Por
Alejandro Páez Varela.
Contra todo
lo que se quiera decir, es inédita la renuncia de Josefa González-Blanco
Ortiz-Mena (pongo todos los apellidos que usa por la costumbre de cierta élite
de arrastrar los apellidos de sus antepasados famosos). El Presidente mismo le
sugirió que se fuera; ella elaboró una renuncia y se la entregó. Él la aceptó.
Luego, Andrés Manuel López Obrador habló del tema, dando detalles. Sí, fue por
abuso de poder. Sí, fue por retrasar un vuelo. Sí, fue un evento único en años:
¿cuántos presidentes en el mundo (y no se diga nuestros anteriores jefes de
Estado) pueden presumir que un retraso de media hora, que afectó a un grupo
relativamente pequeño de ciudadanos, fue suficiente para despedir a un
Secretario de Estado? No le resten el mérito. Es lo que es. El abuso tuvo
consecuencias. La señora no es ya parte del Gobierno federal.
Se hizo una
llamada telefónica. Se retrasó un vuelo de Aeroméxico en la ruta de Ciudad de
México a Mexicali hasta que ella pudiera llegar. Treinta y 8 minutos después,
el avión salió a su destino. Y al día siguiente, 25 de mayo, presentó su
renuncia al cargo. Ella misma tuiteó la carta. Y ella misma informó del abuso.
Ya quisiera ver a un solo secretario
de Estado con Enrique Peña Nieto, Felipe Calderón Hinojosa o Vicente Fox
Quesada hacer lo mismo: renunciar por retrasar 38 minutos un avión. Y vaya que muchos
de ellos se vieron involucrados en escándalos de abuso de poder; qué va:
verdaderos escándalos de corrupción. No se fueron. El Presidente en turno no
les pidió la renuncia. Simplemente dejaron correr el tiempo.
González-Blanco
Ortiz-Mena tenía que demostrar que sus antepasados (de los que está orgullosa:
se agrega los apellidos de dos generaciones) eran eso: antepasados. Pero
siempre hubo dudas. En Chiapas, de donde
viene su estirpe, nunca se ha hablado bien de ella, de ellos. José Patrocinio
González-Blanco Garrido es su padre; un priiista, un salinista; ex Gobernador
de Chiapas y Secretario de Gobernación con Carlos Salinas de Gortari cuando el
Ejército Zapatista de Liberación Nacional hizo su aparición en la vida
nacional. Fue Secretario del Trabajo, Diputado federal y Senador por el PRI. Y
siempre, durante décadas, fue acusado por colectivos, por indígenas, por el
mismo zapatismo de ser un abusón; de ser parte de todo lo que los mexicanos
odiamos y queremos dejar atrás.
Ella tuvo la oportunidad de demostrar
que no era como su padre, un hombre vinculado con la represión y el abuso de
poder. No pudo. Le ganó la inercia e hizo o pidió que se hiciera la llamada.
Había dudas si podía: no pudo. Está fuera. Aplausos por la congruencia de
renunciar como se le instruyó, pero ni modo: le ganaron los guiones que
acompañan su largo nombre. Aplausos al Presidente, sin escatimar absolutamente
nada, por dejarla fuera.
La ahora ex Secretaria la hizo y la
pagó. Ahora quiero que un Secretario de Estado retrase un vuelo. No, no creo
que se repita. Un ejemplo basta. No escatimemos: exceso cometido, y castigo
recibido. Abuso de poder cobrado en efectivo y de inmediato. Esos mensajes
importan.
Por otro
lado, la economía. Así como estuvo bien lo de González-Blanco Ortiz-Mena, la
economía cumple seis meses de mandar señales encontradas que, ya haciendo sumas
y restas, no son buenas.
Cierto que está bien el peso; cierto
que la inflación está casi controlada; cierto que la Bolsa Mexicana de Valores
mostró optimismo (y promedió crecimiento) y que la balanza comercial con
Estados Unidos alcanzó superávit. Pero es muy malo que el Indicador Global de
la Actividad Económica reportara, esta semana, su menor nivel en doce meses. El
crecimiento no se puede detener: es el indicador maestro de un gobierno.
Yo soy de los que creen que Pemex
traerá buena fortuna a esta administración. Por una parte, el freno al
huachicol; por la otra, el aumento en la producción petrolera. Y el rescate
mismo de una empresa que DEBE funcionar, aunque sea para que pague los 104 mil
millones de dólares que se deben. Las dos primeras acciones reportarán este
mismo año buenas noticias y ahorro, y la perspectiva es todavía mejor.
Y es cierto que hay finanzas públicas
sanas; que no se está recurriendo a deuda, como lo hicieron casi todos los
presidentes en un siglo. Pero también es cierto que el freno en el gasto
gubernamental –y sobre todo que está detenida la inversión productiva– ha
aletargado la economía. Aguas con eso. Tache por aquí. Y aguas, aguas de
verdad, porque sin crecimiento no hay generación de empleo, y el desempleo le
pega a todos los gobiernos, sin importar qué tan populares sean y qué tan bien
se desempeñen en otros rubros. Una familia se siente verdaderamente pobre
cuando el empleo falla. El desempleo se alimenta de la falta de crecimiento y
es un síntoma de enfermedad en la economía. Tache en estos seis primeros meses.
Así, entre hits y fouls para atrás,
el Gobierno de López Obrador alcanza seis meses. Una semana bien, otra no
tanto. Para mi gusto, el Presidente se entretiene demasiado con los pleitos de
dugout; se sueltan demasiados roletazos al shortstop, notas de ocho columnas
para levantar polémicas. Y hay pocas carreras.
En la semana que empieza se publicarán,
seguramente, las encuestas de percepción ciudadana. Y el domingo habrá
elecciones en dos estados. Dos pruebas importantes, interesantes; dos
mediciones de medio año. Pero me parece que la mejor medición, contra lo que
muchos opinen, es la de la economía. Y la economía no va bien. Ya argumenté:
hay buenas señales y se queda en eso. No da los números que todos esperamos.
Al bat, el Secretario de Hacienda. Es
clave en el tramo que sigue. Carlos Urzúa Macías debe hacer que truene el bat.
Si alguien me pregunta qué puede atorar el tren de López Obrador, diría que dos
cosas: la economía y la violencia. La estrategia de seguridad ya está en marcha
y el Presidente se gastó capital político en sacar la Guardia Nacional;
tendremos noticias de eso, para bien (espero) o para mal (no, por favor), pero
ya está en marcha.
Pero todavía no me queda claro cómo
le hará este gobierno para echar a andar el país. Supongo que con los grandes
proyectos (Tren Maya, Istmo, árboles, etc); pero ninguno está con el motor echando
lumbre.
Al bat
–suenan las bocinas del estadio–, Carlos Urzúa. Supongo que llenaba las bases y
que ahora viene el cañonazo. Ya el
Presidente salió a dar la cara por él frente a la carta de Germán Martínez.
Urzúa al bat, resuena. Necesita conmover a la afición. Es su momento. Es su
turno. Los siguientes seis meses debe demostrar que macanea. Ahora sí el tiempo
apremia. Le toca mostrar lo que trae. Sin excusas, sin demora: Urzúa al bat.
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