Jorge Suárez-Vélez.
La principal amenaza para México
está en casa. Esta crisis externa podría haber llegado con México creciendo a
tasas de 5.0 por ciento o más, con un peso fuerte, con finanzas públicas sanas,
tasas de interés bajas, y un país que estuviera cosechando la inversión
proveniente de reformas estructurales que fueron históricamente relevantes. Pero no fue así.
Tenemos
un gobierno debilitado por mano propia. La corrupción a todos los niveles e
impunidad flagrante le quitan toda credibilidad. El manejo de las finanzas
públicas ha sido el peor en una generación.
Esta administración comenzó con un
gobierno que tenía deuda pública de
alrededor de 30 por ciento del PIB y lo dejará cerca de 50 por ciento; y con
deuda pública de sólo 10 por ciento en dólares, proporción que se ha
triplicado.
La
inversión pública como proporción del PIB está en su nivel más bajo en casi 70
años, pero el gasto público ha aumentado. Después de la peor reforma fiscal
de que tenga recuerdo, las
transferencias a estados y municipios estrangulan las cuentas federales, y sólo
se ha logrado recaudar más, pero no mejor, ni con intención alguna de ganar
competitividad para atraer inversión o de ensanchar la base de recaudación. La
promesa de austeridad y disciplina en el gasto ha sido una burla. Se gasta menos en salud o en capacitación a
maestros, pero La Presidencia de la República casi duplicó su gasto el año
pasado.
La caída de 18 por ciento en el
índice de confianza del consumidor en enero no tiene precedente. Hubo una
tormenta perfecta de gasolinazo-Trump-devaluación. Considerando que la
inversión privada caerá (tanto local como extranjera) y que el gasto público
'en teoría' también lo hará, el crecimiento sólo podrá provenir de
exportaciones (probable, pero insuficiente) y de consumo, el componente más grande de nuestra economía, equivalente a
dos tercios del PIB. El año pasado
crecimos gracias a que éste aumentó más de 3.0 por ciento; pero, si este año no
se recupera, estaremos en recesión.
Ahora el gobierno enfrenta
decisiones complejas. ¿Seguirá o no el ajuste al precio de la gasolina? Si
sigue, su popularidad continuará en picada, lo cual les hace la vida difícil en
las elecciones del Estado de México este año y presenta un escenario complejo
al acercarse la sucesión presidencial. Si no sigue, pondrán aún más presión en
las vapuleadas finanzas públicas y forzarán a Banco de México a ser más
agresivo en el aumento en tasas de interés. Eso impactará directamente al
consumo (y crecimiento) e incluso al crédito, que ciertamente estará menos
disponible en las condiciones actuales.
Deben
de darse topes contra la pared por una decisión que fue el epítome de la
irresponsabilidad, cuando cambiaron las fórmulas para ajustar el precio el año
pasado, porque había elecciones. Las perdieron, y ahora se ven forzados a hacer
el ajuste en el peor momento posible.
Creo que optarán, equivocadamente,
por postergar el ajuste. En mi opinión,
eso forzará a las calificadoras a dar el paso de reducir la nota crediticia de
México. Después de décadas de mejorar nuestra reputación y credibilidad
internacional, sería dolorosísimo ver ese retroceso.
¿Qué
queda? Queda mostrar que sí aspiramos a ser un país serio. Dejemos de hacer tan
fácil el ataque de quienes nos hacen ver como el país de instituciones
frágiles, plagado de corrupción y profundamente desigual, terreno fértil para
malos 'hombres' y organizaciones criminales.
A todos los políticos y presidentes
de partidos políticos que de repente están indignados por lo que les pasa a
nuestros migrantes, como si no llevara décadas pasándoles lo mismo, les recuerdo que nada pueden hacer al norte
del río Bravo, pero que sí podrían empezar por poner la casa en orden.
Quizá
la delicada situación logre galvanizar a los diferentes jugadores cuya
interacción requerimos para finalmente entrarle al tema de corrupción. Uno
de los elementos que más credibilidad nos daría sería, además de fortalecer el
incipiente Sistema Nacional Anticorrupción, adoptar una legislación paralela al
Foreign Corrupt Practices Act estadounidense en México. Podríamos empezar por hacer que las empresas mexicanas que compiten en
licitaciones públicas tengan que cumplir con los mismos estándares legales que
sus pares estadounidenses, imposibilitadas para dar 'mordidas', so pena de
cárcel y multas del doble del beneficio esperado a quien las ofrezca, pero además vetándolas de por vida de cualquier
licitación posterior.
¿Podríamos
dar jurisdicción a Cortes estadounidenses en casos donde se compita con
empresas internacionales sujetas al FCPA en Estados Unidos?
En
un país donde la 'mordida' es el modus operandi, y hasta los sindicatos
extorsionan exigiéndola, ganaríamos mucho al incrementar dramáticamente el
costo de corromper, incluso corriendo el riesgo de demandas internacionales.
Ojalá
el equipo de Peña entienda que si no meten a la cárcel a gobernadores
corruptos, incrementan exponencialmente la probabilidad de ser ellos quienes
acaben tras las rejas el próximo sexenio. Vean lo que está pasando en
Brasil y pongan sus barbas a remojar.
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