Ricardo
Ravelo.
La pandemia
desatada por el COVID-19 se ha convertido en el principal enemigo del Gobierno
de la Cuarta Transformación. Este momento, uno de los más angustiosos que se hayan
vivido en la historia del país, es la prueba de fuego para el Presidente Andrés
Manuel López Obrador: si sale adelante con sus planes se entronizará aún más en
el poder, subirán como la espuma sus bonos, pero si fracasa y el país se vuelve
un caos el tabasqueño naufragará en medio de este explosivo momento.
Al
mandatario se le cuestiona que no haya hecho un llamado a la unidad nacional,
le reclaman su postura unipersonal –yo, yo, yo y sólo yo –, su arrogancia no
domeñada en momentos de crisis, cuando sociedad y empresarios exigen
desesperadamente que aparezca el Presidente, el líder, el héroe, el hombre que
ha presumido haberle aprendido mucho a Benito Juárez –su héroe –y no aplique en
estos momentos la sabiduría que en su tiempo aplicó el político oaxaqueño.
Inolvidables son aquellas leyes de Reforma que nos dieron libertad.
Pero Juárez
no actuó solo. Echó mano de los mejores hombres de su gabinete, algo que no
hace López Obrador porque no les permite a sus colaboradores que le hagan
sombra, que le roben los reflectores. El poder es suyo nada más y nadie tiene
derecho a contradecirlo, ni siquiera a señalarle sus errores y sus yerros
porque el señor Presidente es perfecto y nunca se equivoca.
Ahora que
anunció el plan emergente para enfrentar la crisis financiera y de salud –cuyo
plan fue cuestionado porque resultó ser un resumen de lo que ha venido
repitiendo todos los días, es decir, no dijo nada nuevo –al Presidente se le
vio solo. La imagen que proyectó es la de un habitante de Palacio Nacional que
no tiene colaboradores. Aquello se hubiera antojado como un evento al que puntualmente
hubieran asistido los empresarios más acaudalados del país, representantes de
la sociedad civil, gobernadores, alcaldes, delegados y el gabinete completo.
Era el momento ideal para cerrar filas con el mandatario y para enfrentar con
valor y gallardía esta adversidad perturbadora.
Pero no fue
así. Al Presidente se le vio hablando solo y pronunciando palabras en el vacío.
El mismo discurso de siempre, producto de una mentalidad reducida que no ve la
realidad con altura de miras. Al Presidente se le vio vulnerable, empequeñecida
su figura en medio de un país que ya sufre los estragos por la pandemia.
Tan sólo en
los últimos veinte días unas 370 mil personas se quedaron sin empleo y sin
seguridad social, como consecuencia de los despidos masivos que decidieron
hacer las empresas que ya no pueden soportar la carga financiera. La caída del
empleo, como se ve, está en picada y el plan gubernamental no contempla apoyar
económicamente a ninguna empresa, con excepción de la Pequeña y Mediana Empresa
(Pymes), cuyos recursos vía préstamos –según dijo el Presidente –se empezarán a
otorgar el mes próximo. Ojalá no sea demasiado tarde.
Esta
cerrazón del Presidente ha desatado confrontaciones con el Consejo Coordinador
Empresarial, pues además de que los empresarios están molestos porque el
Presidente no atendió la propuesta de apoyar a las empresas y evitar los
despidos masivos, también mostraron su preocupación por la falta de
sensibilidad del mandatario. En realidad, en este partido de futbol llamado
emergencia nacional López Obrador decidió jugar solo. Es el dueño del balón,
del estadio y es, al mismo tiempo, su propio árbitro.
Nadie tiene
derecho a opinar y menos a cuestionar sus decisiones, aunque sean erradas. Este
cachazudo personaje gobierna como si no necesitara del consejo de nadie,
incluso, se da el lujo de descalificar a sus propios colaboradores cuando a él
no le parecen sus propuestas. Arremete con los gobiernos anteriores, le
recrimina a los conservadores cuando lo cuestionan con razón, pero para él esto
es parte de una campaña sucia; la única verdad es la suya, las únicas ideas que
valen son la de él, el poder es suyo, sólo suyo y de nadie más; no está dispuesto a ceder ni un ápice ante
nadie porque teme ser desplazado de los reflectores que lo iluminan. El pleito
con los empresarios tiene un fondo: no quiere que ellos participen en el plan
de rescate del país. Le estorban, no los quiere cerca. Sólo él puede hacerlo y
asegura que con los programas sociales será suficiente para salir adelante. Los
programas sociales le importan porque esa es su clientela electoral y no está
dispuesto a cederla, no está dispuesto a soltar las riendas ni a abrirle la
puerta a nadie que le haga sombra. Así construye su Gobierno, en la soledad.
Los adversarios no pueden sumarse a ningún plan porque para él sólo sirven para
pelear, para culparlos y justificar así sus fallas y yerros.
Todos los
gobiernos del mundo han liberado recursos económicos para apoyar a las
empresas. Quieren evitar un colapso, la anarquía que desate la
ingobernabilidad. El Gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, dispersó dos
billones de dólares –equivalentes a ocho años de presupuesto en México –para
evitar la quiebra de las compañías. La Unión Europea hizo lo propio. No quieren
desempleados ni carencias.
Pero en
México el Gobierno sólo apoya a la clase pobre. Es positiva esta decisión. Los
pobres son primero. Pero López Obrador no sólo gobierna para la clase pobre de
este país: gobierna para todos. Esa visión sesgada se le ha cuestionado hasta
el exceso al Presidente, pero encumbrado en el poder como está, López Obrador
ya no escucha y es lamentable que no haya contrapesos que le impidan perder el
piso y flotar por los aires.
Este es el
Andrés Manuel López Obrador real. El de ayer era el líder opositor que enarboló
un discurso contestatario contra los poderosos para alcanzar el poder
presidencial. Ahora que tiene el poder lo empezamos a conocer tal cual es, de
cuerpo entero. Es imposible no ver su autoritarismo, su ambición desmedida de
ser todo y no permitirle a otros aportar lo que saben en esta difícil tarea de
gobernar. Gobernar es una tarea de equipo y parece que el Presidente no lo
tiene aunque su gabinete esté ahí. Para él es preferible ir solo en todo y no
permitir que la sociedad reconozca otros liderazgos en su gabinete.
López
Obrador es un hombre polémico, dado al pleito permanente, a la rijosidad y a la
confrontación. Gobernar y hacer bien las cosas debería ser un verdadero placer.
Y en esta tarea no debe haber margen para lo dañino. Pelear desgasta y no se
construye nada en medio de choques y desacuerdos. ¡Qué desperdicio de tiempo el
que el Presidente le dedica a la diatriba y al choque permanentes!
La
emergencia que vivimos en el país debe ser una razón para estar unidos. Pero
aquí se observa que el mandatario no ha superado los bajos niveles de la
subjetividad, no ha crecido emocionalmente. La terquedad es un signo de la
inconsciencia, de la mecanicidad y del automatismo, consecuencia de la pobreza
educativa y de una formación basada en el sistema patricarcal, el
autoritarismo, pues. Es verdaderamente lamentable que, debido a esa
subjetividad con la que gobierna, no concrete acuerdos. Gobierna en medio de lo
que en otros tiempos bárbaros se llamó la etapa de la confusión de las lenguas.
Nadie se entiende y nadie puede ponerse de acuerdo porque la cabeza principal
de este país –el Presidente –tiene un contrato firmado con los pleitos y la
rijosidad y éste contrato es indisoluble.
Si el
Presidente pudiera verse al espejo –y este es un signo de su soberbia –con toda
seguridad diría, al ver su rostro y rechazar algo de si, que el espejo miente,
pues es incapaz de aceptar sus errores. Y cuando las personas no aceptan sus
fallas no existe espacio para el crecimiento. Si al menos pudiera bajarle dos
rayitas a su egolatría, López Obrador sería un Presidente abierto, sensato y
diferente a lo que hoy es. Para ello, necesita mirarse a sí mismo y no evadir
su realidad interior. Debe ser más amigo de sí mismo para poder estar abierto
al diálogo y a la empatía con los demás. Quizá buscaría con ahínco construir
puentes y no dinamitarlos con su explosiva mecanicidad.
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