Alejandro
Páez Varela.
Hay mucha
hipocresía en el aire. Siempre hemos sido una sociedad simuladora, pero ahora
hay además hipocresía, y está en el aire. La hipocresía es sobre todo falta de
honestidad. Honestidad con uno mismo. Nos asombramos unos de los otros como si
no nos conociéramos. Los grandes empresarios gritan que el Gobierno no les
rebaja los impuestos, no los rescata, y piden que entre todos los mexicanos les
ayudemos con el rescate, pero no dicen que le deben miles de millones de pesos
al fisco que es, básicamente, la única herramienta que tiene el Estado
(cualquier Estado) para garantizar el justo reparto de las ganancias. La
Coparmex ve lagañas en todo lo que hace el Gobierno pero no se atreve a decir
que es el caldero donde se cocinan fuerzas opositoras con deseo de acceder al
poder; se disfraza de empresariado para esconder intenciones políticas. Pasa lo
mismo con muchos periodistas encumbrados (no todos), beneficiarios de Gobiernos
pasados (poder, dinero): hacen análisis sesudos para disfrazar que, haga lo que
haga, de todas maneras aborrecen a Andrés Manuel López Obrador y no necesitan
ningún análisis sesudo porque lo que quieren decir es que todo está mal.
Hay mucha
deshonestidad y es a todos los niveles. Día y noche, noche y día, por todas las
vías posibles se advierte a la gente que tenga cuidado, que hay una epidemia,
que use cubrebocas, que use caretas, que no haga fiestas, que no salga de casa
si no es estrictamente para lo necesario; que se lave las manos con agua y con
jabón y que se cubra nariz y boca. Meses y meses con ese mensaje. Y sales a la
calle y allí van, familias enteras sin cubrebocas; o con los cubrebocas debajo
de la nariz; o con los cubrebocas como bufandas. Familias con gente pasada de
peso, niños, abuelos. O gente sin cubrebocas que se pega al otro en la cola del
banco o se amontona en los mercados o en las banquetas; que no respeta el metro
y medio recomendado en carteles, en una conferencia cada 24 horas, en memes, en
llamados de Youtube, en anuncios de televisión y radio en todos los idiomas
posibles. Luego, cuando viene la desgracia, ellos no son culpables. El repunte
de la epidemia es culpa de todos, menos de ellos. Claro que hay gente que tiene
que salir, que no tiene agua en casa, que vive al día; ellos deberían tener
toda la atención del Estado. No los otros. No los que no se cuidan y no nos
cuidan. Pero hay negligencia y luego se actúa con deshonestidad.
¿Cuántos de
nosotros mandaron a sus trabajadores domésticos con sus salarios cubiertos a
casa? ¿Cuántos “protegieron” a sus empleados y los tienen ahora 24 horas, 7
días a la semana en casa? Mucha deshonestidad. Como voltear a ver las azoteas
de los edificios de la capital: llenos de gente humilde que vive en cuartitos y
el único espacio amplio que conoce es la cocina de la patrona, la recámara de
la patrona. Somos una sociedad que ve para otra parte; que le gusta ver para
otra parte. No todos, pero muchos. Así somos. A todos los niveles. Hay
hipocresía y deshonestidad.
Leí y
escuché el gran asombro que provocó el documental de Epigmenio Ibarra sobre
López Obrador. Hubo incluso indignación y hasta vestiduras hechas trizas. Mi
pregunta es por qué. Epigmenio ha expresado públicamente su apoyo a López
Obrador desde hace años. Son causas que él defiende con la misma fiereza con la
que expresa, casi con cara de náusea, su rechazo a gente como, por ejemplo,
Felipe Calderón. A él lo considera asesino, ¿no lo han escuchado? Por eso
pregunto: ¿es un documento propagandístico, ése documental? Según yo, sí lo es.
Y cuál sería el problema. El Presidente lo recibe en Palacio porque lo siente
su amigo. Cuál es el problema con un documental sobre López Obrador realizado por
un simpatizante de López Obrador. ¿No les parece más deshonesto un Carlos Marín
entrevistando a Enrique Peña Nieto y haciéndolo pasar como periodismo? ¿O no es
más deshonesto hacer pasar a Marín por periodista cuando defendía a García
Luna? Es el documental que Epigmenio quería; es congruente con sus
convicciones. La pregunta podría ser si es periodismo. Pero dadas sus
preferencias políticas, es el que ambos esperaban, Andrés Manuel y él. ¿No es
más deshonesto hacer pasar como periodismo a Reforma –que, por cierto, lleva
tres desmentidos en 4 días–, hoy dirigido por un activista?
Vi imágenes
de la protesta del sábado. Y he visto cómo algunos consideran que el país está
en manos de un loco, inconsciente e irresponsable; en manos del peor Presidente
de México. Bueno, para su fortuna, estamos ya cerca de 2021. Cuando menos
pensemos llegarán las elecciones intermedias. Quítenle el Congreso, amárrenle
las manos. Allí viene la elección federal. Castíguelo durísimo. Claro, para
hacerlo necesitan juntar los suficientes votos de gente que consideran que el
país está en manos de un loco, inconsciente e irresponsable; suficientes como
para superar a los que creen que ellos son los locos, inconscientes e
irresponsables. Reúna los votos, faltaba más. Únase al destino de Felipe
Calderón, Isabel Miranda de Wallace, Javier Lozano y Gustavo de Hoyos para que
sea más efectivo su voto: por allí anda un frente opositor. Salga a la calle ya
con sus banderas. Y luego, en 2022, echen a AMLO de Palacio Nacional. Es cuando
se vota la revocación de mandato. Pero para eso necesitan convencer de que
tienen un proyecto viable. La espuma que les sale de la boca no funciona:
convenzan con proyecto y, le sugiero, con el ejemplo. Porque para convencer de
que hay algo mejor hay que mostrar que eso mejor es viable. Que no es otra vez
una buena idea para que el puñado se sirva con la cuchara grande. ¿No les gusta
el Presidente? Pues a darle, que 30, 40 o 50 millones no se convencen solos.
Abran sus cartas, muestren qué quieren
y, sobre todo, cómo nos beneficia a todos. Y digan con todas sus letras lo que
realmente sienten: por ejemplo, que haga lo que haga López Obrador NUNCA lo
considerarán su Presidente (aunque lo sea, de acuerdo con la Constitución).
Algunos nos
hemos quejado de la mañanera del Presidente. Deberíamos aceptar lo que es
porque, me temo, no va a cambiar. En suma, es propaganda; hay espacio para
algunas preguntas y a veces la vuelven ventanilla de gestión. Y el Presidente
se ve cómodo con el formato, que –por cierto– él inventó; sus seguidores (los
del chat de Youtube o los que se sientan mero enfrente) también se ven a gusto.
Los periodistas deberíamos entender que es como cuando esperas afuera de una
oficina a que salgan funcionarios y den nota, muchas veces banquetera: a veces
resulta, a veces no. Como esa espera, que a veces es infructuosa, es la
mañanera. No son necesariamente eventos para prensa, aunque se diga que lo son.
Salen noticias (en una banquetera o en la mañanera) pero no siempre. A veces se
puede preguntar, muchas veces no. Son eventos que tienen un impacto en la vida
nacional aunque no están pensados para reporteros o exclusivamente para
reporteros. Al Presidente no le interesa cambiar el formato y no lo va a
conciliar con medios o con reporteros. Es el evento de López Obrador, en su
casa, de su gobierno. Puede hacer lo que quiera con él. Con honestidad, no es
“diálogo circular” ni conferencia; pero es un evento noticioso. No debería
confundirnos. Aunque gran parte del mensaje no es para mí (sermones, discursos,
consignas y hasta bailables y canciones), hay partes que tienen noticia. Y
resulta que las noticias son la esencia de mi oficio.
La nueva
normalidad, cualquier cosa que eso sea –y como venga–, debería venir acompañada
de un poco más de honestidad. Nuestra sociedad se maquilla para pasear, y
simula que nadie conoce el origen de la flor que llevamos en el ojal. Se
cultivó en nuestro jardín, sembrado de lo que somos, lo que creemos y lo que
defendemos. ¿Y cuál sería el problema?
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