Por Santiago
Igartúa.
Parecía
estar todo concertado. O que nada extraordinario pasaba. Después de 26 años de
reinado –desde el gobierno de Carlos Salinas de Gortari–, la renuncia del líder
petrolero Carlos Romero Deschamps no cimbró las instalaciones de la sede del Sindicato
de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM).
Ubicada en
los límites de las colonias Guerrero y Buenavista, zona “liberada” para la
delincuencia, la calle Ignacio Zaragoza lucía como un día cualquiera. La
estampa de una patrulla policiaca entre una larga fila de prostitutas
sexagenarias sólo variaba por las decenas de reporteros agolpándose en la
búsqueda de una nota entre el número 15 de la angosta avenida y el tianguis que
cada miércoles se instala del otro lado de la acera.
Hermetismo
puro, la opacidad en la información se replicó en el corazón del sindicato.
Nada se sabía de lo que pasaba al interior, donde se reunía –desde las 10 de la
mañana– la cúpula gremial para recibir la carta de renuncia de su amo.
Afuera no
hubo simpatizantes y prácticamente tampoco opositores al reinado. Apenas cuatro
jubilados petroleros sostenían una breve manta, dibujadas en ella ratas con la
cara del líder sindical y escrita la leyenda: “Juicio político a Carlos Romero
Deschamps por traición a la patria”.
“Ni para
una pinche manta digna les alcanza a estos putos”, retrucó un miembro del STPRM,
encargado de la seguridad.
En las
inmediaciones, en las calles de Guerrero, Puente de Alvarado y Orozco y Vega
–que con Zaragoza conforman la manzana–, los hoteles de paso, que a 200 pesos
la hora completan la vida económica del barrio, alquilaban sus garajes para
guardar las camionetas de lujo de los altos funcionarios del sindicato,
vigiladas por escoltas.
Del tianguis
“Ferias y Romerías”, que con sus lonas verdes y los puestos de fruta rasga el
gris de la zona, se rompía el silencio y la monotonía. Los brevísimos
momentos que se abrían las puertas del sindicato –del que salían corriendo
discretos trajeados y camionetas con vidrios polarizados– se escuchaba la mofa
de los marchantes: “Agárrenlos, agárrenlos que se escapan, pinches ratas
huachiculeras”.
Miguel
Osorio, tianguista, quien tiene 56 años trabajando en el lugar, cuenta que
hasta hace unos años aparecía Romero Deschamps repartiendo fajos de billetes a
vigilantes y jubilados que lo esperaban a la entrada del sindicato.
Y reclama, entre
la indignación y el hartazgo de quien ha sido testigo recurrente de un mismo
atropello:
“Claro
que es una ratota. Todo México lo sabe. Pero, ¿usted cree que con esto van a
arreglar el país? Todo va a seguir igual. Ni siquiera lo van a meter al bote.
¡Que no mamen! ¡Que devuelva el dinero! ¡Este cabrón saqueó al país! Siempre es
lo mismo con los políticos y toda esa bola de culeros”.
A dos horas
de haber comenzado la reunión, de las puertas del sindicato salió una camioneta
negra blindada, visualmente impenetrable, escoltada por otro vehículo. De a
poco sorteó el muro de periodistas y se marchó. Se dedujo que ahí se marchaba
el que ahora sería exlíder petrolero.
La información
de que su sustituto “interino” sería el diputado plurinominal priista por
Veracruz, Manuel Limón, daba la razón a las costumbres mexicanas descritas por
el tianguista. “Ni más ni menos que el operador financiero de Deschamps”,
decían los reporteros de la fuente del que fue tesorero del STPRM de 2007 a
2018.
Con el
mediodía la calle se cubrió de lluvia. Afuera del STPRM no pasaba más nada y
sólo un personaje se exponía. Dijo que era sindicalizado petrolero en retiro,
de la sección 1 de Tamaulipas. Vestía un pantalón de pana desgastada, tenis que
parecían haber sido color blanco y una gabardina percudida.
“Necesitamos
que renuncien los 36 líderes regionales. Dudo que tengan vergüenza, pero vamos
a tomar las oficinas de todas las secciones si no se van. No es posible que
cambien a Romero y dejen a otros 36 rateros. Llegó la hora de la justicia”,
repitió, abordando uno a uno a cada reportero que veía.
Pero su
rostro algo más decía. Mostraba una fotografía junto al presidente Andrés
Manuel López Obrador, donde aparece entregando una carta firmada a nombre de
María Consuelo Loera, y mostraba los cientos de resultados de la búsqueda de su
nombre en Google: José Luis González Meza.
“Es que mis
abuelos, mi padre, mis hermanos y mis sobrinos son petroleros. En el cuerpo
tenemos petróleo, no sangre. Pero en mis ratos libres defiendo al Chapo”.
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