Salvador
Camarena.
Adán en el
Edén. El presidente de la república ha salido disparado de la pandemia directo
al sureste, la región en la que quiere esculpir su legado. El viaje tiene todo
el sentido. Para AMLO es crucial no perder más tiempo, pues un sexenio es poco
para la refundación que se ha propuesto para México. Por eso, con más temor al
olvido que al virus, se apresura a apuntalar mediáticamente las obras que
pretende convertir en símbolos de su periodo.
Porque el
actual gobierno es totalmente priista en su sentido adánico, en ese intento
sexenal de tratar de hacer cosas como si fueran los primeros con ideas dignas
de la posteridad, y en ese afán por desdeñar el pasado inmediato.
Para López
Obrador, de Cárdenas para acá, sólo existe la expropiación petrolera. Aunque
también salva a López Mateos por haber puesto las bases para la CFE.
Ante esos
santones, ante esas deidades del Estado estatista, AMLO se santigua. Por eso a
López Obrador no le duele dar hasta el último centavo del Presupuesto a Pemex,
o regalarle ventajas competitivas a la Comisión Federal de Electricidad por la
vía de decretos. Es su ofrenda más sentida, su intento febril para que ocurra
el milagro de que las otrora paraestatales no sucumban, y menos durante su
administración, por su legendaria inoperancia en mercados abiertos y modernos.
En esos
altares del pasado priista, AMLO ha hecho una promesa. Él, al igual que el
general o que el presidente paseador, quiere y va a construir otras capillas
dignas de adoración: un tren, una refinería, un aeropuerto.
Por eso van
a secar los fideicomisos, y a descapitalizar la ciencia, la educación superior
o los museos. Porque para López Obrador los gobiernos sólo existen en la
posteridad si heredan piedras y fierros qué adorar, aunque el destino de esas
edificaciones pueda no ser más que un mausoleo.
Y es que
AMLO no venera al pasado, como se ha dicho por ahí. Venera la idea de que el
futuro le ponga limosnas a sus capillitas.
Por eso va
al sur, porque su futuro no puede esperar. No va a Quintana Roo a entender las
maneras de reactivar esa savia de la economía que es el turismo, no. Este
peregrino lo que quiere es armar su propio camino de cosas faraónicas. De las
que él va a heredarnos.
Quizá ahí
también resida la verdadera causa de la cancelación de Texcoco: entre aquel
López de los años cincuenta/sesenta y yo, nadie, y menos que nadie los
recientes. Así que RIP al llamado nuevo aeropuerto. Y si quieren uno, yo se los
hago, y se llamará como yo diga, y estará donde yo quiera, y lo administrarán
los que yo decida, que para eso soy Adán.
México
necesita mejorar servicios turísticos, innovar en su potencia manufacturera,
trazar caminos hacia la integración global, multiplicar fuentes de energía
baratas y limpias para su población y sus industrias, multiplicar las escuelas
de alta calidad, modernizar museos para que atraigan visitantes nacionales y
foráneos, y, por supuesto, reducir de manera notable la inseguridad.
Pero nada de
eso es prioridad. Lo relevante es que ruja una locomotora en el sur, que
produzcamos y refinemos combustibles fósiles, así empeñemos las finanzas
nacionales, que nazca un aeropuerto donde a nadie conviene, que Bartlett entre
junto conmigo al Olimpo de los legítimos priistas, porque, así sea con decretos
huizacheros, juntos reestatizamos la electricidad, y que todos me vean como
siempre me he visto: yo que nací en un pueblo chiquitito en realidad soy,
señoras y señores, Adán, y conmigo empieza hoy el pasado de México.
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