Ricardo
Ravelo
En varios
países se organizan marchas en protesta por el brutal asesinato, en Estados
Unidos, de George Floyd a manos de un policía, brutalidad sin límites que causa
indignación. Ayer en Viena, Austria, marcharon 50 mil personas por este crimen
y condenaron el racismo, presunta causa. No intervino ni un solo policía.
En
México, sin embargo, las cosas no son diferentes. Aunque sin el tinte del
racismo, las policías están convertidas en escuadrones del crimen organizado.
Ningún Gobierno, desde el sexenio de Ernesto Zedillo a la fecha, se ha
preocupado por sanear a estos cárteles de la seguridad que lo mismo reciben
salarios del Estado mexicano que del crimen organizado.
Desde
hace muchos años arrastramos el grave problema no sólo de la falta de
profesionalismo de las policías, sino de la contaminación criminal que
enfrentan y que las mantiene sumidas en el más profundo atraso. En varios
municipios del país, sobre todo donde gobierna el PAN, es ampliamente conocido
que los jefes de las policías municipales son, al mismo tiempo, operadores del
Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG).
Los
alcaldes arribaron al poder y, como siempre ocurre, ofrecieron a sus
comandantes como jefes de plaza. Así, el narcotráfico ha sentado sus reales con
mayor poder en las municipalidades mexicanas, donde priva el desorden, la
corrupción, la impunidad y la complicidad abierta de autoridades con el crimen.
De esta
forma, las policías municipales –las peores del mundo, por desgracia– están a
las órdenes de los varones de la droga porque, a su vez, sus jefes, los
alcaldes, son empleados del narcotráfico o bien narcotraficantes que utilizaron
una sigla partidista para llegar al poder político.
Es por ello
que en el 85 por ciento de los municipios de México la seguridad pública es
una utopía. Pasó de ser una realidad, hace muchos años, a ser una aspiración
que no tiene posibilidades de alcanzarse mientras el crimen organizado siga
ganando terreno en el territorio nacional.
No existe
un solo pedazo de territorio que esté libre de la tensión que genera la
violencia. Y en gran medida, dicha violencia se genera por la impunidad que
prevalece.
Los
comandantes de las policías municipales y estatales secuestran, desaparecen,
torturan, amenazan, matan, decapitan, descuartizan y sepultan a sus víctimas en
fosas clandestinas. Así sirven al crimen organizado la mayoría de las
corporaciones policiacas que paga el Estado para que nos den seguridad, pero
nadie cumple y nadie exige que haya un cambio de paradigma para mejorar.
El
Secretario de Seguridad Pública Federal, Alfonso Durazo Montaño, está más
preocupado por construir el camino que lo lleve a la gubernatura de Sonora, su
estado natal, que por cumplir con el proyecto de sanear a las corporaciones
policiacas contaminadas.
En el pasado
reciente, pero también en este presente perturbador, las policías han sido
utilizadas como escuadrones del crimen. Históricamente, como sabemos, ninguna
corporación policiaca ha servido a los intereses de la sociedad. Todas, sin
excepción, han estado al servicio de poder y de los poderes fácticos, entre
otros, el narcotráfico.
Y desde
hace muchos sexenios, por desgracia, dichas policías se han mantenido sin
presupuesto, sin profesionalización, sin capacitación de ningún tipo. Los
presupuestos destinados para ello, sin medida, terminaron invertidos en otros
proyectos o en la bolsa de los gobernadores, a quienes no les importó que la
sociedad padezca, como ocurre ahora, los embates del crimen organizado.
Desde el
sexenio de Ernesto Zedillo, cuando se creó el Sistema Nacional de Seguridad
Pública, en el que se invirtieron unos 300 mil millones de pesos, no ha habido
un proyecto que permita construir un sistema de seguridad sólido y eficaz.
Todos han sido ensayos, nuevas policías y nuevos fracasos.
Con
Vicente Fox, por ejemplo, se creó la Agencia Federal de Investigaciones (AFI),
la dirigió Genaro García Luna, actualmente preso por servir al narcotráfico.
Seis años
después se creó la Policía Federal Preventiva (PFP), adscrita a la Secretaría
de Seguridad Pública, que encabezó en el sexenio de Felipe Calderón
precisamente García Luna, el mismo que ahora enfrentará un juicio por servir,
desde el poder, al cártel de Sinaloa.
Ahora el
Presidente Andrés Manuel López Obrador creó la Guardia Nacional, integrada
por policías y militares, según expuso, para resolver el problema de la
inseguridad pública. Todo le fue aprobado. Pero resultó insuficiente porque
ahora tuvo que llamar a las Fuerzas Armadas para apoyar a la Guardia Nacional
contra el problema de la violencia del crimen organizado.
Y así, a
lo largo de los años, hemos ido de ensayo en ensayo, de error tras error sin
que haya solución al problema de fondo.
Lo que sí
ha sido sistemática es la violencia y la violación de los derechos humanos por
parte de las corporaciones policiacas y militares. Se han presentado casos de
tortura, ejecuciones extrajudiciales –como la de Tamaulipas, cometida el año
pasado por agentes estatales, de cuyo caso nada se sabe, por desgracia– y los
casos duermen en los archivos de las procuradurías de los estados, en los
juzgados, si es que se consignó el caso, o en la Comisión Nacional de Derechos
Humanos, donde le han prometido a las víctimas hacer justicia.
Llama la
atención, por ello, el caso de George Floyd y que México se sume a la protesta
internacional. Está bien, no se cuestiona esa posición ni la protesta contra
este crimen, el cual debe castigarse con todo el peso de la ley.
Lo que sí
preocupa es que esa indignación frente a una muerte del exterior no se muestre
en México frente a los miles de crímenes y violaciones de derechos humanos que
han ocurrido en los últimos 12 años por decir lo menos.
Las
policías incurren en excesos de fuerza a diario; los periodistas que cuestionan
al poder son asesinados y muchos casos de esos comunicadores valientes
continúan en la impunidad. Es el caso de los reporteros veracruzanos que,
durante el sexenio de Javier Duarte de Ochoa, fueron asesinados por el crimen
organizado o por los policías coludidos con el crimen y hasta la fecha no hay
detenidos, salvo en el caso de Regina Martínez –la corresponsal de Proceso–y
Gregorio Jiménez, el reportero del sur de Veracruz que fue decapitado por
criminales.
Lamentablemente
en México la sociedad no muestra indignación por ello. Simplemente está dormida
la conciencia social, sumida en el letargo más profundo. ¿Qué hace falta para
que despierte? México es uno de los países más inseguros del mundo y no pasa
nada. Todos los días hay crímenes y no pasa nada.
Se puede
caer el país a pedazos y, por desgracia, no pasa nada.
Que
desgracia la de México y su sociedad.
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