Javier Risco.
La historia
de la política canadiense Beverley Joan Bev Oda durante muchos años la conté
como un ejemplo de la tolerancia cero a un acto de abuso o corrupción. El 3 de
julio de 2012, Bev Oda anunció su renuncia de la Casa de los Comunes en Canadá
después de que un periodista publicara sus “excesivos” gastos durante un viaje
de trabajo a Londres. ¿En qué se basaban estos excesos que habían escandalizado
a la oposición y causado la indignación de gran parte de la población? La
representante se había atrevido a hospedarse en un hotel un poco más caro que
el que ofrecían los organizadores del evento, había contratado un chofer
privado para trasladarse al congreso y había cometido el descaro de pedir un
jugo de naranja con cargo al erario de 16 libras. Al principio se defendió
alegando que los gastos eran justificados, la presión mediática terminó por
convencerla que había cometido un exceso, se despidió de su puesto, y a través
de una carta dada a conocer en cadena nacional anunció su retiro de la vida
política de su país, acompañado de esta disculpa pagó con un cheque los 4 mil
25 dólares y 26 centavos que gastó en aquel viaje. Así se trataba al exceso en
una sociedad que no podía permitir que SU dinero lo gastaran en un jugo de
naranja de 16 libras, y al final la lección era la de una congresista
arrepentida y avergonzada ante los hechos.
Este fin de
semana, un ciudadano acusó a través de Twitter el retraso de un vuelo por
esperar a la secretaria del Medio Ambiente y Recursos Naturales, Josefa
González-Blanco, así lo denunció: “Voy a Mexicali. A punto de despegar, el
avión detiene su marcha y el capitán informa que ‘por orden presidencial’ debe
regresar por un pasajero. Neta? ¿Son mis nervios, intolerancia o es una mamada?
Estos de 4ta se superan diario”, el vuelo era el 198 y salía de la Ciudad de
México a Mexicali, por Aeroméxico. La indignación otra vez arrasó en redes
sociales, en realidad cuando leí la noticia esperé lo de siempre, una “enérgica
condena”, o simplemente ignorar el hecho y empezar a leer los cientos de
mensajes en defensa de la secretaria, señalando que “los de antes hacían peores
cosas y nunca dijeron nada”, “no sean exagerados, sólo quieren golpear a
Andrés”, en fin, esta vez fue distinto.
En una carta
dirigida al presidente López Obrador la funcionaria citó el incidente y
señalaba que no había justificación, presentaba su renuncia. “La verdadera
transformación de México exige total congruencia con los valores de equidad y
justicia. Nadie debe tener privilegios y el beneficio de uno, así sea para
cumplir con sus funciones, no puede estar por el beneficio de la mayoría. Estoy
convencida que la transformación comienza por la convicción personal y la
congruencia de nuestros actos”. Vaya, al fin pasó algo ante un abuso, ante un
exceso, el Presidente aceptó la renuncia y lo puso como un ejemplo de la nueva
forma de hacer gobierno.
Hay mucho
que criticar de esta administración, su impunidad cantada ante los abusos del
sexenio pasado, el “perdón” a ciertos exfuncionarios que participaron en la
Estafa Maestra, los desvíos en los estados casi ignorados o su silencio ante la
tragedia de una autopista mal hecha con un socavón mortal; queda por investigar
la cadena de empresas farmacéuticas del superdelegado de Jalisco, los
pendientes de Odebrecht y más. Sin embargo, el gesto de este fin de semana lo
celebro, los ciudadanos ya no somos los mismos y la tolerancia a los excesos
permitidos ha llegado a su nivel más bajo. El hartazgo colectivo se pronuncia a
la menor provocación, tal vez llevamos haciendo eso los últimos años; sin
embargo, este fin de semana hubo una consecuencia.
Habrá que
evaluar su labor como secretaria en otro espacio, muchos coinciden en que lo
más relevante que hizo en estos cinco meses fue su renuncia, al menos que quede
como precedente, como lo que debe ser, a indignarnos por un jugo de naranja o
un retraso con tintes de abuso, a esto sí estamos dispuestos a acostumbrarnos.
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