Salvador
Camarena.
Cuánto le
cuesta al país una hora desperdiciada por Marcelo Ebrard, secretario de
Relaciones Exteriores. ¿Cientos de miles de pesos? ¿Millones de pesos? ¿Más?
Cuánto le
representa en pérdidas a México el hecho de que el secretario de Agricultura
sea mudo testigo de largos soliloquios presidenciales. Cuánto hemos perdido al
tener al director de Pemex Octavio Romero aplastado en la mañanera sin poder
aportar nada, porque su turno de exponer ya pasó pero el Presidente sigue
hablando. (Por otra parte, queda claro que todo el tiempo que Rocío Nahle es
anulada en una silla en Palacio Nacional es en beneficio del país).
En esto de
los actos oficiales de la Presidencia, pasamos del mantel verde con la severa
figura de Venustiano Carranza detrás, a las austeras sillas con fondo marrón de
las mañaneras.
Los actos
oficiales murieron. No que muchos vayan a extrañar tan rancios formalismos,
donde en un salón el presidente de la República llegaba como recién bañado, oía
comedidos discursos, cerraba con una alocución más bien anodina y retórica, y
listos la foto y el video que mostraban que México estaba en pie, arriba y
adelante, compañeros, movamos el país, concertemos los acuerdos, cambiemos la realidad…
desde las apoltronadas sillas de Los Pinos.
Ahora lo
público del gobierno ocurre a lo largo de dos horas (a veces un poco más) de
cada mañana de día hábil. La mañanera ha mutado de supuesta rueda de prensa a
espacio para todo tipo de actos oficiales.
¿La
administración hablará de su compromiso para encontrar a los desaparecidos? Que
sea en la mañanera. ¿El gobierno quiere manifestarse contra la homofobia? Se
dedica a eso la cita presidencial con los reporteros. ¿El Ejecutivo requiere
concientizar sobre la evasión fiscal mediante el llamado outsourcing? Que
madrugue el SAT.
El diálogo
circular (así le llama AMLO) de las mañaneras ha ido encontrando una constante.
Sí, todavía abundan los paleros que estorban, pero el gobierno de López Obrador
ha instalado ya un mecanismo de comunicación política que tiene a medio país
pegado a qué se dirá hoy de 7 a 9, quién estará, con qué agenda y para qué
propósitos. Y ello incluye la eventualidad de que reporteros profesionales
cuelen preguntas.
Pasamos,
insisto, de una agenda presidencial solemne –sin prensa más que como mudos
testigos la mayoría de las veces–, a una sorpresa matutina donde lo único
seguro serán las largas (y repetitivas) cantaletas del mandatario.
Pero ¿cabe
el gobierno en dos horas? Porque el resto del día López Obrador recibirá en su
despacho a algunos invitados (foto para el feis y el tuiter), quizá haga alguna
gira a una población cercana, y párenle de contar.
Y en esas
dos horas, vale la pena que secretarios como Ebrard o la secretaria de Economía
Graciela Márquez soporten la letanía pejista cuando podrían estar haciendo
muchas otras cosas, como ocurrió este miércoles, cuando el secretario de
Relaciones Exteriores, su compañera de gabinete y el subsecretario Jesús Seade
esperaron hora y 24 minutos antes de poder tomar la palabra en la mañanera. No
suena al uso óptimo del tiempo, que digamos, de tres altos funcionarios de este
gobierno.
Más allá de
lo anterior, que el Presidente concentre en Los Pinos de 7 a 9 am la agenda de
todo el gobierno podría estar dejando a buena parte de la administración sin
diálogo público con otros sectores de la sociedad.
Sería una
paradoja que un gobierno que ha ido desterrando el chacaleo (cazar funcionarios
para arrancarles una declaración), termine por informar menos a pesar de una
comparecencia diaria de dos horas.
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