Jorge Javier Romero Vadillo.
Cuatro años después de que comenzó el proceso de reforma, se
presentó el modelo educativo que este gobierno pretende dejar como legado.
Mientras la reforma constitucional para crear el sistema nacional de evaluación
de la educación y el servicio profesional docente se aprobó con rapidez y solo
unos meses después quedaron promulgadas las leyes secundarias elaboradas con
premura y, sobre todo en el caso de la ley de profesionalización, con serias
deficiencias en su diseño – pues privilegió los incentivos negativos alrededor
de la evaluación, en lugar de generar un sistema en el que el mérito, la creatividad
y el buen desempeño en el aula y la formación constante se premien con
promoción en el puesto, mejores ingresos y mayor reconocimiento y liderazgo en
la escuela y la comunidad– la
presentación del anunciado modelo que supuestamente transformará de fondo la
manera en la que se enseña en México ha tomado casi todo el sexenio.
Con grandilocuencia, el Presidente de la República se
refirió al cambio pretendido como una auténtica revolución que cambiará de raíz
a la escuela mexicana. Según su dicho, se tratará de la mayor transformación en
la educación mexicana en seis décadas. De ser así, se trataría del abandono del
arreglo con el que se gobernó la educación durante la época clásica del régimen
del PRI, que se comenzó a construir en la década de 1940, durante el primer período de Jaime Torres
Bodet al frente de la SEP, con la unificación sindical de los maestros y el
inicio de la “federalización” (en realidad, centralización) de la gestión
educativa y que alcanzó su madurez durante la segunda estancia del propio
Torres Bodet en la secretaría, cuando se creó el libro de texto gratuito como
principal instrumento articulador del modelo y se consolidó el control sindical
sobre la carrera de los docentes.
No ha sido esta la primera vez que un Presidente de la
República da el grito de inicio a un proceso de profunda renovación del sistema
educativo. Echeverría, con su inefable secretario Víctor Bravo Ahuja, cambió
planes y programas y auguró un gran salto en los alcances de sus reformas;
durante la presidencia de Miguel de la Madrid, Jesús Reyes Heroles, su primera
carta al frente de la SEP, habló también de una revolución que quedó en papel
mojado. Durante el siguiente gobierno, como parte del torbellino reformista de
Salinas, se anunció la gran modernización de la educación básica después de un
diagnóstico que apuntaba ya el estado calamitoso del sistema creado por el
Estado corporativo. Sin embargo, una y
otra vez, a la vuelta de los años, se hace evidente la tenacidad de la
trayectoria institucional construida y la resistencia al cambio de los actores
que se especializaron en aprovechar las oportunidades creadas por las reglas
del juego clientelista.
Y es que cualquier intento de transformación educativa
pensado e implementado desde la cúpula burocrática se enfrentará, una y otra
vez, a unos maestros concebidos únicamente como clientelas y como correas de
transmisión de las decisiones tomadas desde arriba. Si la reforma
constitucional de 2013 pretendía quitarle el control de la carrera magisterial
al sindicato monopolístico y suponía que el premio al mérito académico y al
buen desempeño profesional se convertiría en el mecanismo que comprometería a
los profesores con la mejora continua de la calidad, una mala ley del servicio profesional docente, centrada en la
evaluación como instrumento sancionador, enajenó el apoyo de la comunidad
magisterial al cambio, del que se sintieron víctimas, en lugar de los
promotores de la transformación que necesariamente deben ser.
Los maestros son, de
manera inevitable, los ejecutores de cualquier proceso de cambio en la
educación, pero una y otra vez han sido considerados como objetos y no como
sujetos de las reformas. A diferencia del momento fundacional, cuando
Torres Bodet entendió que el nuevo sistema educativo tenía que cimentarse en un
profesorado bien capacitado y razonablemente remunerado, todas las reformas posteriores han sido tacañas con los maestros y no
los han considerado como los profesionales especializados encargados de
materializar los proyectos transformadores. El sistema de incentivos deformado que generó el control corporativo
del SNTE (y su hijastra la CNTE) privilegió la lealtad personal y la disciplina
sindical sobre la capacitación continua y el premio al buen desempeño, al
tiempo que hizo superflua la calidad y la exigencia en el sistema de formación
inicial basado en las escuelas normales. Si los maestros sabían que
cualquier avance en su carrera dependía de su cumplimiento del contrato
clientelista y no de su esfuerzo formativo, su compromiso con la actualización
que les permitiera aprender a aplicar las innovaciones curriculares y las
nuevas dinámicas de aprendizaje.
El nuevo modelo educativo anunciado con la pompa y
circunstancia acostumbradas en los rituales del poder mexicano suena bien en
los discursos. Ahora, en lugar de a memorizar, los alumnos serán enseñados a
pensar. También les darán inglés desde la educación preescolar. Magnífico. Pero ¿quiénes serán los maestros
que lleven a cabo esa gran transformación? ¿El maestro empobrecido y mal
formado que llenan las escuelas del país? ¿De dónde van a salir los miles de
profesores de inglés que materialicen el ambicioso proyecto de volver
bilingües, o trilingües en el caso de los parlantes de lenguas indígenas, a los
estudiantes mexicanos?
La reforma legal de
profesionalización se encuentra empantanada precisamente porque se hizo en
contra de los maestros. El nuevo modelo educativo está condenado al fracaso
si no comienza por transformar el papel de los maestros de meras correas de
transmisión de instrucciones superiores en los sujetos básicos del cambio. Para cambiar la educación, donde hay que
empezar es en las condiciones formativas y materiales de la comunidad
magisterial. Un gran esfuerzo de
capacitación que le brinde a las maestras y los maestros en ejercicio las
herramientas cognitivas necesarias para generar las nuevas dinámicas de
enseñanza y una reforma de fondo del sistema de formación magisterial deberían
ser los puntos de partida, junto con un cambió de fondo del sistema de
profesionalización que generé incentivos positivos para la formación continua y
el buen desempeño, en lugar de aferrarse a una evaluación mal diseñada.
Cualquiera que sea el modelo educativo,
solo con un profesorado bien capacitado y bien remunerado podrá ser exitoso.
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