Salvador
Camarena.
En el principio parecía que en la
elección presidencial habría dos bandos claros. Aquellos que sin rubor se han
manifestado a favor de impedir el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, y
aquellos que creían que la batalla tendría un resultado óptimo si se hace de la
presidencia cualquiera menos el PRI.
Incluso el
encuestador Roy Campos llegó a decir que otra manera de plantearlo sería que
los electores optarían entre el miedo (a López Obrador) o el enojo (por los
múltiples escándalos del actual gobierno).
Pero comenzó
la campaña, que es lo que tenemos desde hace meses, y tras el indudable mérito
de tres partidos que lograron consolidarse en un Frente, han surgido quienes
claramente apuestan por Anaya, gente que considera impasable el premiar con una
nueva oportunidad a los priistas, pero que igualmente son repelentes a la
opción de abrir la puerta de Palacio Nacional a AMLO.
Sin embargo,
el escenario de una elección dual no ha desaparecido, aunque se aleja cada día,
sobre todo porque las cosas no han rodado conforme al libreto que durante todo
un año promovió el gobierno federal.
No adelanten vísperas, confiaron una
y otra vez voces ligadas a Los Pinos, ya verán que apenas salga el candidato,
la fuerza de nuestro partido, nuestra gran plataforma, el apoyo de los medios,
la cargada, pues, harán que cualquiera que resulte ser el bueno crecerá y
alcanzará de inmediato un lugar competitivo.
Pero a dos
meses y medio del destape del candidato oficial no hay encuesta seria que dé la
razón al presidente Peña Nieto, quien, por cierto y contrario a lo que se dice
a menudo de que es imbatible en el plano electoral, sí ha perdido unos comicios
(apostó con la maestra Elba Esther Gordillo que el PRI –con su ayuda– ganaría
en Puebla en 2010, y la líder sindical logró imponer en la gubernatura, ni más
ni menos que al expriista Rafael Moreno Valle).
A pesar de lo anterior, Meade por
supuesto no está descartado, pero no por aquello de que aún falta el arranque
formal de las campañas y de que en éstas suelen ocurrir volteretas.
Lo que mantiene viva la posibilidad
de que el oficialismo pueda competir es la duda de si Ricardo Anaya sabrá
explicar, pronto y de manera convincente, los vericuetos de su nada lineal
fortuna personal.
Porque tan cierto el abuso en que ha
incurrido el gobierno en contra del queretano, como que las cuentas de Anaya se
enredan y pueden constituirse en un fardo que le lastre de manera importante.
Paradójicamente,
el gobierno federal podría terminar siendo el involuntario artífice de la
sobrevivencia de Anaya. No sólo porque con tan obscena persecución puede
generarle un halo de víctima, sino porque al no haber cuidado la investigación
del supuesto lavado, la administración ha ido exhibiendo y filtrando cada etapa
de la misma a tal punto que si se llegara a probar que existen indicios de que
la compra-venta de la nave industrial de Anaya por 54 millones de pesos fue una
simulación, a saber si el candidato del Frente no podría alegar –con evidentes
argumentos– que el caso ha estado tan manoseado por la propia Fiscalía, que el
debido proceso fue violentado y no se le puede juzgar adecuadamente.
En resumidas cuentas, el embate
contra Anaya tiene con el Jesús en la boca a otros tahúres –no sólo los
gobernadores, como se publicó ayer aquí— sino a esos jugadores siempre
acostumbrados a ganar (empresarios, jerarcas de iglesias y no pocos medios) que
no saben, como los mandatarios estatales, si la jugada es impedir que llegue El
Peje o comenzar a echarle un lazo a las huestes morenas.
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