Ricardo
Ravelo.
En mayo de
2006, preocupado porque no podía completar mi serie de semblanzas para mi libro
Los Narco-abogados con un personaje de peso completo, decidí dejar el proyecto
en manos del tiempo, aliado incondicional. Con el paso de los meses, durante
una gira de trabajo por Monterrey, Nuevo León, una circunstancia fortuita me
sorprendió: El bell boy del hotel donde me hospedé me hizo llegar, de cortesía,
Ecos del Mundo, un periódico editado en Colombia que circulaba en toda América
Latina.
Tomé el
tabloide de 16 páginas impecablemente impreso en blanco y negro y comencé a
leer los titulares. Por ahí de la página ocho vi una fotografía que abarcaba
la plana completa y abajo una cabeza se siete golpes, la regla precisa en el
periodismo: “Yo soy el abogado de la mafia”.
En
entrevista exclusiva hablaba Gustavo Salazar Pineda, un abogado colombiano que
contó con detalles punzantes su experiencia como abogado de varios capos
colombianos y, con sobrada autoestima, afirmaba que le había ganado todos los
juicios al Estado.
“Este es
el personaje que me falta” –pensé– y enseguida tomé el teléfono y llamé a la
redacción del periódico para contactar al reportero que firmaba aquella
entrevista. Cuando lo tuve en la línea le conté mi proyecto y de inmediato
preparé el viaje a Medellín, Colombia, donde radicaba el abogado. Curiosamente
el reportero y el abogado eran primos cercanos y eso facilitó que el defensor
aceptara concederme una amplia entrevista con la que inicié mi segundo libro.
Una mañana
lluviosa de mayo de 2006 arribé a Medellín. Eran las 7:00 de la mañana y la
entrevista con Gustavo Salazar estaba programada para las 10:30 en un céntrico
café. Aproveché el tiempo para respirar el aire puro de aquella hermosa ciudad,
verde como un campo en primavera, apacible como un templo. Nadie daría crédito
a quien dijera que en Medellín se habían suscitado las guerras más terribles
del narcotráfico y que ahí tuvo su refugio y base de operaciones Pablo Escobar,
el temible jefe del cártel de Medellín.
Quince
minutos antes de la ahora acordaba arribé al café para encontrarme con Salazar
Pineda. Lo vi entrar ataviado con un sobretodo azul que colgó en un perchero,
tomó asiento y se dispuso a conversar su vida y sus peripecias en el mundo del
narcotráfico.
La charla
comenzó a fluir y se hizo intensa cuando narró cómo fue enganchado por el
cártel de Medellín. Contó: “Yo era un abogado recién egresado de la universidad
y necesitaba trabajo y dinero. Un día caminaba por los tribunales para ver si
podía conseguir clientes y así me contactaron unas personas. Me dijeron que sus
amigos habían sido arrestados y que necesitaban un abogado que los defendiera.
Acepté el reto.
“Y me
dijeron que quien iba a cubrir mis honorarios era un señor al que ellos se
referían como “El Patrón”. Acepté ir a la casa de “El Patrón”. Llegamos, tomé
asiento y en aquella fastuosa residencia había un vehículo Rolls Royce
perforado con balazos. Cuando apareció “El Patrón” me dijo que se llamaba Pablo
Escobar y que necesitaba que liberara cuanto antes a sus muchachos. Me pagó con
un fajo de billetes. Me puse a trabajar y en menos de tres meses pude zafar a
los detenidos.
“Semanas
después me volvieron a llamar con urgencia porque otro grupo de personas,
amigos y familiares de ”El Patrón”, habían caído en prisión. Y así seguí por
varios meses trabajando. Hasta que me di cuenta que yo no era un abogado más:
para entonces yo ya era el abogado del cártel de Medellín, el abogado de la
mafia”.
De esa
forma, Salazar Pineda terminó enredado con uno de los cárteles más poderosos
del mundo y ya no pudo salirse porque tenía claro que si lo hacía lo mataban o
mataban a su familia.
Salazar
Pineda es uno de los más controvertidos abogados penalistas de Colombia.
Unos lo odian y otros lo reconocen. En la década de los años ochenta su nombre
saltó a la fama cuando tomó la defensa del líder del M-19, Carlos Pizarro y
ganó el caso; más tarde fue defensor de Gonzalo Rodríguez Gacha, aliado de Pablo
Escobar, del propio Escobar Gaviria, de Hélmer Herrera Buitrago, mejor conocido
como “Pacho Herrera”.
Salazar sobrevivió
al infiero que vivió Colombia durante la guerra entre los cárteles de Medellín
y Cali, a grado tal que es uno de los pocos narco-abogados que pueden contar
sus andanzas en el mundo de la mafia. Tan involucrado estuvo con los capos que
incluso publicó “El Confidente de la mafia se confiesa”, un libro en el que
cuenta toda su historia como abogado del narcotráfico, quienes fueron sus
clientes y cómo ganó los juicios hasta dejarlos en libertad. Lo que no pudieron
evitar los capos fueron las balas: la mayoría murieron ejecutados y otros
fueron extraditados a Estados Unidos.
De esta
forma, el libro Los Narco-abogados tomó forma con otros personajes mexicanos,
entre ellos, Raquenel Villanueva, “La abogada de hierro”, ejecutada el 9 de
agosto de 2009 en Monterrey, Nuevo León, cuando un comando la localizó al
interior de un mercado. Así terminó la vida de quien había sobrevivido a cuatro
atentados, presuntamente ordenados por Juan García Ábrego, en venganza porque
la defensora le había informado a la DEA donde se localizaba su escondite, lo
que derivó en su captura.
Otro
personaje notable fue Américo Delgado de la Peña, entonces considerado el
decano de los narco-abogados mexicanos: fue defensor de los hermanos Beltrán
Leyva, de Osiel Cárdenas Guillén y Benjamín Arellano Félix, entre otros.
Delgado de
la Peña decía que el abogado que decidiera defender capos debía ser muy
cuidadoso en no pedir sumas elevadas por adelantado sin cumplir. “Yo cobro mis
honorarios hasta que gano el caso”, decía el veterano abogado que, por
desgracia, fue asesinado por un sicario que lo degolló en su despacho de
Toluca, Estado de México.
La
historia de los abogados de la mafia viene a cuento precisamente por la
reciente detención de Juan Collado Mocelo, abogado de Carlos Salinas, Enrique
Peña Nieto y Carlos Romero Deschapms, la otra mafia, la del poder político y
económico en México.
Como ha
ocurrido con los abogados de los narcotraficantes, ningún abogado defensor
de ex presidentes o políticos menores que hayan causado daño al país goza de
buena reputación. Todos cargan a cuestas las historias de sus clientes. Y si
decidieron defenderlos es porque en algo o en mucho coinciden.
Siempre
ligado a los hombres del poder, la historia de Juan Collado está plagada de
claroscuros. A mediados de los años noventa Mario Ruiz Massieu huyó del país.
Habían transcurrido pocos meses del asesinato de José Francisco, su hermano.
Mario era subprocurador de la PGR. El procurador era Jorge Carpizo. Mario Ruiz
Massieu había prometido públicamente que esclarecería la muerte de su hermano.
No pudo. Se topó con una barrera: la familia Salinas y principalmente con Raúl,
quien fue acusado, primero, y exonerado, después, por ese crimen.
En medio
del escándalo más estruendoso que estremeció a México en tiempos de Carlos
Salinas, Mario Ruiz Massieu decidió refugiarse en Estados Unidos, pero fue
detenido con varias maletas repletas de dólares. La justicia estadunidense lo
acusó de lavado de dinero del narcotráfico y fue encarcelado y sometido a un
juicio de extradición por parte del Gobierno de México.
Su
abogado en México era Juan Collado, ligado a los intereses de la familia
Salinas, cuyo hermano mayor, Raúl, había sido encarcelado el 28 de febrero de
1995 por el crimen de José Francisco Ruiz Massieu.
El juicio
de extradición duró varios años y finalmente la defensa de Ruiz Massieu logró
que su cliente saliera de la cárcel y cumpliera su condena en prisión
domiciliaria, aduciendo problemas de salud. Mario fue llevado a un departamento
en Newark, Nueva Yersey, y era vigilado las 24 horas del día a través de un
brazalete.
Algunos
meses después y en condiciones todavía no claras, Mario Ruiz Massieu se suicidó.
Dejó una carta póstuma. Nadie supo de él. Hasta su abogado, Juan Collado,
declaró extrañado que él nunca pudo ver el cuerpo de su cliente. Así, el caso
sigue envuelto en un verdadero misterio.
Collado
volvió a atraer los reflectores públicos cuando decidió defender al empresario
de origen argentino Carlos Ahumada, implicado en actos de corrupción y sobornos
a personajes relacionados con el Gobierno de la ciudad de México: Rosario
Robles, René Bejarano, entre otros.
Atraído por
las estrellas de Televisa, Juan Collado decidió casarse con Yadhrira Carrillo,
actriz de Televisa, quien en una ocasión apareció en una fotografía donde posa
al lado de Francisco Colorado Cessa, acusado de lavar dinero de Los Zetas, en
el hipódromo de las Américas. Colorado murió hace dos años en una cárcel de
Estados Unidos. Sin embargo, Collado celebró una fiesta de bodas al más puro estilo
de Televisa y su farándula.
La lista
de clientes de Juan Collado es larga. Ahí aparecen Mario Villanueva,
exgobernador de Quintana Roo, acusado de lavado de dinero y de estar
relacionado con el cártel de Juárez; Raúl y Carlos Salinas de Gortari y, por su
puesto, Carlos Romero Deschamps, el capo del sindicato petrolero, quien lleva
más de 30 años en el poder.
El lunes 9,
cuando comía en un lujoso restaurante de las Lomas de Chapultepec, acompañado
por Carlos Romero Deschapms –su cliente –fue detenido Juan Collado. Se le acusa
de lavado de dinero y delincuencia organizada por supuestas triangulaciones de
dinero operadas desde la empresa Caja Libertad, considerada un centro de
blanqueo de dinero que, entre otros fines, sirvió para financiar la campaña de
Francisco Domínguez, gobernador de Querétaro, implicado en el enjuague al igual
que los ex presidentes Carlos Salinas, Enrique Peña Nieto, entre otros,
señalados por el empresario Hugo Sergio Bustamante –el que denunció un supuesto
despojo de acciones de una empresa –como los verdaderos dueños de Caja Libertad.
Tras ser
llevado a la Seido, Collado fue sometido a un interrogatorio. Ahí salió a
relucir que es acusado de crear cuatro empresas fantasmas y de simular la venta
de un terreno en Querétaro por 156 millones de pesos en el que luego construyó
un edificio de cuatro niveles con seis de estacionamiento, cuyo valor actual
asciende a 700 millones de pesos.
La
historia criminal que implica a Juan Collado y que se basa en las pesquisas de
la Fiscalía General de la República (FGR) sostiene que el abogado se asoció con
José Antonio Rico, ex presidente de Cajas Libertad; José Antonio Vargas
Hernández, Roberto Isaac Rodríguez Gálvez y Tania Patricia García Ortega –todos
ellos con órdenes de aprehensión –para constituir las empresas Operadora
Inmobiliaria del Centro y Libertad Sociedad Financiera (actualmente Cajas
Libertad) presuntamente para simular operaciones financieras y lavar dinero,
cuyo origen, hasta el momento, se desconoce.
Algunos
fondos, según la FGR, provienen de la venta del inmueble de Querétaro, cuya
propiedad alega como suya el empresario Sergio Hugo Bustamante Figueroa, quien
denunció que para despojarlo de acciones y de esa propiedad le suplantaron la
identidad para realizar la operación que, dice, nunca consintió.
La FGR sostiene,
según sus investigaciones, que por esta operación –la venta del inmueble –Juan
Collado recibió un pago de 24 millones de pesos. Pero después las cosas
comenzaron a complicarse debido a que Sergio Hugo Bustamante presentó una
denuncia el 7 de junio último ante la Unidad de Inteligencia Financiera, la que
después formalizó ante la FGR.
Según la
denuncia, Juan Collado, José Antonio Rico y Javier Rodríguez Borgio –éste
señalado como zar del juego porque es dueño de una cadena de casinos–
utilizaron la red de empresas fantasmas para que Vargas Hernández, Rodríguez
Gálvez y García Ortega realizaran transferencias bancarias que beneficiaron a
los tres últimos.
La
presentación de Juan Collado en la SEIDO tardó once horas, luego la FGR
determinó un plazo de seis meses para llevar a cabo toda la investigación.
Estos
hechos ocurren en el momento en que los ex presidentes Carlos Salinas y Enrique
Peña, según se sabe, ya no están en México: el primero se afincó en Reino
Unido, el segundo, en España, supuestamente para ponerse a salvo de las
investigaciones que deriven del caso Emilio Lozoya.
Ahora truena
el caso de Caja Libertad –presuntamente propiedad de Salinas y de Peña Nieto,
entre otros– y el primero que cae es el abogado Juan Collado, el brazo legal,
el abogado de la mafia.
¿Quién
sigue? ¿Sigue Salinas? ¿Sigue Enrique Peña Nieto?
Las dudas
prevalecen.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.