Diego Petersen Farah.
Algunos
grupos de la iglesia católica han emprendido una nueva cruzada en contra del
Estado laico y a favor de lo que los llaman una mayor libertad religiosa. Son
dos los principales frentes de batalla de estos grupos: los derechos políticos
de los ministros de culto y la educación religiosa en las escuelas.
El Artículo 130 de la Constitución,
que norma la relación con las iglesias, fue modificado en 1991 para darle
reconocimiento oficial a las asociaciones de este tipo. Pasamos de un tajante,
y si se quiere absurdo, “la ley no reconoce personalidad alguna a las
agrupaciones religiosas denominadas iglesias” a “las iglesias y las
agrupaciones religiosas tendrán personalidad jurídica…”. Antes de la reforma,
los congresos de los estados podían determinar y limitar el número de ministros
de culto de una Iglesia y después de ella quedó estipulado que “las autoridades
no podrá intervenir en la vida interna de las iglesias”. Sin embargo, tanto antes como ahora se limitan los
derechos de los ministros de culto para ser candidatos o para opinar de
política desde el púlpito. La razón de esto es muy sencilla, aunque a algunos
obispos les cueste trabajo entenderlo: al existir una relación de autoridad
entre el ministro de culto y el feligrés o seguidor las opiniones políticas
emitidas desde el ejercicio del ministerio pueden atentar contra la libertad
política del individuo. Lo mismo podemos decir del corporativismo, y por esa
razón también hay que combatirlo.
El objetivo fundamental del Estado
laico no es, como piensan algunos, limitar el derecho de las iglesias sino
asegurar la libertad de creencia de los individuos, que son los sujetos del
derecho. Dicho de otra manera, el que
los católicos sean mayoría en este país no significa que puedan imponer un tipo
de educación religiosa en las escuelas. La educación religiosa debe quedar en el ámbito de lo privado, es una
decisión de los padres. Que los padres ya no puedan, no quieran o no sepan
cómo educar religiosamente a sus hijos, que es lo que está sucediendo, es
problema de las iglesias, no del Estado. Llevar
la educación religiosa a las escuelas públicas atenta contra el derecho de
creencia.
Pero hay un tercer frente de lucha,
quizá no tan claro y bastante más velado, que es el acceso de las iglesias a
los recursos públicos. Cada vez más aparece el discurso de que las iglesias
hacen un importante trabajo a favor de la comunidad y que en ese sentido son
subsidiarias de las obligaciones del Estado, y para ello citan como ejemplo lo
que sucede en otros países con España o Alemania donde las iglesias reciben una
parte del presupuesto. Sí, sin duda las
iglesias siguen siendo una parte importantísima en el trabajo social y son un
activo de nuestra sociedad, pero una cosa es que estén exentas del pago de
impuestos (que no de declarar) y otra es que reciban recursos fiscales para su
trabajo.
Defender
el Estado laico no atenta contra la libertad religiosa, al contrario, apuntala
y asegura la libertad de creencia, aunque algunas instituciones lo vean
como una limitante a su expansión.
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