Guadalupe
Correa-Cabrera.
Estados
Unidos se encuentra en llamas. El tejido social de lo que fue (o quizás todavía
sea) una potencia mundial está roto. Muestra de ello son las manifestaciones
masivas y la violencia sin precedentes que se ha desatado en diferentes
ciudades de la Unión Americana desde la semana pasada y que divide al país como
nunca antes yo lo había visto. Sin exagerar, y considerando los momentos más
difíciles en la historia de esa nación, sólo puedo pensar en los turbulentos
años 1960’s y en la Guerra de Secesión. Disturbios extremadamente violentos,
incendios provocados y saqueos generalizados desembocaron finalmente en la
declaración de toque de queda en varias ciudades estadounidenses y en el
despliegue de la Guardia Nacional y elementos de la Oficina de Aduanas y
Control Fronterizo (CBP, por sus siglas en inglés) para reforzar la respuesta
policiaca ante una situación que pareciera estar fuera de control.
Las imágenes
en medios de comunicación formales y redes sociales son perturbadoras. Equipos
antimotines, macanas, gas lacrimógeno, bombas molotov, grafiti, ladrillos,
vidrios rotos, saqueos a establecimientos diversos, patrullas destruidas,
propiedades incendiadas, heridos e incluso muertos, forman parte de las escenas
de un mundo que parece distópico. Como dicen algunos, estas imágenes se
asemejan al final de la película del Guasón (Joker 2019). El Presidente de los
Estados Unidos, Donald J. Trump, a través de su canal favorito de comunicación,
la plataforma de Twitter, llama a responder con violencia a los disturbios y el
día de ayer dice que designará a ANTIFA (que es un término abstracto para
denominar a grupos que se consideran anti-fascistas o anarquistas) como una
organización terrorista.
Los orígenes
de esta ola de violencia—que desencadena en una aparente distopía de película
de Hollywood—parecen ser multifactoriales, pero tienen su origen en la
esclavitud, la segregación y el racismo estructural que marcan la historia de
los Estados Unidos de América. La muerte de George Floyd, ciudadano
afroamericano, a manos de la Policía de Minnesota fue la gota que derramó el
vaso. El inicio de las protestas masivas responde a un acto abominable que
refleja claramente el abuso policial histórico en Estados Unidos, que se ensaña
con la comunidad afroamericana principalmente. Y así, en plena pandemia por el
COVID-19—y a pesar de las órdenes de quedarse en casa que se mantienen en
algunos estados—miles de manifestantes salen a la calle a expresar su
descontento de diversas maneras (violentas y no violentas). Al mismo tiempo,
aparecen grupos de saqueadores y provocadores que destruyen e incendian
propiedad privada, monumentos y establecimientos comerciales.
Las reacciones
frente al saqueo y la destrucción que siguen al asesinato de George Floyd a
manos de la policía en Minneapolis son diversas. Algunos apoyan estas
manifestaciones aludiendo al racismo estructural y al abuso policial de raíces
profundas que prevalecen en la Unión Americana. Otros, que se identifican como
anarquistas o anti-fascistas, también las justifican en el marco de su total
desaprobación a la autoridad en un sistema que consideran ilegítimo. Por otro
lado, hay quienes rechazan determinantemente cualquier tipo de protesta
violenta, y otros que la consideran manipulada por fuerzas extranjeras o
contrarias al gobierno trumpista. Inclusive se habla de la posible infiltración
de estos movimientos por fuerzas del Estado, con el objeto de generar terror y
justificar la represión a través de la contrainsurgencia o una respuesta de
corte “proto-fascista”. Se ha hablado incluso de una posible intervención rusa
o de la supuesta participación de las Fundaciones de la Sociedad Abierta (Open
Society Foundations) del siempre invocado por Putin y los conservadores
estadounidenses: George Soros.
En medio de
este caos y de las múltiples acusaciones y noticias falsas que circulan en los
medios de comunicación y las redes sociales, es imposible en este momento identificar
bien el origen de las movilizaciones. En un país extremadamente fragmentado, la
desinformación y la incertidumbre parecen nublarlo todo. Pero lo que no se pone
en duda es el hecho de que el actual sistema en la Unión Americana opera sólo
en beneficio de unos cuantos y divide claramente a la sociedad en base a clase
y a raza. Dicho sistema se reproduce en un círculo vicioso de represión,
explotación y abuso policial contra las minorías raciales.
Existe en
definitiva una demanda legítima que alimenta la protesta social en los Estados
Unidos. No se puede alegar manipulación o infiltración completa en un
movimiento al que se adhieren quienes buscan justicia en un país donde
prevalecen el racismo y la desigualdad. Según la experiencia histórica y distintas
teorías políticas, los cambios radicales de sistema y las revoluciones no
pueden darse sin el enfrentamiento violento entre los dominantes y los
dominados. Según el pensamiento marxista, el cambio en el modo de producción
requiere forzosamente de una lucha de clases. Puedo entender las aspiraciones
de algunos radicales. También comprendo el pensamiento del anarquista que se
opone a cualquier tipo de autoridad en un sistema en el cual, para ellos, todo
está mal.
No obstante
las genuinas aspiraciones de quienes participan o apoyan las
protestas—pacíficas o violentas y por todos los medios necesarios (by all means
necessary)—el cálculo parece demasiado arriesgado. La situación parece grave.
Existe la posibilidad de una respuesta ultra-represiva por parte de los
aparatos del Estado, así como la supresión de garantías individuales en nombre
de la ley y el orden. El Presidente de Estados Unidos pareciera estar en estos
momentos en sintonía con esta posible respuesta. No obstante lo difícil que
resulta entender el fenómeno que se presenta hoy en día en Estados Unidos, las
protestas generalizadas parecieran, a primera vista, contener algunos elementos
de las guerras asimétricas. Pienso en específico en lo que se conoce en la
jerga castrense como “revolución molecular disipada” y que se trata de una
coacción violenta de grupos pequeños, la cual parece justificar una reacción
no-convencional por parte del Estado. Al mismo tiempo, la situación me hace
recordar las tácticas contrainsurgentes inspiradas en las prácticas del
ejército estadounidense durante la Guerra Fría, las “medidas activas” de los
rusos o la “estrategia de la tensión” italiana (strategia della tensione) de
los denominados “años de plomo”.
No obstante
lo anterior, pienso en todo y no entiendo nada. No puedo posicionarme con la
información tan limitada que poseo hoy y sin haber realizado una investigación
profunda de estos acontecimientos. He seguido el fenómeno en medios y redes
sociales todos los días desde que comenzaron las protestas. Después de lo que
he revisado, me confunde la desinformación, y sólo guardo la imagen de una
distopía. Estados Unidos se encuentra quizás más dividido que nunca en la era
contemporánea. Lo más irónico del asunto es que las divisiones parecen ser
alimentadas, en primer lugar, por el propio presidente de ese país.
Y una vez
más, recordando el mundo distópico en la cinta de el Guasón (o Joker para los
estadounidenses) pienso también en Casandra, princesa de Troya y heroína de la
mitología griega. Casandra predijo la caída de Troya en un momento en el que
esto parecía increíble. La caída del imperio yanqui ya no es tan increíble. En
el marco de lo que parece ser ahora un mundo multipolar, Estados Unidos sufre
una grave crisis de liderazgo que divide a su sociedad desde dentro. Si viviera
Casandra ahora, quizás podría anticipar la caída de un imperio que se consolidó
como único a finales siglo veinte. Los poderes hegemónicos tienen siempre un
principio y un fin; sucedió anteriormente con la China Imperial, después con la
Unión Soviética y quizás sea la hora de los Estados Unidos de América.
Nota: Un
agradecimiento especial a Louise Shelley y Alejandro Lerch, quienes me
sugirieron revisar los conceptos de medidas activas y estrategia de la tensión,
respectivamente.
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