Arturo
Rodríguez García.
Desde 2013, antes inclusive de que
terminaran los procesos legislativos para concretar la Reforma Energética, una
asociación civil inició cabildeos y articuló una red de relaciones en México y
el extranjero, a fin de promover la inversión en shale gas: el Clúster de
Energía Coahuila.
Dicha asociación fue creada por el
exgobernador de Coahuila y exdirector de Pemex, Rogelio Montemayor Seguy,
economista excluido de la élite tecnócrata, acabada su carrera política por ser
protagonista del escándalo conocido como “Pemexgate”, de triangulaciones
millonarias de la entonces paraestatal al sindicato petrolero para de ahí,
financiar la campaña presidencial de Francisco Labastida.
Miembro de
una influyente familia en el norte de Coahuila, Montemayor era un estereotipo
del tecnócrata. Estudió economía en el Tec de Monterrey, maestría y doctorado
en la Universidad de Pensilvania, donde fue adjunto de Lawrence Klein, el Nobel
de Economía, creador de las herramientas econométricas para predecir
tendencias.
Luego de ocupar diferentes posiciones
en el gabinete económico, llegó al INEGI en sustitución de Pedro Aspe,
presidiendo el organismo de 1985 a 1988, año este último en el que inició,
impulsado por el salinismo, una vertiginosa carrera política: diputado federal
(1988), senador (1991), gobernador de Coahuila (1993-1999) y director de Pemex
(1999-2000).
El caso fue ampliamente ventilado en
medios, se convirtió en bandera anticorrupción del gobierno de Vicente Fox,
pero sus consecuencias de derecho se perdieron en el maniobrerismo, la
negociación, la simulación y la inexperiencia. Multado el PRI con mil millones
de pesos, el asunto no tuvo responsabilidades penales y Montemayor, como los
demás implicados, quedaron exonerados.
Menos
conocidos en el ámbito nacional, son los
negocios de los hermanos Edilberto, Jesús María y Rogelio Montemayor Seguy en
la minería de carbón: sin controles ambientales suficientes han perforado
indiscriminadamente la región para enriquecerse como proveedores de la Comisión
Federal de Electricidad, inclusive a costa de la vida de los trabajadores, como
ocurrió en el Pozo 3 de Binsa, en mayo de 2011, donde murieron 13 trabajadores
y un niño trabajador quedó mutilado, en una mina en la que Jesús María era
concesionario.
Rogelio, libre de todo proceso
judicial, se arrimó a Grupo México por ahí de 2008. Apareció por Cananea,
intentando sabotear la huelga minera, consiguió la reapertura de una lavadora
de carbón en Pasta de Conchos y, tiempo después, fundó la mencionada asociación
energética fincando alianzas locales, nacionales y trasnacionales para promover
el fracking. Una campaña en forma que va de escribir artículos en diarios (con
guiños de simpatía hacia López Obrador) a consolidar alianzas en todos los
niveles, y promover el fracking en pueblos y comunidades.
Consiguió que aceptaran ser
“asociados” al menos 15 instituciones de educación superior, entre estas, Texas
A&M International University y el Tecnológico de Monterrey; cuatro centros
de investigación con presupuesto federal como lo son IIE, Ciqa, Comimsa y
Cinvestav; en lo local, 19 ayuntamientos y el gobierno del estado; pero
principalmente, 57 empresas, entre las que destacan Grupo México, Peñoles e
Iberdrola.
Una versión hasta ahora no confirmada
es que, entre sus asociados y políticos de la entidad, hay inversiones
millonarias en acaparamiento de tierras con potencial de shale gas, pues hasta
hace unos días el negocio parecía inminente, con tenue oposición de los siempre
minoritarios ambientalistas.
El pasado
viernes 5, Andrés Manuel López Obrador,
anunció que no se permitirá el fracking, lo que ha causado nerviosismo en los
ya dispuestos inversionistas. Previsible, sigue una fuerte presión sobre el
gobierno que aún no inicia desde el tejido de alianzas construidas por
Montemayor Seguy, en un contexto donde el presidente electo tiene ante el poder
económico, varios frentes abiertos.
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