Martín Moreno.
La amistad entre un hijo del ex presidente Carlos Salinas de
Gortari con Manuel Granados.
La urgencia de Peña Nieto de contar con aliados durante su
sexenio.
El entreguismo de
Miguel Ángel Mancera al gobierno peñista y su ambición política, sin ningún
respeto a la fuerza que lo encumbró: la izquierda del PRD.
Todos estos factores se
combinaron para que Mancera – un hombre sin partido ni ideología propia ni
identidad política-, alcanzara un pacto con Peña Nieto para ser considerado,
llegado el momento, viable candidato externo presidencial del PRI.
¿Había posibilidades? Sí,
le respondieron.
Sin embargo, le pusieron dos condiciones desde Los Pinos:
Primero, que
descarrilara a Marcelo Ebrard, a quien el Grupo Toluca consideraba enemigo
político a futuro.
Segundo, qué en la
elección intermedia de 2015, reventara electoralmente a Andrés Manuel López
Obrador, reduciendo a Morena a obtener solamente una delegación y que, por
supuesto, no tuviera presencia significativa en la ALDF.
Pero lo más importante para EPN: neutralizar a AMLO desde entonces y evitar que creciera políticamente
en la capital, dejándolo fuera, desde tres años antes, de cualquier posibilidad
de pelear la Presidencia.
Mancera se comprometió
y aceptó: de lograr ambas cosas, el PRI lo consideraría como candidato externo
a la Presidencia de México.
Sí, igual que hoy lo es José Antonio Meade, lo que demuestra
la viabilidad de que en Los Pinos valoraran con Mancera ser el candidato.
El equipo de Peña Nieto
y el propio presidente, desde mediados de sexenio, habían considerado tal
posibilidad: un candidato externo.
Y Mancera le
representaba al peñismo un juego de ganar -ganar: fulminar a la mancuerna
AMLO-Ebrard, y abrir la baraja de presidenciables para el PRI,
independientemente de la decisión final.
¿Qué ocurrió?
La primera sí la
cumplió Mancera: de alguna manera, mediante el escándalo de la Línea 12 del
Metro, logró sacar de la escena política a Ebrard, inclusive, desterrándolo del
país.
Pero donde Mancera
fracasó, fue en derrotar a AMLO en 2015, elección intermedia en la cual Morena
no solamente ganó 5 delegaciones: Cuauhtémoc, Xochimilco, Tlalpan, Tláhuac y
Azcapotzalco, sino que, de paso, se convirtió en mayoría en la Asamblea
Legislativa.
Allí fue cuando Mancera
entregó malas cuentas a Los Pinos.
No solo no pudo contra
AMLO, sino que el triunfo indiscutible de Morena en 2015 en la CDMX consolidó,
aún más, la candidatura presidencial del tabasqueño y se convirtió en
plataforma desde la cual se impulsó para buscar su tercera candidatura
presidencial.
Mancera fue noqueado
por AMLO.
Y allí perdió toda
posibilidad de ser el candidato presidencial del PRI.
La amistad de Manuel
Granados – uno de los operadores, a la fecha, de Mancera-, con un hijo de
Salinas, fue la mano que acercó a Mancera con Peña Nieto. Llegaba bendecido por
el ex presidente que, a pesar de lo que se diga o se piense, mantiene una
influencia enorme en el entorno peñista.
Gracias a ese vínculo,
Mancera pudo hacer pactos y alianzas con Peña Nieto.
Así, la primera mitad
de los gobiernos de ambos fue luna de miel, con abrazos, sonrisas, apretones de
manos y halagos mutuos.
Peña necesitaba de
aliados para derrotar a AMLO en la ciudad de México, y Mancera – con su
docilidad política-, era el compañero de viaje perfecto para intentar descarrilar
a López Obrador.
Mancera se dejaba
querer, yéndose a la cama con el régimen peñista y soñando, conforme avanzaba
el tiempo, con ser candidato del PRI a la Presidencia.
Pero llegó 2015, lo
derrotó AMLO, y cayó de la gracia de Los Pinos. Adiós, candidatura.
El resto de la historia
se resume al naufragio de Mancera, y de allí, a la patética conducta posterior
del jefe de Gobierno:
Primero, fulminado por
Ricardo Anaya, quien le ganó la candidatura del Frente PAN – PRD-MC.
Segundo, emberrinchado con Anaya, Mancera reclamó públicamente la paternidad del Frente, argumentando, de
forma mezquina, que había sido su idea y que él debía ser el candidato. Sí,
como niño encaprichado que le quita la pelota a sus amiguitos porque le metieron
un gol.
Tercero, y ya en la
lona, amenazó que, si no era el candidato del Frente, pues entonces sería
postulado a la Presidencia por el PRD, partido del que renegó, escupió y
traicionó. Solamente que a Mancera se le olvido un pequeñísimo detalle: el
partido amarillo ya estaba más que comprometido con Anaya, y dejó chiflando en
la loma al iluso Mancera.
Cuarto, y con
semblante descompuesto, Mancera dijo: “Mejor me quedo en la ciudad para la
reconstrucción”. Pero también olvidó otro detalle: los tiempos en la política:
si eso lo hubiera hecho entre septiembre y octubre, en plena emergencia por el
sismo y ante la desgracia de decenas de miles de capitalinos, entonces Mancera
hubiera sido reconocido como un estadista qué por encima de sus ambiciones personales,
optó por su obligación al ser electo jefe de Gobierno: atender los intereses de
los ciudadanos. Empero, nadie se tragó su drama. Si permaneció en el cargo,
fue porque ya no tenía de otra. Ninguno le creyó su astracanada.
Hoy por hoy, Mancera
naufraga, víctima de su ambición desmedida y traición a la izquierda.
Cómo estará su abandono
que, según lo dicho a esta columna, hasta Héctor Serrano prepara la puñalada
porque está más que comprometido con Alejandra Barrales para que sea la
candidata de “Por México al Frente” a la candidatura a jefa de Gobierno, y no
apoyar al favorito de Mancera: Salomón Chertorivski.
Ya veremos si a Mancera
aún le queda fuerza para imponer a Chertorivski.
Ya lo veremos.
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