Javier Risco.
Las víctimas siempre primero, en el
centro de todo. Ahí deberían de estar, desde ahí las debemos escuchar y
proteger. Una de las tragedias más grandes del sexenio, los 43 estudiantes
desaparecidos de la escuela rural normal de Ayotzinapa, no ha sido resuelta.
A los cientos que buscan una
respuesta sobre su desaparecido, la justicia mexicana les ha cerrado la puerta
en la cara; las autoridades los han humillado, despreciado y violentado. Han
visto pasar procuradores, se han sentado de frente con el presidente, han
recorrido miles de kilómetros marchando y ni así han logrado que los traten
dignamente.
El 26 de abril de este año, 43
familias habrán cumplido 43 meses buscando respuestas en el vacío, limpiando
sus lágrimas con los reclamos de justicia y exigiendo que aparezcan unos hijos
que el gobierno enterró debajo de una verdad histórica que, por más que
repiten, ellos tampoco creen.
Ayer, el
Centro de Análisis e Investigación Fundar
presentó el informe ‘Yo sólo quería que amaneciera. Impactos psicosociales del
caso Ayotzinapa’, en él se rescata a las víctimas del olvido gubernamental; si
ellos no han sido capaces de escuchar, la sociedad civil tiene la obligación de
hacerlo y no olvidar que han perdido un hijo, un hermano, un primo, un nieto, y
después de un hecho de esta magnitud, no se vuelve a descansar.
Recuerdo
nítidamente el texto de Tryno Maldonado en Emeequis, titulado ‘Las mujeres de
Ayotzinapa’. Recuerdo la historia de Hilda Legideño, una madre en busca de su
hijo Antonio Tizapa Legideño, desaparecido la noche del 26 de septiembre de
2014. Recuerdo el platillo favorito de su hijo: fiambre tlixteco –una
combinación de tres carnes y una salsa agridulce llamada 'agrito', acompañado
de pan blanco–, platillo que le hizo el último cumpleaños que compartieron
juntos.
Recuerdo lo difícil que era para ella
regresar a lo que alguna vez llamó casa: “No puedo volver a casa. Estando allá unos
cuántos días es cuando más se siente la ausencia. Es cuando quisiera una
olvidar todo. Pero no se puede olvidar. Es cuando más se recuerda… por lo único
que estamos luchando es por nuestros hijos. A nosotras no nos interesan las
cosas materiales. Nos han ofrecido de todo… no hay cosa material que pueda
sustituir la vida de un hijo”.
Recuerdo el
cuarto de Antonio descrito por Tryno, dibujado por todas partes. ¿Cuánto se
rompe con la ausencia de un hijo? ¿Cómo se destierra una casa? ¿Cuánto
significa un platillo? ¿Cómo se despintan las paredes de un cuarto? La tragedia
desconoce límites.
En el
informe presentado por Fundar a más de tres años de la tragedia, se palpa no sólo la ausencia de 43 y el
dolor de 43 familias, sino el miedo, la sed de justicia y de respuestas que
toda una comunidad de sobrevivientes tiene instalados en su casa y en su alma
desde entonces.
“Nos vamos muriendo poco a poco al no
saber de nuestros hijos… Al gobierno no le ha importado, siguen diciendo
mentiras y generándonos dolores en lo más profundo de nuestro corazón”, dijo
Hilda Hernández, quien relata los efectos que ha sufrido desde la desaparición
de su hijo, César
Manuel González, uno de normalistas desaparecido.
El informe retrata las consecuencias
no sólo de la tragedia, sino de la constante revictimización a la que están
sometidas las familias. Viven bajo las reglas de un gobierno que les quitó la
tranquilidad, que los ignora y que no ha sabido reparar en alguna medida el
daño causado por la mortal impunidad que se ha instalado en cada rincón del
país.
“El estudio da cuenta de la manera en
que estos impactos se han profundizado a lo largo de tres años debido a la
impunidad, entendida no solamente como la falta de investigación y sanción a
los responsables, sino que incluye las actuaciones de las autoridades que han
obstaculizado la investigación y manipulado la verdad.
“En este sentido, el estudio
describe, a través de la voz de las víctimas, los impactos revictimizantes de
la estigmatización de los normalistas –que en su momento fueron señalados como
parte de grupos de la delincuencia–, la difusión de la llamada ‘verdad
histórica’, sin sustento científico, y de otros eventos en los que el Estado ha
sostenido esta versión de los hechos. Estos eventos en su conjunto configuran
una secuencia traumática, que ha generado la ruptura de la confianza de las
víctimas hacia el Estado”, se lee en el documento.
Estas recomendaciones no son nuevas
y, sin embargo, no han sido tomadas en cuenta. No son exigencias distintas a
las que se hicieron desde el primer día en que los estudiantes no llegaron a
sus casas. No es nada diferente a lo que cualquiera de nosotros exigiríamos. Y
es que la tragedia de los 43 no es sólo de ellos. Es la historia de un México
de impunidad.
Es la
tragedia que todos compartimos.
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