Jorge Zepeda
Patterson.
Hace unos días publiqué un artículo
en el diario El País en el que me preguntaba hasta dónde se atrevería a llegar
Enrique Peña Nieto en su afán de hacer presidente a su delfín, José Antonio
Meade. La pregunta es pertinente a la luz del uso faccioso que el gobierno ha
hecho de la PGR y de la Secretaría de Hacienda con tal de perjudicar a los
rivales de su candidato, ubicado en un desesperanzado tercer lugar en las
encuestas de intención de voto.
¿Se atreverá
Los Pinos a imponer un triunfo del PRI cueste lo que cueste, fraude electoral
incluido?
Mi pregunta,
que es la de muchos, dejaba en el aire otra interrogante, secuela de la
anterior. Y en tal caso (fraude electoral), ¿qué es lo que harán aquellos a los
que se les arrebate el triunfo? Este viernes
Andrés Manuel López Obrador respondió de manera categórica: “Tengo dos caminos,
ya lo he expresado: Palacio Nacional o Palenque, Chiapas. Si las elecciones son
limpias, son libres, me voy a Palenque, tranquilo. Si se atreven a hacer un
fraude electoral, me voy también a Palenque a ver quién va a amarrar el tigre.
El que suelte el tigre que lo amarre”.
Sin decirlo
(no en esta ocasión, pero sí en muchas otras), López Obrador está haciendo referencia a la tarea de contención que
realizó en 2006 tras los comicios en los que fue derrotado en condiciones
dudosas, por decir lo menos. Como se recordará, hace doce años el líder
opositor perdió por una pestaña tras llevar amplia ventaja en las encuestas y
padecer una jornada plagada de irregularidades, algoritmos postelectorales
incluidos.
En aquel momento muchos seguidores
del tabasqueño concluyeron que habían sido víctimas de un fraude flagrante y
quisieron actuar en consecuencia. Las corrientes radicales de la izquierda
asumieron que el sistema les estaba negando el acceso al poder por vía pacífica
y que la única manera de recuperarlo era a través de la violencia. Por menos
que eso brotaron movimientos guerrilleros urbanos y rurales en los años
setenta. López Obrador entendió que el país no estaba para desencadenar un
alzamiento y mucho menos la represión que eso provocaría y optó por el plantón
de Reforma como una vía para canalizar la rabia y la impotencia.
Lo que muchos vieron como un acto
rijoso e irresponsable fue en realidad una medida tan estratégica como
inteligente para evitar un derramamiento de sangre. Pocos están enterados de
los esfuerzos que debió hacer “El Peje” para acallar los tambores de guerra que
atronaron entre sus filas.
Es paradójico que Vicente Fox y
Felipe Calderón, quienes en su momento violentaron las instituciones, desde el
intento de desafuero hasta el haiga sido como haiga sido, acusen a López
Obrador de ser un peligro para las instituciones. En 2006, en la peor crisis política
que el país haya vivido, fue el único de
los protagonistas que actuó con un verdadero espíritu democrático.
La
afirmación de López Obrador esta semana en la reunión de banqueros de Acapulco
tiene pues un subtexto: “en 2006 a mí me
tocó amarrar al tigre que soltaron en su afán de quedarse en el poder; si
vuelven a hacerlo en 2018 tendrán que amarrarlo ustedes mismos”. O, en otras
palabras, si quieren incendiar la pradera no seré yo quien la haga de bombero.
Sobre advertencia no hay engaño.
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