Francisco
Ortiz Pinchetti.
Acepto que
me emocionó la posibilidad de que dos fuerzas tan disímbolas por su historia y
su ideología como el PAN y el PRD se unieran en un frente amplio al que se
sumarían otras fuerzas políticas y sobre todo ciudadanas para participar en la
contienda electoral de 2018 con la oferta central de formar por primera vez en
nuestro país un gobierno de coalición.
Los
promotores de esta idea ponderaron ampliamente las posibilidades de esta
fórmula inédita, que permitiría un gobierno plural e incluyente, de amplio
aliento, en el que tendrían muy activa y crucial participación las
organizaciones de la sociedad civil, lo cual resultaba política e
informativamente sumamente atractivo.
La coalición
electoral se concretó en agosto pasado y a ella se sumó otro partido, menor: el
Movimiento Ciudadano, del veracruzano Dante Delgado Rannauro; pero no ocurrió
la confluencia de manera importante de ciudadanos, salvo casos aislados,
personales, como el ex aspirante independiente a la Presidencia Jorge G.
Castañeda y posteriormente el ex ombudsman capitalino Emilio Álvarez Icaza con
su grupo Ahora.
En ese desaire inicial tuvieron mucha
culpa las pugnas internas del PRD y el éxodo de cuadros directivos históricos y
militantes hacia Morena; pero sobre todo la actitud abusiva de Ricardo Anaya
Cortés para hacerse de la candidatura del PAN primero y del nuevo Frente,
después. El ex dirigente nacional causó heridas graves al interior de su propio
partido, rupturas y deserciones que a la postre debilitaron a ese instituto
político fundado por Manuel Gómez Morín y luego a la coalición emergente.
Nunca
entendí por qué no se adoptó el nombre original de Frente Amplio Opositor o el
de Frente por México, que habrían sido más atractivos y contundentes que el
contrahecho mote de Por México al Frente. Eso, sin embargo, sería lo de menos
si en los hechos se hubiera consolidado realmente ese frente amplio de fuerzas
políticas y ciudadanas, lo que definitivamente no ocurrió.
A lo largo de la campaña el Frente se
ha venido desdibujando en la medida que Anaya Cortés se ha ido asumiendo como
el candidato del PAN más que de la coalición, y sus
postulados principales no han sido producto de una discusión interna entre las
fuerzas coaligadas sino su propia y personal concepción política, aplicada
a una serie de propuestas que, independientemente de su validez, no son el
resultado de la suma de visiones de los partidos que más bien se sumaron a esa
candidatura.
Salvo en el
caso de candidaturas que les tocaron en el reparto, como la de Alejandra
Barrales Magdaleno por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, la
presencia de la dirigencia perredista ha brillado por su ausencia en la campaña
anayista. Ni el supuesto dirigente nacional, Manuel Granados Covarrubias ni Los Chuchos Ortega y Zambrano, han tenido
un papel activo, protagónico en la contienda electoral que terminará en cuatro
semanas. Tampoco ha tenido una presencia sobresaliente, como se suponía, el ex
gobernador de la capital, Miguel Ángel Mancera, principal promotor de la idea
del Frente en las filas del Sol Azteca. Dante, por su parte, luego de un par de
pifias frente a los medios de comunicación, ha hecho prudente y significativo
mutis en espera de cosechar lo que le toque del reparto de diputaciones y
senadurías.
Cada día
más, buena o mala, con sus aciertos y sus resbalones, sus limitaciones y sus
atractivos, la campaña del frente ha
sido más bien la campaña de Anaya Cortés. Y es evidente que no ha sido suficiente.
La sinergia
que se suponía provocaría la histórica coalición opositora no se ha dado. No
hay en la campaña la percepción de ese gobierno de coalición ofrecido como
resultado de esa conjunción de fuerzas.
Nadie, ni el propio Anaya Cortés, se ha ocupado de analizar, explicar y
difundir las características y los alcances de esa modalidad gubernativa.
La que
aparentemente era la propuesta central de la campaña del Frente, la
instauración de una Renta Básica Universal, no lo es más. Su propio promotor
principal no hace más referencia a ese modelo económico y social sin duda
revolucionario que tiene posibilidades ciertas y que en el mundo es motivo de
análisis, polémicas y experimentos. Es cosa seria, pues. El candidato panista ya se olvidó del tema, al que de hecho nunca se
adhirieron con alguna convicción los dirigentes del PRD y del MC.
Pienso que
aún es tiempo de dinamizar las cualidades del original Frente Amplio Opositor,
aun cuando no haya logrado concitar el interés de amplios sectores de la población.
Retomar los postulados esenciales de un posible y deseable gobierno de
coalición pudiera todavía levantar el ánimo de muchos ciudadanos dispuestos a
un cambio verdadero; pero dudo que haya la voluntad política que implica, o
siquiera la conciencia de su necesidad urgente. Parece ser que, salvo el
hiperactivo aspirante queretano, los demás han decidido –ellos si– nadar de muertito, en espera de que pase lo
que tenga que pasar para ir a recoger los despojos.
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