Salvador
Camarena.
El chofer y
custodio de un respetado periodista sufre un asalto. A plena luz del día y en
una colonia emblemática de una ciudad que en los últimos trimestres ha visto
aumentar la incidencia delictiva. El individuo asaltado se defiende y dispara a
los asaltantes, que iban armados. Mueren dos de los atacantes. Horas después, y
contra lo que dictaría la lógica, los cuestionamientos en las redes sociales no
están dirigidos hacia las autoridades –por principio de cuentas responsables de
que no haya inseguridad–, sino al periodista. Que por qué un periodista –que ha
recibido amenazas por su trabajo sobre delincuentes, hecho que es público–
tiene custodio. Que cómo lo paga. Que por qué el custodio, un exmilitar con
permiso para portar armas, disparó. Que por qué…
Días
después, un periodista que disfrazado de payaso ha tundido a personajes de todo
el espectro político hace una crítica, con su mordaz y rasposo estilo (que
desde siempre a unos gusta y a otros no) al montaje que se da en las mañaneras,
donde sobran los paleros del Presidente (expresión mía). Ese personaje de pelos
verdes, en su momento, fue el más claro defensor de Aristegui cuando ésta fue
censurada en MVS, y no tuvo reparo en llamar, reiteradamente, Henry Monster al
anterior mandatario al criticarlo por su desgobierno. Pero hoy, esa carrera
crítica parece no contar. En el patíbulo de las expresiones en tiempo real, el
payaso se convierte, de pronto, en el objetivo de Savonarolas región IV, que
pretenden atribuirse la potestad de definir quién sí debe y quién no debe ser
escuchado en las redes. Y al payaso le llueve peor que en los tiempos del
neoliberalismo.
En otro
caso, el presidente López Obrador hace un elogio de Benito Juárez. Tiene el mal
tino de recordar que el fascista Mussolini se llamaba como el oaxaqueño. Y
prestos a sobredimensionar cualquier dislate presidencial, quienes han hecho de
burlarse del nuevo mandatario una consigna, se tiran al piso, se rasgan
vestiduras, porque creen escuchar que el tabasqueño hizo un encomio del sátrapa
aliado de Hitler. Si se revisa el audio, si se atiende a la forma no lineal de
hablar de Andrés Manuel, es fácil conceder que no hizo ningún elogio al
italiano que muriera colgado al final de la Segunda Guerra Mundial, sino a su
ídolo del siglo XIX.
Hablando de
esvásticas: un cartonista de La Jornada pone bajo el símbolo nazi a quienes
marcharon en protesta al Presidente. No pasarán muchos días para que, desde
Reforma, otro cartonista aplique la misma receta, pero ahora la cruz gamada es
dedicada a los afines de Morena.
Están,
también, hagan lo que hagan los nuevos del gobierno, quienes día a día sólo
anticipan catástrofes. Sin medias tintas. Sin matices. Incansablemente.
Este
ramillete de ejemplos retrata algo más que politiquería o mal humor social. Son
muestras de la ausencia de empatía, de la carencia de voluntad para reconocer
nada que provenga de alguien a quien, sin campañas políticas de por medio, es
identificado como adversario (¿o ya tendríamos que decir claramente que nos
vemos unos a otros como enemigos?).
Y no es
cierto que todo quede en redes sociales. Trasciende a columnas en periódicos,
se mete en las conversaciones, abona a la polarización en los espacios
públicos. Cancela esa cosa elemental para la democracia que es el diálogo.
El manido,
pero no por simplista menos exitoso argumento –es un decir– de que dónde están
tus críticas al pasado, que es caballito de batalla para descalificar a todos
los que quieren hoy imponer un solo camino, ha resultado eficaz para crear un
ruido estéril que augura el peor futuro.
Estamos
inmersos en una guerra tribal, discursiva, por lo pronto, pero no trivial; en
donde encima no hay cabida a ningún tipo de puente, desacreditadas como están
la IP, la Iglesia, algunas o demasiadas ONG’s, y ya no digamos los partidos que
se han alternado en el poder y las rémoras que viven de estos.
Tenemos
frente a nosotros, entonces, la ominosa certidumbre de que por este camino no
hay más ruta que seguir cayendo y no se ve el fondo.
Porque
mientras la delincuencia arrasa regiones enteras, a la par que el panorama
económico se puebla de nubarrones, más que dedicarnos a buscar soluciones
comunes, nos afanamos en dinamitar la credibilidad de unos y otros; gobierno y
opositores, ciudadanos y pueblo bueno; académicos y periodistas; ricos y
pobres; empleadores y empleados…
En tal
circunstancia, lo único positivo es que México hoy no padece una catástrofe
natural o una crisis económica en plenitud. Toquemos madera. Que si no, con el
encono al cien como está, serían incalculables los costos que acarrearía tan
cultivada canibalización discursiva si caemos en el hoyo. Podemos estar peor,
no les quepa duda de ello.
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