Diego
Petersen Farah.
El discurso
del arroz cocido está tomando fuerza no solo dentro de la campaña de López
Obrador, donde junto al festejo anticipado (nada más peligroso en una campaña)
ha llegado la preocupación, genuina, de algunos actores por la responsabilidad
que implica gobernar. El olor a arroz cocido llega incluso a los
cuartos de guerra de las campañas de Anaya y Meade: en la primera comienzan las
acusaciones y búsqueda del culpable; en la segunda el control de daños.
30 días son 30 días y nadie puede dar
por liquidado el partido, pero las dos últimas encuestas publicadas coinciden
en que Andrés sigue creciendo y que, incluso con la salida de Margarita Zavala
de la contienda,
Anaya en lugar de subir, cayó, y está otra vez más cerca de Meade que de López
Obrador. Peor aún, en esas dos encuestas
ni sumando los votos de ambos alcanzan al puntero. Regresamos, pues, al
escenario de un primero y dos terceros.
¿Se equivocó Anaya pensando que ser
astuto era suficiente para ser candidato? Sí, sin duda. El joven maravilla de los debates en
corto, de los Ted Talks, con una habilidad nata para encantar un pequeño
auditorio, resultó ser incapaz de conectar con los electores, algo fundamental
para ganar una elección. La democracia
es cruel y solo pueden ganar elecciones los que son capaces de comunicar, de
emocionar. ¿Se equivoco Peña Nieto mandando como candidato del PRI a alguien
que, de entrada, negó la cruz de la parroquia? También. Se les olvidó que
incluso el PRI ha cambiado en los tiempos de la democracia. La candidatura de Meade
puede compararse con la de Miguel de la Madrid en 1982, cuando López Portillo
optó por el técnico y no por los políticos, pero el país y el PRI no son los
mismos de aquellos años.
Pero eso
ahora tiene la misma importancia que el resultado de un partido de futbol del
mundial de 86. Lo que tiene que pensar
López Obrador es cómo cerrar bien la campaña, cómo controlar a sus huestes que
están ya ansiosos por asaltar el poder y, sobre todo, cómo mandar señales de
tranquilidad a los mercados, a los actores económicos y a las familias, en el
momento de mayor incertidumbre internacional de las últimas décadas. Él y su
equipo tienen diseñar políticas eficientes de control de daños ante los cambios
súbitos que pueden presentarse.
Con arroz se
pueden preparar muchos platillos y ganar una elección, pero para gobernar se
requiere un menú completo, mucho más complejo y elaborado. El país necesita
cerrar filas, independientemente del resultado electoral del próximo 1 de
julio, y los principales responsables de ello son quien resulte electo
presidente y su equipo de cocineros. Todo presidente sueña con el programa de
los cien días o el de seis meses en que se el cambio de mano en el timón. Hoy,
paradójicamente, lo importante es que no se sienta.
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