Francisco
Ortiz Pinchetti.
Cada día
resulta más evidente que los sucesivos fracasos del gobierno mexicano en temas
torales como la inseguridad y el estancamiento económico lo debilitan frente a
un envalentonado sector empresarial dispuesto a colaborar con él… a cambio de
que ceda a sus chantajes.
Esto es
particularmente claro –y grave– en el supuesto combate al más importante
flagelo de la población, amenaza directa a su salud y a su vida, que se
manifiesta en los índices crecientes de obesidad y sobrepeso.
Aunque
conocemos los datos, no es ocioso repasar las cifras ventiladas durante los
debates recientes en el Legislativo para calibrar a cabalidad sus dimensiones:
–En nuestro
país, siete de cada 10 adultos padecen sobrepeso u obesidad y tres de cada 10
niños y niñas, entre cinco y 11 años, también. El 35 por ciento de los
adolescentes entre 12 y 19 años tienen el mismo padecimiento. Las estimaciones
indican que de seguir así esta tendencia, uno de cada dos niños desarrollará
diabetes a lo largo de su vida, lo que constituye más que un severo problema de
salud pública.
–La diabetes
mellitus que en 2006 afectaba al 9.2 por ciento de la población en México, hoy
ha alcanzado el 9.4 por ciento de nuestra población, lo que equivale a más de
siete millones de personas.
–México es
el cuarto país del mundo y el primero de América Latina con más venta de
alimentos ultra procesados, pues se estima que cada persona ingiere 214 kilos
de esta comida cada año.
–Según datos
de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la obesidad y sus complicaciones
le cuestan a nuestro país siete mil 800 millones de dólares anuales, lo que
equivale a las pérdidas generadas por el robo de combustible.
Sin
desconocer el enorme avance que significa la aprobación en el Congreso esta
semana del llamado Etiquetado Frontal, que permitirá al consumidor identificar
de manera instantánea los alimentos ultra procesados nocivos para la salud por
su alto contenido de grasas, sodio, azúcar o calorías, resulta decepcionante
que esa medida no forme parte de un plan integral para mejorar la calidad de la
alimentación de los mexicanos.
En sentido
totalmente contrario, con diferencia de tres días, se da la negativa de la
Cámara de Diputados a aprobar incrementos en el Impuesto Especial de Producción
y Servicios (IEPS) de bebidas alcohólicas, tabaco, refrescos y los llamados
alimentos chatarra, lo que permitiría a la vez inhibir o disminuir en alguna
medida su consumo y allegar recursos al Estado para al menos sufragar
parcialmente el altísimo costo del tratamiento de las enfermedades causadas por
esos productos.
Un pasito
para adelante y dos pasos para atrás.
Tiene harta
razón Julieta Ponce, directora del Centro de Orientación Alimentaria (COA),
cuando afirma que los avances son importantes, pero urge un plan integral para
atacar frontalmente el problema. Y no lo hay. El reto del Estado mexicano,
dice, será ahora volver a hacer disponible la comida sana, elevar los índices
de lactancia y detectar a tiempo la obesidad infantil, como parte de un plan
integral de combate a dicho padecimiento.
Una política
integral contra la obesidad y las enfermedades que genera debe considerar un
programa “agresivo” de detección oportuna de sobrepeso en población preescolar
y escolar, midiendo sus niveles de glucosa, colesterol, triglicéridos y presión
arterial, porque estamos llegando muy tarde a la detección de problemas
metabólicos. Tampoco lo hay.
La negativa
de la Cámara de Diputados de asumir el incremento del IEPS a productos nocivos
para la salud, es claro ejemplo de lo anterior. La contundente oposición del
sector privado a ese aumento y la eficacia indudable del costoso cabildeo
llevado a cabo entre legisladores, rindió frutos. Cualquier gasto en ese
renglón es insignificante frente a las inmensas ganancias de la industria.
Es falaz –y
sorprendente– el argumento esgrimido por el Diputado radical Gerardo Fernández
Noroña, del PT, en el sentido de que esa medida sería contraria al compromiso
del Presidente de no crear ni aumentar impuestos. No es el caso, evidentemente.
Por lo demás, habría que recordarle al legislador lopezobradorista la autonomía
formal del Poder Legislativo frente al Ejecutivo para que sea al menos más discreto.
En suma, me
parece que el problema es de nuevo la tentación de aparentar sin resolver.
Volvemos a jugar a la guerra de a mentiritas, en la que por un lado se
pontifica sobre la necesidad primordial de asegurar la salud de los mexicanos y
se crea un pomposo Instituto Nacional de la Salud para el Bienestar (Insabi)),
que sustituirá al Seguro Popular, con un fondo inicial de 800 mil millones de
pesos, y por el otro se anteponen razones políticas o económicas, o ambas, para
posponer eternamente. En realidad, no hay la decisión de atacar el problema.
Mientras
tanto, los índices de incidencia de las enfermedades relacionadas con la
alimentación inadecuada, todas, van en aumento. Y los empresarios del ramo se
mueren, pero de risa.
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