Francisco Ortiz Pinchetti.
El enfrentamiento entre Javier Corral
Jurado y el gobierno de Enrique Peña Nieto no tiene precedentes. Ningún
Gobernador como ahora el chihuahuense se había atrevido a denunciar de manera
pública y documentada los abusos, la corrupción y sobre todo los mecanismos
ilícitos del suministro de recursos del erario al PRI para financiar sus
actividades electorales.
Tampoco –nunca desde que el panista
Ernesto Ruffo Appel se convirtió en 1989 en el primer mandatario estatal de
oposición–, se había visto una reacción tan virulenta por parte de la cúpula
priista, encabezada por el mismísimo presidente de la República, contra un
Gobernador de otro partido. No ocurrió ni con el propio bajacaliforniano Ruffo Appel ni con el
aguerrido chihuahuense Francisco Barrio Terrazas o el bravucón e irreverente
guanajuatense Vicente Fox Quesada, cuyos mandatos transcurrieron con algunas
tensiones pasajeras, pero sin rompimientos con los gobiernos federales
presididos por el PRI.
Corral Jurado ha emprendido, en
cumplimiento cabal de una promesa de campaña, una investigación legal contra su
antecesor priista César Duarte Jáquez, virtualmente refugiado en El Paso,
Texas, contra el que ya hay 10 órdenes de aprehensión por ilícitos diversos que
pueden resumirse en el saqueo de las arcas chihuahuenses, al grado de dejar al
gobierno del Estado en estado de bancarrota. El desfalco documentado supera ya
los mil 200 millones de pesos. El gobierno federal ha resistido los exhortos
del Gobernador chihuahuense para que solicite al de Estados Unidos la
extradición del inculpado. Es intocable.
Nada sin embargo ha resultado más
preocupante para Peña Nieto y su equipo que las indagaciones de Corral Jurado
sobre la transferencia de recursos públicos de cuando menos 250 millones de
pesos al PRI a través de empresas fantasmas, para financiar actividades
partidistas durante la campaña electoral estatal de 2016. Ese es el meollo: la investigación, que pone al
descubierto una práctica histórica del aparato priista en todo el país, ha
involucrado irremediablemente a personajes claves de la jerarquía priista.
Me parece que esa, más que las
acusaciones contra Duarte Jáquez por sus desfalcos, es en realidad la causa de
fondo del insólito encono contra el Gobernador de Chihuahua, que ha sido torpemente
descalificado por el Peña Nieto, por el actual secretario de Hacienda, José
Antonio González Anaya; por el precandidato del PRI a la primera magistratura,
José Antonio Meade Kuribreña; por su coordinador de campaña, Aurelio Nuño
Mayer, y por el dirigente nacional del partidazo, Enrique Ochoa Reza.
Enardecidos, le han echado montón.
Según Corral Jurado, el propio secretario González Anaya le
confió en la reunión que sostuvieron el pasado 4 de enero, cuando acudió a
reclamar la retención de una partida de 700 millones de pesos, que en el gobierno de Peña Nieto están preocupados
por saber precisamente el alcance de esa investigación, que ha llevado a la
detención del ex secretario general adjunto del Comité Ejecutivo Nacional (CEN)
del PRI, el coahuilense Alejandro Gutiérrez Gutiérrez.
Ocurre que Gutiérrez Gutiérrez ocupó ese alto cargo
partidario durante la gestión de Manlio Fabio Beltrones Rivera como presidente
nacional del PRI. La investigación que
tanto preocupa a la elite del gobierno federal podría tocar al capo sonorense,
uno de los hombres más poderosos del
sistema político mexicano. Difícilmente podría ser ajeno a la maniobra de
transferencia de recursos públicos para fines electorales. Y, ojo, no solamente
en el caso de Chihuahua.
De ahí, obvio, la decisión de
Beltrones Rivera –contra el que no hay hasta ahora acusación formal alguna por
ese tema– de obtener de inmediato un amparo que lo proteja de cualquier orden
de aprehensión, comparecencia o citatorio por ese caso. Justificó que buscó ampararse para
“poder acceder al expediente y así enterarme de los hechos que aparentemente se
investigan”. Vaya.
Y es que fuera del descubrimiento del llamado Pamexgate en
2001, según el cual el Sindicado Nacional de Trabajadores Petroleros habría
transferido mil 500 millones de pesos a la campaña del candidato presidencial
del PRI Francisco Labastida Ochoa, nunca
se había documentado como ahora en Chihuahua un caso de peculado de esta
naturaleza, que describe los mecanismos secretos de financiamiento del
partidazo.
Corral Jurado desafía con sus denuncias al gigante, que
reacciona con represalias económicas, descalificaciones y difamaciones ante la
eventualidad de que alguno de sus jefes políticos, los verdaderos mandones, sea
alcanzado por la Ley. Es más posible,
como hemos visto, que el sistema acepte el enjuiciamiento de uno o varios
gobernadores estatales, a quienes ahora cínicamente se acusa de traicionar al
partido, que permitir el enjuiciamiento de Beltrones Rivera.
Al joven Gobernador de Chihuahua lo
avalan su probada honestidad y la coherencia que han marcado su trayectoria
política a lo largo de 30 años. Por eso sus acusaciones adquieren un peso
notable en la opinión pública.
No he visto hasta ahora que reciba el respaldo
de su partido, el PAN, con la contundencia que el caso amerita. La coalición
Por México al Frente expidió un comunicado un tanto tibio en el que le expresa
su “apoyo total”, pero no he conocido hasta ahora ninguna declaración
específica del precandidato presidencial y ex dirigente nacional panista,
Ricardo Anaya Cortés. Ni siquiera se ha pronunciado sobre el tema.
Será en el admirable pueblo de
Chihuahua, otra vez, donde Javier Corral Jurado encuentre su verdadero
respaldo. Finalmente, son los ciudadanos de ese estado norteño los directamente
agraviados por la corrupción priista.
Una primera prueba ocurrirá este
domingo, cuando tenga lugar una concentración informativa en la Plaza del Ángel
de la capital chihuahuense. Es la honda de este nuevo David.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.