Julio Astillero.
Es amplio el
abanico de arreglos a los que puede llegar el aparato judicial de Estados
Unidos con sus acusados, sobre todo si el curso de un proceso y su eventual
desenlace conllevan significados políticos fuertes. Sin embargo, el volumen de
imputaciones que los fiscales del país vecino dicen tener contra Genaro García
Luna parece apabullante: casi sesenta mil documentos de pruebas, que incluyen
correos electrónicos, comunicaciones interceptadas, transacciones financieras y
fotografías. Además, se está en espera de más material proveniente de otros
países, entre ellos México.
Claro es que
un giro de última hora puede llevar a García Luna a acogerse a algún esquema de
colaboración con Estados Unidos que aligere su penalidad y le evite la difusión
oficial del material acusatorio, pero todo apunta a que el ex secretario de
Seguridad Pública y su jefe, Felipe Calderón, supuestamente ignorante de todo
lo que hacía García Luna, no podrán negar la colusión con el crimen organizado
durante un sexenio de horror.
A la luz del
desahogo que hoy se vive, marcadamente en Internet, las piezas de crítica
social y política que en su papel de comediante realizó en décadas pasadas el
actor Héctor Suárez en la televisión comercial podrían parecer poco atrevidas o
fácilmente asimilables por los poderosos entes mediáticos de la época, Televisa
y Televisión Azteca.
Sin embargo,
como sucedía con otras expresiones culturales, artísticas, periodísticas y de
creación intelectual en general, los autores o ejecutantes de ciertas suertes
críticas debían buscar y encontrar resquicios y circunstancias que permitieran
colocar producciones polémicas en los estantes comunicacionales de los poderes
superiores.
Héctor
Suárez supo y pudo insertar un sello crítico en sus rutinas humorísticas en los
horarios estelares de la televisión comercial y en ello definió su suerte. Fue
vetado de las pantallas televisivas dominantes y entrampado en pleitos legales.
Sufrieron, él y su familia, amenazas verbales y en una ocasión, pistola en
mano, personas desconocidas le amagaron y exigieron que dejara de criticar a
quien entonces ocupaba Los Pinos, Enrique Peña Nieto. Ayer falleció, a los 81
años de edad, deseoso aún de emprender nuevos proyectos, sobre todo a través de
las redes sociales.
Vale tomar
en cuenta que aún a estas alturas, mundo y país cambiantes a gran velocidad,
esas televisoras (bajo la conducción de los Azcárraga en Televisa en diversos
momentos de la carrera de Suárez, y de Ricardo Salinas Pliego en la etapa de
Televisión Azteca) siguen rehuyendo la posibilidad del humor político honesto y
continuo (en algunos casos aparecen programas de comedia para ayudar o golpear
a determinados partidos o candidatos en tiempos electorales). Ha de decirse,
también, que en los mismos canales de televisión pública se mantiene una
reticencia no confesa a permitir o promover programas de humor político que
toquen por parejo a las figuras del momento.
Es positivo
que los gobernadores y el gobierno federal hayan llegado a ciertos acuerdos
básicos respecto al llamado semáforo sanitario que irá regulando los tiempos y
las formas de desconfinamiento, sobre todo en cuanto a actividades productivas
esenciales. Además de otros zigzagueos y contradicciones en los postulados del
gobierno federal, y del forcejeo de varios mandatarios estatales (con las
divisas partidistas por delante, en pleno ejercicio opositor, y también con
aspiraciones electorales inocultables, en otros casos), resultaba
desconcertante la incapacidad de esos políticos ejecutivos para asumir como
válida una forma consensuada de medición de las circunstancias sanitarias, sus
riesgos y la dosificación del tránsito hacia la nueva realidad.
Ayer, con la
secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, al frente de un grupo de
funcionarios federales de primer nivel, se ajustaron criterios con la
Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago). Ojalá los bocetos positivos se
sostengan y se eviten reyertas políticas y partidistas que enturbian un
panorama de por sí crítico.
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