Arnoldo
Cuellar.
Como nunca
en tiempos recientes el actual Gobierno municipal de León, la mayor ciudad de
Guanajuato, se encuentra obsesionado con potenciar la visión empresarial de la
ciudad y romper equilibrios penosamente creados en el pasado reciente.
Con un
PAN cada vez más débil, una oposición diluida y sin presencia y la preeminencia
de los hombres de negocios en los consejos y las políticas de la ciudad, el
Alcalde panista Héctor López Santillana está poniendo a prueba lo que hasta
hace no mucho era uno de los modelos de gestión municipal más exitosos de la
república, con una permanencia de 30 años de la misma fuerza política, salvo la
administración de la priista Bárbara Botello, que no paso de la anécdota.
Pese a
escándalos como el que culminó con el relevo de un presidente de Consejo en
SAPAL, y el que parece querer soterrarse en el Zoológico de León donde las
cosas parecen aún más graves por sugerirse un peculado y no un simple abuso de
poder, el modelo impulsado por López Santillana no cambia: todo el poder y las
posibilidades de negocio a los empresarios, y ninguna concesión a los
ciudadanos de a pie.
Está por
autorizarse el incremento del pasaje urbano en León con una actitud de parte de
los concesionarios que raya en la prepotencia, no digamos en la insensibilidad, ya proverbial.
Con una
simulación donde la autoridad pretende defender a los usuarios al limitar el
incremento a un peso por los 3 demandados por los transportistas, el rejuego de
policía bueno y policía malo no engaña a nadie.
De fondo lo
que ocurre es que el municipio ha doblado las manos ante la imposición
empresarial de tarifas indexadas sin ninguna mejoría, pese a que se subsidia
con recurso público la modernización de estaciones, en lo que también parece un
espléndido negocio para los contratistas favoritos de la administración.
Recientemente,
un periodista y un ciudadano solicitaron, cada uno por su cuenta, conocer
los indicadores mediante los cuales los concesionarios del transporte urbano
reportan sus resultados de operación, es decir, la posible utilidad o pérdida
con la que operan.
La respuesta
de la Dirección General de Movilidad es anonadante: “la información
peticionada no se genera ni se tiene en posesión de esta dependencia.” De
acuerdo a esa respuesta, el reglamento de transporte municipal de León no cuenta
con ninguna herramienta que permita conocer si la operación es rentable o
deficitaria.
La
consecuencia cae por su propio peso: la autoridad no tiene manera de determinar
si lo que plantean los transportistas sobre el comportamiento de sus costos y
su posible afectación, es cierto o falso.
Y visto
el nivel de debate, donde la respuesta del líder camionero Daniel Villaseñor al
cuestionamiento de que los sueldos de los choferes son bajos es que “no les
alcanza porque tienen la costumbre de tener dos casas”, es entendible que todo
se reduzca a la presión y al chantaje.
Sin embargo,
el municipio que encabeza López Santillana como antes el que encabezó
Bárbara Botello, están en estado de indefensión porque quieren o porque deben
favores. Ante la prepotencia del monopolio camionero, donde esas mismas
autoridades permitieron que se generara ese escenario de desventaja, estaría la
posibilidad de abrir espacios a otros alternantes, que los hay, para
diversificar la oferta y gobernar el mercado de la movilidad.
Sin embargo,
nadie parece quererlo en la administración y menos que nadie el actual
titular, Luis Enrique Moreno, quien más parece un empleado de los
transportistas que un representante de los ciudadanos, solo listo para ver
cuántas nuevas oportunidades de negocio ofrece a empresarios a través del
control de las estaciones, de la publicidad que en ellas se coloca, mientras se
utiliza la mano duro para desplazar a los comerciante ambulantes que no tienen
la fortuna de contar con enchufes para sus negocios.
Lo dicho,
en esta ciudad se está generando una nueva y flagrante división de castas, que
excede incluso la tradicional división en clases, donde unos pocos tienen
acceso a todas las posibilidades de negocio, a los espacios de representación
que dejan de ser ciudadanos para convertirse en clubes de empresarios; mientras
otros deben pagar tarifas cada vez más caras por servicios cada vez más malos,
todo sin posibilidad de estar representados.
En este
sentido, León cada vez pierde más su esencia de ciudad para convertirse en
un botín a repartir, donde solo muy pocos tienen boleto de entrada.
Pareciera
risible si no resultara trágico, que hasta la propuesta de Marca de Ciudad
(curioso marca y no símbolo) esté de momento privatizada y en manos de un barón
de los medios de comunicación, Jorge Torres Gómez, que además como premio por
ese comportamiento ya recibió de manos del Alcalde Héctor López Santillana la
tesorería de la Feria de León, nada más, pero tampoco nada menos.
Y los
empresarios leoneses del Siglo XXI, como sus abuelos de mediados del siglo XX, siguen
creyendo que la polarización que crea el injusto reparto de las oportunidades y
la expoliación constante de los muchos por los pocos, se arreglará simplemente
con el hecho de que el Club de futbol León sea campeón y que pronto disponga de
un nuevo y futurista estadio, por cierto, en terrenos que esconden un negocio
del anterior gobernador para favorecer a empresarios de Pachuca.
Vaya
paradoja más simbólica resulta del hecho de que el mayor amortiguador de las
radicales diferencias sociales en la ciudad más pujante de Guanajuato decida
sus destinos en otra entidad. Es una muestra de que no todas las variables
están bajo control.
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