Diego Petersen Farah.
Los políticos hacen muchas dagas, y
algunas cosas buenas. Entre las dagas que suelen hacer y que más cuestan
económica y socialmente, porque generan desconfianza y trastocan la visión del
país, es distorsionar la información para usarla a su conveniencia. Vemos
como normal que un político mienta o diga medias verdades o solo la parte de la
verdad que le conviene. Peor aún, esa capacidad para distorsionar la realidad
es aplaudida como una astucia, como un activo político. Los políticos se quejan
de lo mal que hacemos nuestro trabajo los periodistas, no lo voy a negar ni a
discutir, pero no es lo mismo informar mal (periodismo chafa) que mal informar
(estrategia política de comunicación).
Después de los ciudadanos, las víctimas más frecuentes de los
políticos son las palabras. En boca de
los políticos las palabras sufren de un terrible fenómeno de vaciamiento, pierden su significado para convertirse en
vulgares insultos o lugares comunes ausentes de sentido. Javier Lozano llama a
Anaya “joven dictador” porque le parece que es una buena puntada. El
candidato José Antonio Meade dice que
Javier Corral, es un gobernador que tortura, sin aportar una sola prueba de
ello, solo porque le parece que esa acusación abona al desprestigio del enemigo
político. Anaya culpa a Meade de “la crisis económica”, cuando la economía
mexicana no está en crisis. Sin duda crece menos de lo que quisiéramos, o que a
muchísimos mexicanos no les alcance para los gastos básicos, pero eso no es una
crisis. Ante un problema de inseguridad los políticos hablan de inmediato de
“estado fallido” o a cualquier desorden los califican como “caos”, con el único
afán de hacer exagerar una situación.
Entre los “significados alternativos” de la clase política
mexicana y los “hechos alternativos” del gobierno de Donald Trump hay solo un
paso. Nos reímos y criticamos mucho de lo que pasa en la Casa Blanca, pero
vamos para allá que volamos. Cuantas veces hemos escuchado la frase “nosotros
tenemos nuestros números” para desvirtuar algo tan concreto como el resultado
de una elección. Solo entre los políticos la suma de los mismos números de las
actas de las casillas puede dar un resultado diferente. Lo peor del caso es que
lo hemos normalizado a tal grado, que publicamos en los medios ese tipo de
declaraciones absurdas sin reírnos a carcajadas, que es lo que deberíamos
hacer, de quien lo dice.
Evacuar las palabras, vaciarlas de sentido para convertirlas
en caja de resonancia de sus propios egos, ha sido la peor herencia de la clase
política. Recuperar la ética de la política pasa en gran medida por recuperar
el valor de la palabra. Honrar la palabra, como les gusta decir pomposamente a
los políticos, no es solo cumplir con lo que prometen (esté o no firmado ante
notario) sino comprometerse con lo que dicen, darle valor al significado de las
palabras.
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