Raymundo
Riva Palacio.
Jesús
Ramírez Cuevas, vocero del presidente electo Andrés Manuel López Obrador, dice
que si en la consulta ciudadana resulta Texcoco el sitio donde quede el nuevo
aeropuerto de la Ciudad de México, varias cosas cambiarán. Se van a revisar adjudicaciones, contratos, subcontrataciones y cómo se
fueron adquiriendo y vendiendo los terrenos en la zona donde se realiza la
obra. El gobierno del presidente Enrique Peña Nieto no sólo fue laxo, sino
tolerante con irregularidades que se fueron dando en el proceso de construcción
y tienen que ser corregidas. No las hará jamás de manera transparente el
gobierno que dejará de serlo en un mes y medio, pero sí lo debe hacer el
entrante.
La obra en
Texcoco está a cargo del Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México, una
empresa de participación estatal mayoritaria, que publica en red toda la
documentación sobre licitaciones, adjudicaciones, opiniones de los testigos
sociales y los diversos mecanismos de transparencia. Hasta el 7 de septiembre
pasado, según un reporte del Instituto Mexicano para la Competitividad sobre
los trabajos aeroportuarios, las adjudicaciones directas representaron el 0.5
por ciento del importe total, mientras que las licitaciones públicas
correspondían al 88 por ciento. Un total de 292 empresas –90 por ciento
aproximadamente son mexicanas– participan en los 274 contratos de la obra. Sin embargo, esto no significa que sean
plenamente transparentes.
No necesariamente se encontrarían
irregularidades en las licitaciones y sus adjudicaciones, sino en algo
subjetivo que entra en un terreno de opacidad, como es el conflicto de interés.
Según
funcionarios federales, hay dos
personajes cercanos al presidente Peña Nieto que han participado activamente en
el proyecto sin dar la cara, sino detrás de dos de las empresas que han ganado
licitaciones. Uno es el expresidente Carlos Salinas y el otro es el empresario
Juan Armando Hinojosa, que fue el operador inmobiliario en la adquisición de la
'casa blanca' del presidente Peña Nieto y su esposa Angélica Rivera.
La
participación de ellos no significa automáticamente un acto ilegal, pero su involucramiento tendría que ser revisado
para determinar si su acceso al presidente influyó para que se les asignaran
parte de las obras. No es un elemento fácil para determinar si hubo
irregularidades o un delito, pero sí sería importante que una revisión de sus
contratos arroje luz para tener certidumbre que pudieron haber sido únicamente
gestores, o incluso co-inversionistas pero sin preferencias en el proceso de
las licitaciones.
Otro caso similar es la barda
perimetral de 70 kilómetros que protege la zona del nuevo aeropuerto, cuya
construcción fue entregada a la Secretaría de la Defensa Nacional. Otra fuente
señaló que existen indicios de que la obra fue subcontratada al yerno de un
importante general en activo.
La anatomía
de los contratos está en la mira del próximo gobierno, pero el énfasis probablemente debería estar en los servicios no
aeroportuarios y los bienes raíces. Los servicios no aeroportuarios involucran
a todos los locales que renten las aerolíneas, las empresas que requieran de
oficinas y bodegas, los restaurantes, hoteles, arrendadoras y establecimientos
comerciales. En el caso de estos últimos, desde hace más de un año están
asignados, e intentos de autoridades estatales para rentar espacio y promover a
sus entidades, han sido inútiles.
El análisis de quiénes se quedaron
con esos espacios y cómo se asignaron, podría arrojar indicios que permita
saber si hubo información confidencial que fue entregada para el beneficio de
individuos o grupos empresariales, y sus nexos con funcionarios del gobierno
federal.
En el caso de los bienes raíces, la
adquisición de terrenos se ha venido haciendo desde hace casi 20 años, cuando
estuvo en el horizonte la construcción de un nuevo aeropuerto. Funcionarios
federales consultados sobre la adquisición de terrenos por parte de miembros de
los últimos tres gobiernos, no negaron que esto no haya sucedido, pero
desestimaron que formara parte de un círculo de corrupción o donde se vieran
involucrados en conflictos de interés. En todo caso, la plusvalía de los
terrenos en las zonas colindantes con el nuevo aeropuerto ha hecho que se estén
ofreciendo departamentos a precios accesibles, con la zanahoria de que una vez
terminada la obra, el valor de sus propiedades se va a multiplicar.
El trabajo que tiene enfrente el
próximo gobierno, en caso de que sea Texcoco el sitio donde finalmente se
termine el nuevo aeropuerto, no va a ser sencillo, por la complejidad para
encontrar irregularidades y porque los intereses económicos se cruzan.
Desde octubre de 2015, el entonces
senador Alejandro Encinas planteó en un informe de 127 páginas las
posibilidades de corrupción inmobiliaria, detallando el modus operandi del
grupo mexiquense cercano a Peña Nieto. No hubo acusaciones directas sobre la
construcción del nuevo aeropuerto, pero mostró el camino en donde van a buscar.
Si se llega a fondo, muchas otras
cosas van a saltar, porque los intereses empresariales no corren sobre una sola
pista, ni benefician sólo a una parte interesada. Por ejemplo, si no fuera Texcoco, se tendrían que revisar los intereses
empresariales del constructor José María Riobóo y del futuro secretario de
Comunicaciones, Javier Jiménez Espriú, en la Base Militar de Santa Lucía, que
tanto promueven, o analizar por qué se incorporó la modernización del
aeropuerto de Toluca en el último momento, que beneficia a OHL, que es
utilizada por la oposición de Peña Nieto como símbolo de la corrupción en
infraestructura, y al empresario Alfredo Miguel, muy cercano al presidente y
también a varios miembros del entorno cercano del presidente electo.
Intereses económicos hay por doquier.
Visto fríamente, ese no es el fondo del problema. Es si en las obras hubo
preferencias y favoritismos, irregularidades o ilegalidades. Eso, en Texcoco o
en cualquier otro sitio donde quede el nuevo aeropuerto, no se puede permitir.
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