ministerio público acompañó un falso peritaje que calificó el arma como de “uso
exclusivo del Ejército”. El perito no tenía idea de armas, pero el juez nunca
se enteró ni lo vio, mucho menos cuestionó su experto.
Logramos
liberar a ambos y a muchas otras personas. Con ello empezamos a crear
conciencia ante los juzgados penales de que estos casos sí contaban y que allí
estábamos nosotros para revisarlos. Esto fue lo verdaderamente importante para
empezar a cambiar la forma de impartir justicia de parte de abogados,
ministeriales y jueces, quienes al sentirse observados les gustaba poner su
mejor cara.
Barbaridades de este tamaño ocurrían
todos los días. En Renace caímos en cuenta de que esta situación obedecía a
fallas que la propia ley permitía e incluso propiciaba: jueces sin obligación
de asistir a la presentación de pruebas y que no eran requeridos por ley para
entrevistar acusados, víctimas o peritos; ministerios públicos con facultades superiores
a las de las víctimas o acusados, que daban al traste con la idea de un juicio
imparcial; procesos desordenados, que no captaban “la historia del crimen” y,
para rematar, cárceles nefastas que no servían para la regeneración del
delincuente, sino todo lo contrario, según la percepción ciudadana son
universidades del crimen. En resumen, un sistema penal tan nefasto que tenía el
rechazo social, pero que a ningún funcionario o político parecía importar antes
de Renace.
¿Qué hacer
ante tanta injusticia? Teníamos que
dirigir nuestro trabajo con mucha precisión. Sin abandonar la defensa de los
presos pobres —que además de ser nuestra aportación a la profilaxis social, nos
daba asiento de observador de primera fila en la escena penal—, buscamos
procedimientos más transparentes y abiertos que se dieran en otros países.
Chile había
pasado de un sistema sumamente represivo, con la dictadura de Pinochet, a uno
abierto. Para llevar a cabo ese cambio, el país tuvo que reconstruir todo su
sistema de justicia penal, una reforma muy reciente en una nación culturalmente
similar a México. Esta comparación nos ayudó a precisar el objetivo de Renace.
Lo ajustamos a un panorama más amplio: no sólo corregir injusticias sino
prevenirlas, cambiando conductas mediante reformas legales.
Así, ante la
enorme desconfianza de la sociedad en el sistema penal, por su opacidad,
corrupción generalizada y usos políticos, Renace se enfocó también en ayudar a
mejorar el sistema. Primero, trabajando para conseguir la libertad de presos
inocentes y de escasos recursos; y segundo, documentando, gracias al trabajo
anterior, las fallas sistémicas graves, como la no aplicación del principio de
presunción de inocencia, los procesos largos y oscuros, la prevalencia de la
forma versus el fondo, la importancia decisiva de la prueba de la confesión
—pero sin control en la forma de obtenerla—, la lejanía de jueces de los casos
que decidían, y un largo etcétera.
Con esta
base, y junto a otras muchas organizaciones civiles que convocamos al efecto,
promovimos el cambio a los juicios orales. En 2004, Nuevo León fue el primer
estado que aprobó la modificación y a partir de 2016 fue obligatorio para todo
el país. Hoy se inicia en México un proceso penal que puede llegar a ser
confiable y así lo está apreciando la sociedad, que no quiere volver atrás.
Esta reforma penal fue producto de
una amplia gama de esfuerzos personales, coordinados en debates abiertos que no
dejaban lugar para intereses mezquinos. Uno de sus logros iniciales fue que su
aprobación fue unánime en el Congreso, que no se trató de una propuesta
proveniente de los grupos de poder, ni fue peleada en marchas, desplegados
periodísticos o denigrando el pasado.
¿QUÉ
SIGNIFICAN LOS JUICIOS ORALES?
En primerísimo lugar, que el
principio de presunción de inocencia se reconoce a cabalidad. El juicio penal
ya no empieza con cárcel. Ésta queda limitada, como pena previa, para casos de
peligro para la sociedad; ahora se requiere un juicio abierto para ser
condenado, y los argumentos y pruebas se presentan en público.
Todo lo contrario,
a lo que sucedía antes.
Una muestra
detallada del sistema anterior se plasma en el documental Presunto culpable,
del que fui productor y al que le dedico un capítulo más adelante.
Ahora, todas las etapas del proceso
penal, incluyendo la investigación y presentación de pruebas, son públicas y
tratadas oralmente; el acusado tiene que ser presentado de inmediato ante el
juez penal, acompañado de un abogado defensor y la prisión preventiva la
resuelve el juez, en cada caso, según el daño para la sociedad. El juicio penal
se lleva en tres audiencias: la inicial o de Vinculación, la intermedia o de
Evaluación, y la final, que es la de Sentencia. La ley prevee un periodo
reglamentado de hasta máximo seis meses para todo el proceso, lo que
desgraciadamente en la práctica no cumple el Poder Judicial.
En Nuevo
León se tomaban hasta seis meses entre audiencias.
¿Por carga
de trabajo o para sabotear el esfuerzo anticorrupción?
¡Hagan sus
apuestas!
Si juntamos
esta práctica con la otra de diferir audiencias utilizando razonamientos
baladís, por ejemplo, que el despacho jurídico encargado de la defensa realice
internamente cambio de abogado con miras a que el Congreso termine su proceso
legislativo para quitarle competencia a la fiscalía a mi cargo, sabremos quién
gana.
Es “enbroncante” que los jueces se
presten —más bien, se vendan— en contubernio con diputados para cubrir
impunidades. No sólo en México no hay política de Estado para combatir la
corrupción, sino que la política es permitirla con sello de legalidad aparente.
Todos estos
cambios los hicimos desde la sociedad civil y la brega por impulsar la reforma
penal me fue introduciendo en la vida pública. Quien me invitó a participar en
la nueva administración estatal fue Fernando Elizondo Barragán. Él había sido
candidato de Movimiento Ciudadano a la gubernatura de Nuevo León en 2015 y
declinó a favor del candidato independiente Jaime Rodríguez, El Bronco, en cuyo
gobierno asumió al inicio el cargo de coordinador ejecutivo.
Primero
hablamos de la posibilidad de que fuera procurador de Justicia, pero la
descarté de inmediato por falta de conocimiento de la institución. Luego
contemplamos instalar un consejo ciudadano contra la corrupción, que se desechó
por carecer de “dientes”, o fuerza legal para implementar sus decisiones. Finalmente, se llegó a la decisión de crear
la Subprocuraduría Anticorrupción, que tendría el monopolio de la acción penal
en materia de estos delitos, a la que el Bronco me invitó de manera formal en
una rápida reunión que careció de protocolo alguno.
Mi decisión de aceptar ser el primer
fiscal anticorrupción en México está ligada a mi activismo por la reforma
penal. Si no se hubiesen establecido los juicios orales, yo no habría aceptado
esta responsabilidad, pues continuaría en la batalla contra las bolsas de
dinero llevadas en lo oscuro. Además, ¿cómo me hubiera atrevido a someter a
juicio penal y pedir cárcel a personas que seguramente conocía si no estaba respaldado
por un juicio público en el que las pruebas y alegatos estuviesen a la vista de
todos? No me gusta eso del exilio.
Esta
evolución profesional ocurre, además, en el tercer acto de mi historia de vida.
Pero si
habíamos logrado el cambio en el sistema penal, era muy retador ponerlo en
práctica y perseguir a los corruptos apegados a la ley. Era un escenario que me
provocaba personal y profesionalmente.
2. LA
CORRUPCIÓN NO ES CULTURAL.
Desde hace muchos años, México está
marcado por su corrupción, la cual ha sido propiciada por la ausencia
prácticamente total, como he señalado, de una política de Estado para
combatirla.
Si revisamos el siglo XX, hay pocos
casos relevantes de persecución de delitos relacionados con este lastre. Quizá
el más conocido fue el que se siguió durante el sexenio de Miguel de la Madrid
contra Jorge Díaz Serrano, exdirector general de Pemex; esto es significativo
porque en otros casos exhibidos por la prensa ni siquiera se intentó la acción
penal, como por ejemplo en el desvío de recursos públicos para construir un
conjunto de mansiones, para él y su familia, por parte del presidente José
López Portillo. Lo hizo a lo largo de un amplio terreno que sería conocido de
manera despectiva como “La Colina del Perro”, terreno que le habría sido
regalado por el empresario desarrollador del fraccionamiento Bosques de las
Lomas. Dicha “donación” no fue mal vista.
Este tipo de situaciones eran
habituales, como la “cortesía” protagonizada por el empresario Rómulo O’Farril
—“generosamente concesionado” por el Estado—, quien con motivo del informe
presidencial obsequiaba al presidente en turno un automóvil convertible último
modelo de la marca Lincoln. En este vehículo de lujo el mandatario recorría
triunfante las calles de la ciudad, y no se sabía si la gente iba a ver al
presidente o al automóvil.
No era concebible que estos casos
fueran objeto de acusación ni llegaran a tribunales. Durante varias décadas, el
régimen logró que fueran considerados por la mayor parte de la sociedad de
manera normal, “natural” o “cultural”, como en pleno siglo XXI sostuvo el
presidente Enrique Peña Nieto, sin rubor alguno ni asomo de vergüenza.
Como producto de aquel sistema
político unipartidista, basado en una red de complicidades, el combate a la
corrupción afloró sólo como venganza política, no como preocupación oficial por
respetar el Estado de derecho. El enriquecimiento ilícito de los políticos
mexicanos prácticamente no ha sido castigado.
Todos los grandes problemas
nacionales —narcotráfico, inseguridad, monopolios, concesiones de obra y
servicios públicos— que tenemos por emblemáticos y que incluyen la desigualdad
social —siempre tocada por “clientelismos” oscuros—, y la mismísima educación
—con “acuerdos gremiales” por “debajo de la mesa”—, todos tienen un mismo
tronco, erguido en raíces profundas de corrupción. Existe el narcotráfico
porque tenemos fuerzas de seguridad y autoridades corruptas que han tejido un
entramado con criminales, funcionarios y empresarios deshonestos, lo cual
apunta a la mera cúspide de la pirámide del poder en México.
En Nuevo León, por ejemplo, en los
años noventa tras una serie de escándalos se llegó a iniciar una averiguación
en contra del gobernador Sócrates Rizzo, aunque fue una simulación, pues
parecía que el propósito era exonerarlo más que castigarlo. En otro raro momento se llevó a la
cárcel al tesorero del gobierno de Benjamín Clariond, de apellido Doria, por
desviar recursos públicos al PRI a través de cuentas bancarias de su empleada
doméstica.
No es fácil saber si aumentó o
disminuyó la corrupción a partir de la alternancia en el poder ocurrida en el
año 2000. Lo cierto es que en ninguno de los periodos presidenciales panistas
—con Vicente Fox y Felipe Calderón— se realizaron grandes persecuciones a la
corrupción. ¿Cómo tener datos sólidos sobre esos delitos si nunca los hemos
combatido sistemáticamente?
A falta de datos, en su lugar suelen
usarse mediciones con base en la percepción ciudadana que, debido a que no
existen casos de persecución de corrupción que el público conozca y avale,
arrojan índices de corrupción e impunidad muy alarmantes. Por ello, en las
comparaciones de carácter internacional, México sale siempre muy mal
calificado, es de
los últimos de la cola.
Necesitamos dar “campanazos” ante la
sociedad, con datos duros, de que aquí sí se persiguen estos delitos, para
mejorar la evaluación de nuestro sistema de justicia y de la lucha
anticorrupción. ¿Pero dónde están esos datos? Nuevo León, Chihuahua y otros
estados ya los están construyendo.
PREVALENCIA
DE LA CORRUPCIÓN.
Al poco tiempo de iniciar el gobierno
de Peña Nieto, la periodista Carmen Aristegui reveló, con lujo de detalle, un
caso de corrupción que involucraba al presidente y a su esposa en la
adquisición de una mansión propiedad de un contratista del gobierno. La
reacción del propio mandatario, así como de la Procuraduría General de la República
(PGR) y de la Secretaría de la Función Pública dejaron en claro que, para
decirlo con suavidad, combatir la corrupción no estaba en la mira de la nueva
administración federal.
De esta
manera, se confirmaba la fama que
Enrique Peña Nieto ya cargaba como gobernador del Estado de México, donde la
empresa española más cuestionada del ramo, la constructora OHL, realizó las dos
obras de mayor trascendencia en la entidad: el aeropuerto de Toluca y el Arco
Vial que une al Estado de México con Querétaro y Puebla.
Con su
ejemplo, Peña Nieto envió un claro
mensaje al país: no habrá cambio en este tema. Incluso, en una entrevista para
un canal de televisión, tuvo la desfachatez de justificar que la corrupción era
“un asunto cultural”, tratando con ello de eludir ante la sociedad cualquier
responsabilidad personal.
Entre tanto,
en Nuevo León, a través de denuncias
periodísticas y de organizaciones ciudadanas, se documentaron verdaderos
atracos contra el patrimonio estatal: despilfarros, simulación de compra de
placas de automóviles, tráfico de influencias, sobrecostos de obras de gobierno
y generalizados moches de empresarios. Además, familiares y amigos de Medina
eran señalados por acumular fortunas estratosféricas.
La corrupción en Nuevo León fue el
tema más importante del proceso electoral de 2015, en el que triunfó de manera
sorpresiva el aspirante independiente Jaime Rodríguez, El Bronco, en cuya
campaña aseguró que investigaría y llevaría a juicio a su antecesor. Con mucha
emoción histórica prometió: “Vamos a meter a Medina a la cárcel”.
EL EJEMPLO
DE NUEVO LEÓN.
La incorporación
de Fernando Elizondo al gobierno del Bronco, por su probada honestidad, fue
crucial para que ganara las elecciones con 50 por ciento de los votos, con lo
que superó los reunidos de Ivonne Álvarez del PRI y Felipe Cantú del PAN.
En ese momento el Sistema Nacional
Anticorrupción todavía no tomaba forma, pues no se ponía de acuerdo el prian.
El Bronco no quiso esperar y se adelantó al crear la oficina especializada de
la Procuraduría en la atención de delitos de enriquecimiento ilícito, desvío de
recursos públicos y abuso de autoridad. Así nació la Subprocuraduría
Especializada en Combate a la Corrupción, que fui invitado a presidir. En
Sonora y Chihuahua, donde sí pudieron reformar leyes, se crearon figuras
parecidas, pero que dependían directamente del gobernador.
Las
elecciones intermedias de 2015 dejaron en claro que la agenda anticorrupción
generaba votos.
Una vez en el puesto, era importante
contar con información veraz. Por ello le solicité a la doctora Ana Laura
Magaloni, investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económicas
(cide), un estudio financiado por la iniciativa privada sobre el trabajo de
dependencias similares a la recién creada por el gobierno de Nuevo León.
En su
investigación, la doctora Magaloni dejó
en claro que la lucha anticorrupción ocasionó que en 2018 seis gobernadores
fueran procesados, en gran medida porque los nuevos mandatarios, surgidos de la
oposición, sintieron la presión política de averiguar los manejos de su
antecesor. Es verdad que, en los hechos, siguió operando el viejo sistema donde
es el gobernador quien decide castigos y perdones, y donde no impera el
profesionalismo de las instituciones ni el amor por el Estado de derecho. Pero
ello fue posible porque la sociedad se pronunció y los nuevos gobernantes
sintieron la obligación de tomar acciones contra sus antecesores.
También le pedí al director de la Consejería
Técnica de la PGR, hoy encargado del despacho, que me mostrara los protocolos
de la institución relativos al tratamiento de los casos de delitos de
corrupción. Apenado, me confesó que la que yo consideraba “la Catedral de la
persecución de delitos en México”, no contaba con reglas al respecto. Pues sí,
¿para que molestarse en elaborar reglamentación sobre delitos de corrupción si
no hay voluntad política de perseguirlos?
Cuenta
Gabriel Zaid que en los años ochenta
pensó escribir una tragicomedia sobre la corrupción en México. Tenía en mente
un personaje incorruptible que, por su honestidad, provoca una desgracia tras
otra. Su deseo de bien causa el mal; arruina a su familia; estorba a los que
quiere ayudar; ocasiona la pérdida de los trabajos y que se enemisten los
vecinos; provoca muertes, odios, hambre, ruina. Sus hijos lo repudian, lo
abandona su mujer, y termina sin amigos y expulsado del pueblo. “En México
—concluyó Zaid— la honestidad es tragicómica. Hay que disimularla, para no
causar lástima o problemas. Todo mexicano movido por un deseo de transparencia,
especialmente en la vida pública, se siente ridículo”.
Me parece
una magnífica advertencia del cuidado requerido para contener las ansias de
acabar con la corrupción, pues está tan enraizado todo el en-ramaje nacional
que pudiera ser catastrófico para el país desenmarañarla de un jalón, como se
ha demostrado en Brasil, Perú y Guatemala, por poner ejemplos cercanos.
Proceder caso por caso, y construir muy bien cada uno con la mayor difusión me
parece una estrategia efectiva, con menos daños colaterales y que puede atender
el nuevo clamor social.
Mi
experiencia en la fiscalía la veo como el viaje al futuro del nuevo sistema
nacional anticorrupción: impensable desbaratar el sistema, pero sí con
posibilidad de hacerle “huecos” mediante casos convincentes públicamente que
inhiban los actos de corrupción.
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