El año pasado, 31 defensores de
derechos humanos fueron asesinados en México, de acuerdo a reportes de la
organización Front Line Defenders. En el país, diversas organizaciones de la
sociedad civil (OSC) señalan que en lugar de protegerlos, la criminalización,
las amenazas, las agresiones y el desprestigio hacia ellos se han vuelto un
patrón. Esto pese a que existe una ley y un mecanismo que debería garantizar su
seguridad.
Así lo documenta el informe “Es
Tiempo Ya, Políticas públicas eficaces para el derecho a defender los derechos
humanos”, del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL) y de la
organización Protección Internacional (PI), que consideran que la falla radica
en que el mecanismo de protección en México y en la mayoría de los países de
América Latina se limita a medidas en el ámbito físico, muchas basadas en
tecnología, botones de pánico, telecomunicaciones y escoltas.
En México está vigente la Ley para la
Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas (LPPDDHP),
publicada en el Diario Oficial de la Federación el 25 de junio del 2012, pero
no hay una política pública integral de resguardo para estos colectivos, señala
el informe. Solo se cuenta con un mecanismo federal de protección, que está
restringido y centrado en la seguridad y el riesgo.
Para
Leonardo Díaz, de Somos Defensores, el
modelo centrado en la protección individual ha fracasado en Colombia y ahora se
está replicando en México. “Es un modelo que ni siquiera considera enfoques
como el de género, el étnico o el territorial. Es un negocio para las empresas
de seguridad”, explicó durante la presentación de Es Tiempo Ya.
El informe
de CEJIL y PI documenta que desde 2015,
del total de las medidas de protección otorgadas en México, 75 % fueron de
botón de pánico (la más frecuente) y circuitos cerrados de seguridad en
domicilio y oficina. Si se añaden telecomunicaciones (y el 5 % que abarca
vehículo y gasolina), suman el 92 % del total.
La mayoría de las medidas son medios
técnicos, “cuya capacidad para generar reacciones efectivas está muy en duda en
un país con altas tasas de criminalidad y baja rendición de cuentas de los
cuerpos policiales”, refiere el documento.
En el caso del botón de pánico no está
probada su eficacia.
Un estudio sobre 59 casos de defensores
de derechos humanos, de Espacio OSC para la protección de personas defensoras,
reporta que solo en 11 se obtuvo una respuesta adecuada después de usarlo.
“La noción de que el botón envía una
alerta instantánea es sugerente, pero lo que realmente haría útil esa medida es
un sistema que garantice una reacción rápida y adecuada al recibir la alerta,
eso parece no existir”, dice el estudio de CEJIL y PI. Todo eso, agrega el
documento, a un alto costo económico: cada botón de pánico del programa
mexicano cuesta al mes unos 215 dólares (alrededor de 4 mil 300 pesos)”.
EN MÉXICO NO
ES NEGOCIO DE MUCHAS EMPRESAS, SOLO DE UNA.
De acuerdo
con información proporcionada por Espacio OSC, RCU Sistemas es la única empresa que provee toda la tecnología de
seguridad para el mecanismo de protección: desde los botones de pánico, los
CCTV, cámaras de vigilancia, pero también chalecos y escoltas, malla ciclónica
y cerraduras reforzadas.
El informe Fideicomisos en México, el
arte de desaparecer dinero público, de Fundar, hace un análisis de los montos
gastados en el mecanismo de protección para defensores de derechos humanos, que
se manejan a través de un fideicomiso.
Hasta mayo
de 2017, señala, se habían garantizado
medidas de prevención y protección con cargo al patrimonio del fideicomiso a
696 personas, 290 periodistas y 406 personas defensoras de derechos humanos.
En respuesta
a solicitudes de acceso a la información, hechas por esta organización, la
Unidad de Promoción y Defensa de los Derechos Humanos (UPDDH) de la Secretaría
de Gobernación (SEGOB), encargada del fideicomiso para el mecanismo, señala que el monto ejercido para la
implementación de medidas de prevención y protección durante 2015 ascendió a
119 millones de pesos y para 2016 representó 170 millones.
En
contraste, en la Cuenta Pública se
establece que el monto ejercido del fideicomiso durante 2015 fue de 63 millones
y durante 2016 de 153 millones. Además, el monto que reporta la SEGOB es mayor
al que se reporta vía la SHCP.
Qué falta.
Más que solo medidas de protección
físicas, lo que de verdad hace falta es una ley general que tenga cuatro ejes:
prevención, protección, investigación de los perpetradores materiales e
intelectuales y los beneficiarios de las violaciones de derechos humanos contra
defensores, y la parte de la reparación, explicó Alejandro Cerezo, de Acción
Urgente para los Defensores de los Derechos Humanos (ACUDDEH), durante la
presentación de Es Tiempo Ya. En suma, dice, se requiere una política integral
para prevenir y proteger, y que atienda la violencia estructural y sus causas.
Cerezo
agrega que la ley actual es de carácter
federal, así que solo obliga a la federación a cumplirla; queda un limbo
jurídico para los estados y los municipios. “Si la ley dice que se establezcan
convenios y acuerdos entre estos y el poder federal, entonces deja todo a la
voluntad política de esos poderes. Es necesaria una ley general que norme y
obligue a todos”.
Además, la reglamentación actual va más allá de la
protección y tiene un componente preventivo que abarca la violencia estructural,
pero esto no se da en la práctica. “Hay un problema de lo que está en la ley,
lo que se aplica en la ley y el gran problema de la empresa privada que está
involucrada en la protección, cuando la CIDH recomendó ya que no debe haber
empresas privadas en la ejecución de las medidas de protección a defensores de
derechos”.
Para
rematar, Cerezo subrayó que es un buen
momento para que los legisladores y la administración federal entrante “se
pongan a pensar sobre cómo generar una ley que tenga la parte de investigación;
los diversos enfoques que faltan, como el de género; la parte interseccional,
para hacer de esa reglamentación un verdadero elemento que apoye una política
integral para el derecho a defender los derechos humanos”.
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