Salvador
Camarena.
Digámoslo
con todas sus letras. Este país no funcionaría (eso que llamamos funcionar) si
la ley imperara.
Estar
encerrado no clausura las ventanas al sistema de discrecionalidades que hemos
creado.
La basura no
ha dejado de pasar en la pandemia. ¿Por qué en un país en el que la burocracia
es peor que los sketches de Héctor Suárez los servicios municipales no se
detuvieron mientras miles fallecían?
La primera
respuesta es siempre la correcta. Por dinero. Porque el sistema que nos
soporta, los cimientos de nuestra convivencia, no son un pacto social, un
acuerdo político, una idea de profesionalizar las soluciones a nuestros
problemas. No. Todo lo mueve el negocio. Todos encerrados, todos pidiendo para
traer y desechando toneladas de cartones, empaques, plástico… y todos sabiendo
que por unas clasemedieras monedas los de la basura se llevarán nuestros
desperdicios. Qué alivio lo que se compra con menos de un salario mínimo.
En ese
pasado que hoy llamamos vieja normalidad, siempre estuvieron ahí esos hoyos negros
que preferimos nunca voltear a ver, esos que siempre elegimos nunca mirar de
frente.
“No tomes un
taxi en (ustedes pongan la población) porque los controla la maña” es ya el
undécimo mandamiento mexicano. ¿Pedimos que el gobierno, los gobiernos, hagan
algo, algo como liberar a los taxistas del yugo que no pidieron? ¿Nos
preocupamos por la precariedad de los choferes que los condena? ¿Nos hacemos
cargo del albur plata o plomo que tienen que resolver a diario? No. Clamamos:
“Que dejen entrar a Uber, carajo, qué no somos un país de la OCDE”. Mejor pagar
de nuestro bolsillo cualquier pago ilegal que pedir que reine la ley general,
esa por la que ya pagamos mes con mes con nuestras contribuciones fiscales
ordinarias.
No hacen
falta más ejemplos. Pero de repente surgen casos que nos llevan a pensar que
quizá, que quizá se nos pasó la mano en eso de no hacernos cargo, en eso de
voltear a otro lado. Como esta semana, cuando un grupo de periodistas de varios
países develaron el historial y las conexiones políticas de una mafia que desde
Quintana Roo y la Riviera Nayarita pudo haber robado cientos de millones de
dólares a incautos tarjetahabientes a través de cajeros automáticos instalados
en Jalisco, Nayarit, Baja California y la Riviera Maya.
Los
reportajes, publicados el miércoles en distintos países y en 6 idiomas, dan
cuenta de algo que, otra vez, ya sabíamos: que si el gobierno se desentiende de
sus responsabilidades, el Estado puede estar en riesgo, capturado por
criminales no sólo de este país, sino de cualquier parte.
Ir a un
cajero automático que no sea de tu banco en un puerto turístico mexicano es
jugar a la ruleta rusa. Ya lo intuíamos, pero ahora ya lo sabemos. (Como tomar
un taxi). Metes tu tarjeta (tomas la pistola), pones tu NIP (jalas el gatillo)
y… de repente, dos meses después –porque el sistema incluye dejarte regresar a
tu lugar de origen y dejar pasar cierto tiempo, así no descubres dónde te
dispararon la bala– descubres que te birlaron 200 dólares, que “alguien”
sustrajo de tu tarjeta ese dinero en lugares tan remotos como Corea del Sur.
Ese es el
esquema que funcionó durante años –2014 a 2019– en México. Los acusados son
integrantes de una banda proveniente de Rumania. Que viven campechanamente en
Cancún. Toda la información aquí: https://contralacorrupcion.mx/banda-riviera-maya-cajeros/
y https://quintoelab.org/project/la-estafa-del-cajero-automatico
Okey. Eres
un ciudadano. Crees que no tienes poder para cambiar al sistema. Así que dejas
de ver las ilegalidades y los acuerdos metalegales que nos permiten seguir
adelante.
Pero eres el
Estado. El Estado Mexicano. Y resulta que salen unos reportajes en el mundo
mundial que denuncian que una banda esquilma a tus ciudadanos y a los
visitantes internacionales que adoran tus playas, tu comida, tu hospitalidad.
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