Javier Risco.
Crecimos
memorizando sus nombres y repetimos hasta aprendernos qué es lo que hicieron,
dónde nacieron y cómo murieron.
Los padres
de la patria, nuestros próceres, nuestros héroes y esos grandes personajes
viven en nuestra memoria en un rincón del que pocas veces salen. Nombran una
calle, una avenida o una colonia, pero lo cierto es que desde que aparecieron
en ese examen de primaria o secundaria, ahí se quedaron guardados.
Hay uno de
estos grandes personajes que ha sido noticia más allá de su era: Francisco I.
Madero.
El primer
vuelco sorpresivo de Madero fue el año 2006, a casi a cien años de su
asesinato, cuando se dieron a conocer su fe de bautismo y su acta de nacimiento,
en las que se leía claramente que esa “I” entre Francisco y Madero, no era del
rebuscado nombre Indalecio como habíamos memorizado todos desde siempre, sino
que era simplemente de Ignacio (Imagino que debe haber una buena cantidad de
Indalecios que desde ese día se sienten traicionados por la historia).
Esta semana
nos topamos con un segundo vuelco, con otra sorpresa guardada por el tiempo
acerca del antirreeleccionista y que nos muestra una cara desconocida y que
ningún profesor de historia pudo poner en ningún examen.
La casa
Morton subastó en cerca de cuarenta mil pesos, dos cartas escritas, firmadas y
membretadas por el propio Madero en diciembre de 1902. La cosa es que no son
cartas comunes, no, son cartas dirigidas a Sarita Pérez Romero, quien apenas un
mes después de este intercambio epistolar, se convertiría en su esposa y diez
años después, en su viuda.
Son cartas
de amor escritas en circunstancias de un flechazo inesperado: es diciembre y
ambos están separados y pasarán las fiestas cada uno por su lado, él en
Coahuila y ella con su familia. Cada una de las páginas está llena de ternura.
Una ternura rayana en la cursilería, pero que filtra en cada palabra el deseo
de hacerle entender a ella cuánto la quiere y cuánto le gustaría que estuviera
con él. Lo imagino escribiendo con las dos manos, cargando la pluma con fuerza
para que las palabras se fijen al papel para siempre. Lo consiguió.
En la
primera, el escritor del Plan de San Luis –mostrando otra faceta de su pluma–,
toca tres temas con Sarita: Primero, le recrimina el no haber recibido una
carta de ella ni el día anterior ni esa misma mañana, se deduce, por tanto, que
nuestro héroe fue al correo dos veces en vano. Segundo, Francisco trata el
asunto de la tía abusiva que hace trabajar de más a Sarita obligándola a hacer
“cosas que no te corresponden, como atar los bultos y otros quehaceres tan
pesados” o “maltratarte comiendo tarde como si fueras su ama de llaves”. Madero
aprovecha este punto para aclarar que eso va a cambiar radicalmente en cuanto
se casen. Tercero, le cuenta cómo avanzan los trabajos en la casa que está
construyendo para ambos y aprovecha para informarle que los albañiles no van al
ritmo deseado y que seguramente no terminarán en el plazo que le dijeron.
Entiendo su frustración, me ha pasado.
Lo que más
me llama la atención es que casi al despedirse Madero escribe: “Ojalá y reciba
mañana una carta larga de tu parte”, lo que me hace imaginar que tal vez Sarita
no era muy dada a la correspondencia y más de alguna vez le devolvió escuetas
responsivas con monosílabos.
La segunda
carta es más corta y en ella Madero habla de tres mandados sin importancia que
llevó a cabo ese día y vuelve a informarle de los avances de la casa,
puntualmente del mosaico que compró “para el pasillo que da al corredor”.
Termina la
carta reiterando lo ansioso que está de verla, por fin, en menos de un mes.
Ambas cartas
terminan de la misma tierna manera, con él enviando “ardientísimos besos”.
A partir de
ahora para mí será así:
¿Quién dijo
reelección no, ardientísimos besos, sí? Alternativa correcta, Francisco Madero.
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