miércoles, 22 de marzo de 2017

Los servidores públicos que no son.

Valeria Moy.

Ser servidor público no es trivial. Estoy convencida de que, a diferencia de otros caminos profesionales, ser servidor público tiene algo de vocación.

La vocación de servir, la ambición de lograr cambios para impulsar el desarrollo de un país. Ser servidor público en México en esta época no debe ser nada fácil. Lo que debería llenar de orgullo y satisfacción hoy se asocia, lamentablemente, con ambición personal y con deshonestidad.

Los abusos de unos repercuten en la mala fama de los otros, quizá de la mayoría. Sé que estamos cansados de oír las historias de corrupción de algunos gobernadores, legisladores, presidentes de partidos, líderes sindicales, alcaldes y básicamente de cualquier cargo político. Es agotador seguir escuchando de los robos sin fin en Veracruz, del desfalco del territorio de Quintana Roo, de los departamentos de Miami, de los contratos asignados a los amigos y de las licitaciones a modo, de los kickbacks en el argot 'pragmático'. Es agotador enterarse una y otra vez del descaro de algunos mal llamados servidores públicos.

Sin duda —como en todo tipo de empleo— se necesitarán personas capacitadas para hacer diferentes labores. Se necesitan personas ejemplares en puestos relevantes. Ejemplares en todo el sentido de la palabra. Con sus acciones dan el ejemplo. Ahí necesitamos a personas capaces de enfrentar los retos de un país y capaces de hacerle frente a las resistencias que tendrán para lograr cambiar las cosas. La solidez técnica es un requisito necesario, pero no suficiente.

Hoy tenemos un presidente que aceptó haber citado mal (lo que en cualquier ámbito académico en el mundo se llamaría plagio) en su tesis.

Este error abarca la tercera parte de la tesis. No es un error pequeño. La semana pasada, en el análisis de los candidatos para ocupar el cargo de fiscal anticorrupción, se descalificó a dos por haberse copiado en su ensayo.

No perdamos de vista la dimensión del asunto. Estas dos personas aspiraban a uno de los puestos más delicados en el país. Una plaza nueva para un nuevo sistema anticorrupción que nos permitiría ir enfrentando ese gran problema que ha mermado la confianza, la eficiencia y el desarrollo del país. Las personas que aspiraran a ese cargo, por lo menos en mi mente, deberían de tener, aparte de los requisitos técnicos necesarios, la solidez en principios que les permitiera hacer su trabajo honestamente y sin conflictos de interés. Tendrían que tener antecedentes impolutos en temas de corrupción.

Para postularse al cargo los candidatos tenían que presentar un ensayo. Dos candidatos se copiaron en el ensayo que presentaron. No nos dicen —y no es necesario— quién copió y quién se dejó copiar.

Parece un debate en un colegio, alguien copia en el examen, el otro se deja, se sacan cero y mandan llamar a los papás. En cualquier escuela que se precie de serlo, esta práctica estaría sancionada. Eso incluye, desde luego, a las universidades.

¿Qué dice de los valores de una sociedad el que dos personas que quieren ser fiscales anticorrupción se copien en sus ensayos? Dos personas que quieren combatir desde lo alto esas prácticas corruptas de las que nos quejamos todos, son corruptas en lo más elemental del puesto: en su ensayo de postulación.

Ahí está el papel ejemplar que juegan los servidores públicos. Si el más alto funcionario del país plagia (aunque le llamemos de otra forma), se normaliza una práctica que debería ser inaceptable.

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