Ser servidor público no es trivial. Estoy convencida de que,
a diferencia de otros caminos profesionales, ser servidor público tiene algo de
vocación.
La vocación de servir, la ambición de lograr cambios para
impulsar el desarrollo de un país. Ser servidor público en México en esta época
no debe ser nada fácil. Lo que debería llenar de orgullo y satisfacción hoy se asocia, lamentablemente, con
ambición personal y con deshonestidad.
Los abusos de unos
repercuten en la mala fama de los otros, quizá de la mayoría. Sé que estamos
cansados de oír las historias de corrupción de algunos gobernadores,
legisladores, presidentes de partidos, líderes sindicales, alcaldes y
básicamente de cualquier cargo político. Es agotador seguir escuchando de los
robos sin fin en Veracruz, del desfalco del territorio de Quintana Roo, de los
departamentos de Miami, de los contratos asignados a los amigos y de las
licitaciones a modo, de los kickbacks en el argot 'pragmático'. Es agotador
enterarse una y otra vez del descaro de algunos mal llamados servidores
públicos.
Sin duda —como en todo tipo de empleo— se necesitarán
personas capacitadas para hacer diferentes labores. Se necesitan personas
ejemplares en puestos relevantes. Ejemplares en todo el sentido de la palabra.
Con sus acciones dan el ejemplo. Ahí necesitamos a personas capaces de
enfrentar los retos de un país y capaces de hacerle frente a las resistencias
que tendrán para lograr cambiar las cosas. La solidez técnica es un requisito
necesario, pero no suficiente.
Hoy tenemos un
presidente que aceptó haber citado mal (lo que en cualquier ámbito académico en
el mundo se llamaría plagio) en su tesis.
Este error abarca la
tercera parte de la tesis. No es un error pequeño. La semana pasada, en el
análisis de los candidatos para ocupar el cargo de fiscal anticorrupción, se
descalificó a dos por haberse copiado en su ensayo.
No perdamos de vista la dimensión del asunto. Estas dos personas aspiraban a uno de los
puestos más delicados en el país. Una plaza nueva para un nuevo sistema
anticorrupción que nos permitiría ir enfrentando ese gran problema que ha
mermado la confianza, la eficiencia y el desarrollo del país. Las personas que
aspiraran a ese cargo, por lo menos en mi mente, deberían de tener, aparte de
los requisitos técnicos necesarios, la solidez en principios que les permitiera
hacer su trabajo honestamente y sin conflictos de interés. Tendrían que tener
antecedentes impolutos en temas de corrupción.
Para postularse al
cargo los candidatos tenían que presentar un ensayo. Dos candidatos se copiaron
en el ensayo que presentaron. No nos dicen —y no es necesario— quién copió y
quién se dejó copiar.
Parece un debate en un colegio, alguien copia en el examen,
el otro se deja, se sacan cero y mandan llamar a los papás. En cualquier
escuela que se precie de serlo, esta práctica estaría sancionada. Eso incluye,
desde luego, a las universidades.
¿Qué dice de los
valores de una sociedad el que dos personas que quieren ser fiscales
anticorrupción se copien en sus ensayos? Dos personas que quieren combatir
desde lo alto esas prácticas corruptas de las que nos quejamos todos, son
corruptas en lo más elemental del puesto: en su ensayo de postulación.
Ahí está el papel
ejemplar que juegan los servidores públicos. Si el más alto funcionario del
país plagia (aunque le llamemos de otra forma), se normaliza una práctica que
debería ser inaceptable.
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