Javier Risco.
Un día leí
que las montañas siguen creciendo. Sí, que cada segundo y de manera sostenida,
crecen imperceptiblemente. Según esto, se elevarán hasta equiparar las máximas
profundidades del planeta. A lo mejor es una estupidez que carece de sustento
teórico o científico, a lo mejor era una broma y yo me la creí, pero a mí me
parece que tiene todo el sentido y que entra en una lógica de equilibrio. Una
lógica tan normal, pero que, si se extrapola, puede resultar algo realmente
perturbador.
Tu mayor
miedo sería del tamaño de tu mayor anhelo y tu mayor dolor podría escalar hasta
alcanzar el tamaño de tu mayor alegría.
Todo esto es
un rodeo insulso para evitar entrar de golpe a un tema que no tiene atenuante y
que siempre genera un freno, un cambio de respiración, una mirada hacia adentro
y una extraña transformación del peso atmosférico: la muerte de un hijo.
Es que, en
el fondo, son ellos lo mejor de nosotros. Es ver crecer, enseñar a hablar y a
caminar a nuestras máximas alegrías y esperanzas, a todo lo bueno que queremos
y quisimos. Pero también su sola existencia materializa el miedo terrible a su
ausencia.
Me cuesta
mucho no ponerme en el horrible lugar de los padres que han tenido la desgracia
(a falta de un neologismo mejor) de pasar por eso. Incluso antes de ser padre
sentía verdadera tristeza de no tener las palabras ni los gestos para mitigar
ese dolor.
La historia
con la que me topé me partió el día y me dejó pensando en cómo se puede negar
una alegría, por mínima que sea, a unos padres que están atravesando por esto y,
lo peor es que las excusas para no hacerlo agraven tu falta de empatía.
Sucedió en
Inglaterra. El pequeño Ollie Jones, de apenas cuatro años, falleció en
diciembre del año pasado de una extraña enfermedad. Como muchos niños, como
casi todos, era fanático de los superhéroes, incluso, su última voluntad fue
que en su funeral estuviera su favorito, Spiderman. Tratando de satisfacerlo,
en medio del horrendo trance, los Jones decidieron hacerle un cortejo y una
ceremonia temática, con globos rojos y azules alusivos al superhéroe arácnido.
La idea de
la familia era poner en su lápida la imagen del personaje acompañado con la
leyenda: “Ollie Jones. Nuestro regalo más preciado que podemos tener es que tu
radiante sonrisa permanecerá en nuestros corazones y pensamientos para siempre.
Te amamos y te extrañaremos cada día. Eres nuestro héroe especial”.
Hasta aquí,
todo dolorosamente normal. El asunto es que Lloyd, el padre, para poder poner
aquella lápida en la tumba de su hijo, tuvo que acudir a las autoridades del
condado, quienes lo remitieron a los dueños del personaje, es decir a Marvel.
“Es un duro
golpe, realmente no esperaba esto, estaba seguro de que lo permitirían”,
escribió Lloyd al enterarse de la negativa de la empresa.
En el correo
de respuesta, el gigante del entretenimiento argumenta que tienen una política
de no permitir que sus personajes estén en lápidas, cementerios o urnas. En
pocas palabras, no quieren asociar a sus personajes con la muerte.
Sinceramente
no sé si en estas instancias valga la pena el pedir permiso, las últimas
voluntades tienen ese blindaje antimarketing. Ayer me entero que hay incluso
una campaña en redes para que la empresa cambie de opinión, yo creo que no lo
necesitan, cualquier héroe con poderes sobrenaturales lo entendería.
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