Dolia
Estévez.
Mientras que
Donald Trump tendrá un encuentro bilateral formal con Vladimir Putin en
Hamburgo, con Enrique Peña Nieto sólo tendrá una reunión “pull aside”, lo que
quiere decir que–acompañados de uno o dos asesores–se apartarán del resto de la
gente para hablar a solas unos minutos.
“Espero que
la reunión sea cordial e intercambien palabras alentadoras sobre cómo corregir
el TLCAN. Me imagino que no habrá discusión sobre el muro, pero con el presidente
Trump nunca se sabe. Parece tener la propensión a sorprendernos”, me dijo
Duncan Wood, director del Instituto México del Wilson Center.
En efecto,
nunca se sabe. El encuentro, a celebrarse en el marco de la cumbre del G20 este
viernes, es un volado. Si Trump anda de
mal humor, hará berrinche y, como suele ser con quien considera débil, tratará
de aplastarlo. Demandará que pague
el muro, amenazará con salirse del TLCAN y regresará al tema de las tropas.
Si, por el contrario, anda de buenas, reiterará su falsa admiración por México,
ofrecerá ayuda anti-narco y hasta elogiará a “Enrique”. El beso del diablo.
Será la primera vez que Trump y Peña
se vean desde agosto pasado cuando el hoy aprendiz de canciller Luis Videgaray
tuvo la peregrina idea de invitar a Los Pinos al candidato que tildó a los
mexicanos de violadores y criminales. Luego vino el chasco de enero. La reunión que habían
cuidadosamente pactado para después de la toma de posesión fue abortada luego
de que Trump le dijera a Peña, vía Twitter, que si no iba a pagar por el muro
mejor no viniera a Washington. Con la
cola entre las patas a Peña no le quedó otra que cancelar.
Siguió la insólita conversación
telefónica del 27 de enero. Trump amagó con enviar tropas para confrontar al
narco. Llamó ineptos a los militares mexicanos y afirmó que EU no necesita a
México. Peña balbuceó.
Volvieron a
hablar en abril cuando, a petición del yerno-asesor Jared Kushner, Peña y
Trudeau pidieron a Trump no abandonar el TLCAN. Trump tuiteó que por sugerencia
de los vecinos no iba a dejar, “por ahora”, el TLCAN, pero advirtió que si no
hay un “acuerdo justo” cumplirá con su amenaza.
En el G20, Peña es un jugador menor.
Su presencia es irrelevante. Su participación, anodina. Sus pronunciamientos,
inconsecuentes. Sólo la prensa mexicana se afanará en boletinarlos. Si se
aparta del teleprompter y de las tarjetas, correrá el riesgo de meter la pata.
Si vuelve a hablar de derribar muros, evocará al que todavía no se construye.
Con crisis de credibilidad en las
instituciones, una democracia en entredicho y 11,000 homicidios en cinco meses, Peña tiene poco de qué presumir ante sus homólogos del G20. “México se
encamina hacia lo que podría ser el año más mortífero en la historia
posrevolucionaria”, observó The Washington Post. Escándalos de corrupción,
violación de derechos humanos, asesinatos de periodistas, impunidad, fraude
electoral y un largo etcétera han destruido su imagen. En el G20, sus pares
no serán los lideres liberales de Francia, Alemania y Canadá, sino los
represores de Rusia, China y Turquía.
La reunión de Trump con Peña no será
la nota. A pocos les importa. Los reflectores estarán sobre si Trump se
atreverá a reclamar a Putin el espionaje de la campaña presidencial de 2016. También estarán sobre el candente
tema de Corea del Norte, China y el futuro del acuerdo de París sobre cambio
climático. Sobre Ángela Merkel, la
política que escoge sus palabras con rigor científico para decirle a Trump con
elegancia europea: no te necesitamos. Sobre Emmanuel Macron, el nuevo chico de
la cuadra que marcó la raya al brabucón desde el primer día; y sobre el hábil
de Trudeau que, sin mucho alarde, está domesticando al gran bully del Norte.
Y es que, a
diferencia de Peña, Trudeau elaboró una estrategia diplomática para convencer a
Trump sobre las ventajas mutuas del TLCAN. Convocó a las mentes más eruditas
sobre la relación con EU y montó un “cuarto de guerra”. Funcionarios y
políticos canadienses han realizado 160 viajes a EU, donde se han entrevistado
con 14 miembros del gabinete trumpista, 200 legisladores y más de 40
gobernadores y vice gobernadores. “Feliz
Día de Canadá a todo el grandioso pueblo canadiense y a su Primer Ministro y
nuevo amigo @JustinTrudeau”, tuiteó Trump. A ver cuánto le dura.
Peña y Trump cargan la misma lacra:
son profundamente detestados. Pertenecen a la ralea de políticos ineptos. Peña
es el presidente más impopular de tiempos modernos. Su propensión a culpar a
los demás y vengarse de sus críticos en los medios, evocan la mezquindad
estridente y vengativa de Trump contra el Cuarto poder. Ambos han rebajado la
dignidad moral de la presidencia y la institución presidencial. Aun cuando cambiaran radicalmente de
rumbo la historia no los absolvería.
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