Alejandro Páez Varela.
Celebré, y
lo dije, cuando vi a los jóvenes tomar el control de las tareas del rescate
apenas terminó el sismo del 19 de septiembre pasado. Me emocionó ver a una
generación, que algunos daban por “apática”, hombro con hombro reuniendo
víveres, acarreando ladrillos, levantando el ánimo de quienes habían perdido
todo. Vi a esos jóvenes funcionar como uno solo en los momentos de emergencia.
Y confío,
junto con otros, que ahora vendrá lo mejor de ellos. Confío en que seguirán
unidos y en que convertirán esa fuerza reunida en un motor de cambio. Porque
los días de septiembre deberán ser los de octubre, los de noviembre y así,
hacia delante. Confío. Y que demostrarán que, de las adversidades, como pasó
después de 1985 con otra generación, los mexicanos sabemos sacar fortaleza.
Nos han
demostrado ser un México emergente. Y ahora esperamos, todos, que así
continúen: que la fuerza que nos falta a las generaciones más viejas, cansadas
y desilusionadas, sea complementada con ellos, con los jóvenes.
Pero debo advertir que el camino que
les falta por recorrer es largo. Debo decirles, sin renunciar a mi propia
esperanza, que todavía tienen que vencer la inercia y organizarse para derrotar
a los otros México que están allí; que harán todo para manipularlos,
reclutarlos, convencerlos, opacarlos, neutralizarlos; que, lamento decirlo, han ganado muchas batallas por generaciones y que
harán lo que han hecho siempre para que no ganen; para que la experiencia de
setiembre de 2017 se quede en eso, en una experiencia.
Que se quede
en una canción pegajosa de Televisa, en un slogan pegador de Tv Azteca. Y nada
más.
Debo decirles
a los jóvenes que los otros México
tendrán toda la malicia y la experiencia, las ganas y el poder para transformar
un deseo de transformación en la experiencia de un día.
Los jóvenes ya mostraron voluntad,
pero no será suficiente. Necesitan, ahora, abrazarse a la convicción y a su
propia fortaleza para enfrentarse a los otros México que querrán hundirlos,
aplastarlos, allanarlos y convencerlos de que estamos bien, así como estamos;
que no es necesario moverle a nada.
Son otros México que babean por sumar
a los que vieron este septiembre, unidos en un solo brazo que no flaqueó frente
a la tragedia.
Hay un
México que tomó partido contra sus propios vecinos; que se ha expandido y
fragmentado año con año desde que Felipe Calderón Hinojosa decidió declararle
la guerra (diciembre de 2006) sin prepararse y por razones políticas. Es un
México que se agrupa en sindicatos (los cárteles) para no identificar su estructura,
formada en pequeños clubes de líderes criminales locales, policías y políticos
corruptos. Un México que suma una fuerte infantería compuesta por personas sin
futuro ni destino –sobre todo jóvenes a los que el Estado les ha fallado– que
fueron convencidas por el entorno u obligadas a la leva. Es un México mezquino
que se juega la vida por el dinero. Un México sin ideología, cuyo deseo es
vivir de los demás: que roba, secuestra y mata para infundir temor y alimentar
su deseo; que se alimenta de la impunidad y la corrupción.
Hay otro
México muy parecido al anterior. Sin ideología, opera a diario desde oficinas
públicas, de los partidos y empresariales. Del éxito de sus operaciones depende
su permanencia en el poder. Que no tenga ideología no significa que no la
utilice; de hecho, vender ideología es parte de su estrategia. Su operación es
compleja pero muy redonda. Tomo como ejemplo el clan de Atlacomulco, aunque
aclaro que no es el único que existe ni el único en operar así. La primera
encomienda es mantener el poder; el poder da dinero que a su vez permite
conservar los cargos públicos. Para obtener recursos, se necesitan los socios:
las grandes empresas que inflan costos de grandes obras públicas y que regresan
parte de las ganancias a quienes les dieron acceso a la alcancía, a los
políticos, para que a su vez ganen elecciones. Los pobres son pieza clave, y
mantenerlos pobres es parte de los objetivos: con dinero se compran pobres y
votos, y con los votos y se obtienen cargos públicos; con los cargos públicos
se obtiene dinero y con el dinero se compran votos, otra vez. Con facturas de
empresas socias se saca dinero, con el dinero se compran elecciones, con los
cargos dan contratos y con las facturas de empresas socias se puede acceder al
dinero. Círculos perfectos. Estos clanes de vividores se alimentan de la
impunidad y la corrupción. Son, de hecho, la impunidad y la corrupción: con
dinero público compran elecciones, con los cargos colocan socios en los puestos
como las procuradurías o los órganos de fiscalización para que a su vez no
investiguen elecciones compradas ni el origen del dinero. Círculos perfectos,
redondos. Estos clanes son otro México todavía más poderoso que el primero. De
hecho, el crimen organizado puede servir, muchas veces, como parte de la
curvatura del círculo.
Hay un
México más, que está por encima de los otros. Es una élite que necesita de los
otros. Muchos de ellos forman parte de consejos de administración de grandes
empresas o son dueños de esas grandes empresas, ya sea abiertamente o con
prestanombres. Tienen sus grupos políticos, que son los que a su vez operan
directamente el México que compra elecciones, o tienen empresas que influyen en
la opinión pública y que aportan lo que se necesita para mantener el poder.
Esta élite no tiene partido y, como las anteriores, tampoco ideología. Simula
“amor por México” y crea oleadas nacionalistas sobre las que surfea. Esas
oleadas de “amor por México” les dan capital para participar, por un lado,
inclinando elecciones; por el otro, del reparto de los recursos. Televisa y
Televisión Azteca son parte de ese clan: ponen a cantar a artistas durante las
tareas de rescate después de un sismo, ponen sus noticieros al servicio de los
gobiernos en turno y a la vez se llevan gran parte de los miles de millones que
se reparten en publicidad. Carlos Salinas es otro buen ejemplo: por un lado,
hace alianza con personalidades para influir en los círculos políticos, y por
el otro opera con familiares o amigos el reparto de la riqueza. A ese grupo,
por citar, un Ricardo Anaya es estorboso: prefiere una Margarita Zavala, cuyo
esposo, Felipe Calderón, ya demostró que respeta el pacto de impunidad. Y el
otro, cochino o bien intencionado, es un outsider, alguien que está en la
periferia de ellos y que puede ser un peligro para sus intereses, aunque tenga
el potencial, como lo tuvo Calderón en su momento, para ser parte de ellos. De
hecho, si les dan a escoger, Anaya no es su enemigo: sólo hay que amansarlo y
enseñarle el camino. Lo que más les aterra, dicho bien dicho, es un Andrés
Manuel López Obrador que no los representa ni juega su juego. Ese otro México
es el verdadero amo del país.
Y hay, abajo-abajo, otro México
masivo que es víctima de todos y que sirve a todos. Ve Televisa y Azteca, vota
por sus verdugos, alimenta por necesidad alguno de los Méxicos que se hacen ver
como “necesarios”. Cierra los ojos y sobrevive con lo que hay. Llega cansado
del trabajo y no participa de jornadas cívicas, de los intentos por zafarse de
los parásitos. Pierde todo en un sismo o en un huracán, gana algo en las
elecciones o con programas sociales clientelares, y se mantiene empobrecido y
sin educación, sin salud y sin infraestructura porque así sirve, en su
condición de abajo-abajo, como un México masivo que es sobre el que se paran
los demás. El fracking es en su patio; las violaciones a los derechos humanos
son a ese México, y los salarios de hambre y el transporte de mierda también. Con ese México se calculan las
grandes obras, y es a ese México al que no les llegan las grandes obras. De allí salen los acarreados a las urnas;
de allí salen los votos que hacen la diferencia. Los conmueven con anuncios “nacionalistas”
y con las “Frida Sofía” de diario. De allí salen los que mueren en los asaltos
y las mujeres que violan, a todas horas. Cuando hay que despojar de tierras a
alguien para un megaproyecto, es a ellos; cuando la minera quiere tierra para
contaminarla, sale de ese México. Ese México pone el agua que usa Coca Cola. Es
el que se come casi la totalidad de la basura que producen Bimbo y Sabritas. En
fin. Saben de quién hablo.
Estos y muchos otros México forman
capas y capas de impunidad, capas y capas de corrupción, capas y capas de
violencia y opacidad. Capas y capas que, como lozas de una construcción, han
usado las generaciones como cemento para formar castillos fuertes.
Los jóvenes
no se pueden quedar en el septiembre de 2017. Necesitan hacer más, porque (y, sobre todo) es de ellos el futuro: un
futuro mejor… o esté presente que fue nuestro futuro y que apenas pudimos
transformar.
Otros México
esperan a los jóvenes en la esquina para desmoralizarlos, manipularlos,
reclutarlos, convencerlos, opacarlos, neutralizarlos. Tienen que demostrarles,
ahora, que no se rinden. Deben huir de la foto de septiembre y buscar la foto
de octubre: huir de los atajos y aprender desde ahora que les faltan 50, 60, 70
años más de lucha y convicción.
Jóvenes: no nos demuestren nada, que
nosotros nos vamos ya: demuéstrenle a las generaciones que vienen, a sus hijos
y sus nietos, que ustedes fueron los que lograron el gran cambio que este país
necesita. Nosotros soñamos con un futuro mejor: atrévanse a soñarlo ustedes
también, y trabajen duro para lograrlo, más duro que en septiembre y que
nosotros, con más ánimo y fortaleza. No están solos: tienen nuestro corazón,
tienen nuestra confianza, tienen nuestra experiencia.
Jóvenes: derroten a los otros México,
expulsen a los parásitos que nosotros vimos crecer y que, en un descuido, se
adueñaron de todo, o casi todo, mientras celebrábamos nuestro 1968, nuestro
1985, nuestro 1988.
Derroten a los otros México porque
ellos, los otros México, están muy decididos a –y saben cómo– derrotarlos.
Y una última
cosa: deben saber, jóvenes del
septiembre de 2017, que en los otros México también hay jóvenes, y que operan
allí engañados o convencidos.
Pero a esos no hay que derrotarlos. A
esos hay que sumarlos. Y nadie como ustedes podrá hacerlo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.