Alejandro
Páez Varela
El jueves
pasado, todavía por la noche, hablé y me mandé mensajes con varios amigos de
Culiacán, periodistas y ex editores, uno de ellos en un grupo civil y otro en
la academia. Estaban asustados. Nunca antes, me dijo la mayoría, habían
visto algo así en esa ciudad. Y vaya que han visto cosas. “Culiacán está tomada
por ellos [los sicarios]. Me vine a la casa, a encerrarme con mi mujer”, me
dijo uno, con un niño. Otro me enfatizó en las armas y un tercero en la
capacidad de organización: “Tomar una ciudad en una hora no es espontáneo.
Estaban listos para reaccionar en caso de una agresión. Están mejor organizados
que el gobierno”.
Alguien me
dijo, entre la tarde y la noche del mismo jueves, que la gente de Fausto
Isidro Meza Flores, conocido como “El Chapo” Isidro, movilizó su propio
ejército irregular con rumbo a Culiacán: decidió unirse en la “defensa” de la
ciudad. Meza Flores es enemigo de los hijos de “El Chapo”. No en momentos de
peligro, parece: de inmediato sumó fuerzas con ellos, si es que es cierto el
reporte (y no tengo por qué dudarlo). También me dijeron que Los Salazar o Los
Salazares, grupo de Chihuahua que inició en Chínipas (su líder fundador es Adán
Salazar Zamorano, detenido), empezó a reunir gente en el triángulo para bajarla
a la capital de Sinaloa. Me mandaron una foto de por allá por El Fuerte donde
se veía un camión de pasajeros lleno de sicarios. Listos para entrarle a los
madrazos.
Dos dudas: ¿por
qué no hubo tal movilización cuando detuvieron a Joaquín Guzmán Loera? ¿Por qué
los enemigos se unieron para repeler al gobierno? Ambas tienen una respuesta,
quizás, en Ismael “El Mayo” Zambada.
Pero antes
de seguirle con esa historia, quiero dejar dos cosas: una es que el
operativo contra Ovidio Guzmán López fue una soberana pendejada. Quizás la más
importante no es la más obvia, ya reconocida: la de que iban mal preparados y
sin la anuencia de todo el Gabinete de Seguridad. La mayor pendejada fue, en
realidad, abrir un frente por allá, en Sinaloa. Burrada costosísima que además
no tomó en cuenta las capacidades del Estado: y todo para qué, cuando se tiene
una guerra abierta y de grandes dimensiones en Jalisco, Guerrero y Michoacán con
el Cártel Jalisco Nueva Generación. Y todo para qué, sin suficiente personal en
la zona. Y todo para qué, si en Mazatlán y Culiacán viven familias de
militares. Y todo para qué, si el Cártel de Sinaloa no era, en ese momento, la
prioridad del Gobierno y de hecho, en Sinaloa han bajado los crímenes por una
“paz narca”.
La segunda
cosa que dejo por escrito (aunque ya la dije en mi comentario en “Los
Periodistas”, programa que dirigimos Álvaro Delgado y un servidor en Grupo
Radio Centro): soltar a Ovidio era lo mejor. Habrían muerto decenas, quizás
cientos. Y Sinaloa sería en este momento un foco de violencia y lo sería por
años. El gobierno causó el estallido en Culiacán; llevarse al hijo de “El
Chapo” habría sido el acabose, como dicen en mi rancho. Se optó por el mal
menor después de haberla regado durísimo. Mejor retirarse. Eso creo y a cada
hora que pasa me lo confirmo más.
Los Zetas
intentaron varias veces entrar a Sinaloa. Dos con todo, que se sepa. La primera
fue por arriba, por el norte, por Badiraguato/Guadalupe y Calvo. Cortaron
suministros a la población civil. Ni combustibles, ni camones de Sabritas y
Coca Cola entraban. Pasó con Enrique Peña Nieto en el poder. Sitiaron la zona.
Perdieron. Luego, intentaron entrar por el sur, por Mazatlán. Fue una
carnicería, causaron pánico entre comerciantes, hoteleros y pobladores, y
perdieron. En el norte funcionó que las comunidades sirven al único gobierno
que conocen: el Cártel de Sinaloa; repelieron el ataque con recursos del cártel
y con los propios. En el sur, simplemente sucedió lo mismo, y que Los Zetas
desconocen el territorio. Se impusieron los locales.
En los
últimos pocos años, “El Mayo” Zambada y Nemesio “El Mencho” Oseguera
Cervantes han pospuesto la gran guerra. Hablan entre sí. Vienen de una misma
“familia” (“El Mencho” tomó el poder a la muerte de “Nacho” Coronel). Se ha
evitado la confrontación entre dos cárteles poderosísimos y la muestra más
clara es cuando, en agosto de 2016, el Cártel Jalisco soltó a Alfredo Guzmán,
secuestrado en Puerto Vallarta. Quien negoció no fue “El Chapo”; estaba
detenido. Fue “El Mayo”, según se dice. Sólo él podría lograrlo.
Pero
todas las fracciones en Sinaloa, incluyendo la disidente de “El Chapo” Isidro,
saben que un día enfrentarán esa gran guerra. Y saben que un día tendrán que
unirse, incluyendo los ejércitos rurales, que son los que se mueven en el
triángulo y que responden directamente a “El Mayo”. Por eso, según algunos
observadores a los que he consultado desde el jueves, cuando se dio lo de
Ovidio se unieron casi en automático. Algunos pensaban que era la gran guerra…
contra el CJNG. Se activaron los resortes. Cientos tomaron la capital
sinaloense y el gobierno perdió. Estaban listos, obvio, para repeler una
agresión. Y la agresión vino del gobierno, no del Cártel Jalisco.
Yo creo
que fue “El Mayo” el que los movilizó, incluyendo a los confrontados entre sí.
Es el único que habla con todos. No por nada es el capo de capos. Y no se
movilizó cuando detuvieron a su compadre “El Chapo” porque esa no era una
afrenta contra el Cártel de Sinaloa: era personal. Eso es lo que se dice. El
compadre traía a todos detrás de él y a pesar de eso, se descuidó (mujeres, su
documental, encuentros comprometedores, etc). Los errores los pagó en
solitario. Demasiado caliente para traerlo en las manos; demasiado expuesto
para comprarse su guerra. Se le ofreció que a su familia no le faltaría nada y
así ha sido. La respuesta de “El Mayo” este jueves salda un pacto de por vida y
ya no sólo con el compadre, preso en Estados Unidos: con sus muchachos,
herederos, ahora sí, de una parte, del poder.
El
General Secretario estaba molesto. Luis Crescencio Sandoval no lo pudo
esconder, el viernes, cuando se dio la conferencia de prensa en Sinaloa.
Obviamente lo habían brincado. El tema no es ir por un capo: la Marina lo ha
hecho con pulcritud. El tema, claramente, es que no se socializó la idea.
Entonces pusieron a todos en peligro: a militares, a civiles en funciones de
seguridad y a ciudadanos. A la estrategia de seguridad. Y sobre eso: pusieron
en riesgo la estrategia que se centra en una sola idea: pacificar a cualquier
costo al país. Fue Alfonso Durazo, me dicen, el del error. ¿Se metió la DEA en
el operativo? No lo dudo. Pero quienes tomaron la decisión no calcularon bien.
No tomaron el mapa de guerra. Querían dar un golpe de efecto y dieron un golpe
al avispero. Y estuvieron a un tris de cometer un segundo error: llevarse al
muchacho de “El Chapo”. Por fortuna no lo hicieron. Bueno, no fue fortuna: fue
bajo presión. Pero tuvieron la sensibilidad de no aferrarse. Esa sensibilidad
vino desde más arriba: desde el Presidente. Durazo cambió más de una vez la versión
de los hechos hasta que la instrucción fue rotunda: digan la verdad en la
conferencia. Y la verdad era que habían llegado sin preparación, sin socializar
la idea dentro del Gabinete de Seguridad y, como consecuencia, se habían
rendido. El General Secretario estaba molesto, y con toda la razón. Muchos en
las Fuerzas Armadas lo estaban (o lo están), y con toda la razón.
La parte
política, por otro lado. Claro que hay muchos simpatizantes de resolver todo a
balazos y manotazos de escritorio. Y claro que se crecen con los errores. Y
claro que hay quien está listo para cosechar. El obvio es Felipe Calderón
Hinojosa, que está en campaña para formar México Libre; pero no es el único.
Están el PAN, Gustavo de Hoyos (que tiene proyecto político personal y usa
Coparmex con esos fines). Y están los desesperados, los grandes perdedores con
el arribo de AMLO al poder: los viejos perredistas, como “Los Chuchos”. Y sí,
sí se crecen. El error de Culiacán les permitió gritar a todo viento que la
estrategia falló. Y sí falló, porque no se siguieron los protocolos, aunque se
corrigió y no se llegó a más.
Hubo un
movimiento de gobernadores, la mayoría de oposición, que apoyó la decisión de
no sacar al muchacho de “El Chapo” de Culiacán. Ellos saben lo que habría pasado.
No digo que no midieran políticamente el efecto; claro que lo midieron. Por eso
apoyaron. Imagínense qué pensó Javier Corral (no es el único y lo puso como
ejemplo): que sacar a Ovidio habría generado una guerra de enormes dimensiones…
y Chihuahua se habría puesto color de hormiga. Mejor no. Y todo para qué. Viva
la paz. No escamotearon apoyar al Presidente porque fue lo mejor para todos.
El problema
de fondo es que la violencia sigue en el país. Si la decisión de dejar libre
a Ovidio hubiera llegado con tendencia a la baja, tendría todo el sentido. Pero
la violencia crece. Y se crecen los que quieren mano dura.
La gran
duda es si para 2021, año electoral, bajará la violencia y la economía
despegará. El Gobierno de la 4T tiene un año. Si no lo logra, Morena tropezará.
Y si tropieza, la manga ancha del Presidente para generar un cambio será manga
corta. Y entonces sí: todo para qué. La Cuarta Transformación se quedará en una
escaramuza, en un intento fallido. Como arrestar a un capo en Culiacán, y luego,
por errores propios, dejar todo como está. O peor.
Los que
dicen que este evento es un antes y un después, están en lo cierto. Ojalá el
después sea para bien porque si no… híjole.
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