Por Martín Moreno.
Si algo ha caracterizado a Morena, es la elección de algunos
diputados y senadores impresentables que con el simple hecho de la genuflexión
ante la mal llamada Cuarta Transformación, se purifican en automático. Los
tontos parecen inteligentes. Los ignorantes parecen cultos. Los pillos parecen
honestos.
Allí están, de bote pronto, dos ejemplos que pasarán al
anecdotario político – no pueden aspirar a más- como personajes que de milagro
sabrían la fecha de nuestra Independencia: el stripper Sergio Mayer y el hijo
de Lupita D’ Alessio, de nombre Ernesto. Ambos, pésimos actores que han tenido
la suerte de estar cerca de los favoritos de López Obrador para hoy ocupar
curules en San Lázaro. Vaya par.
(Decir también que no ha sido privativo de Morena. Recién
recordamos a la brillante todóloga Carmelita Salinas, alias “La corcholata”,
Diputada por el PRI, que opinaba desde el Brexit británico hasta el último
escándalo de Niurka).
Y por supuesto que hay otros legisladores en Morena que han
dicho una cantidad generosa de burradas en tiempo récord. Algunos que hablan
porque tienen boca. O las senadoras que agreden a periodistas verbalmente. Una
pléyade de cuasi analfabetos que en su vida han abierto o leído un libro.
La ignorancia también es una forma de corrupción. Y daña a
toda democracia, porque el ignorante, sabedor de su mutilación intelectual,
calla y otorga, en este caso, su voto de manera dócil, tal y como se lo ordenan
sus líderes. Mucho sería pedirles que razonaran. Demasiado exigirles que lo
discutieran. Son cuotas de poder que siempre han existido en prácticamente
todos los partidos.
Sin embargo, el caso
más emblemático de corrupción, impunidad y cuota de poder otorgado por Morena
y, en este caso, avalado personalmente por López Obrador, recae en una de las
páginas negras del sindicalismo mexicano: Napoleón Gómez Urrutia. Napito, como
se le moteja en el gremio minero.
Sabemos ya que Napito
sustrajo, en realidad, 33 millones de dólares que pertenecían a un fideicomiso
de los trabajadores mineros, y no 55 millones, como se ha dicho, debido a que
reembolsó 22 millones de dólares a trabajadores de Cananea. De cualquier
manera, se birló una fortuna que no era suya. Sabemos ya que heredó el SNTMMSRM
de su padre, Napoleón Gómez Sada, quien durante la época dorada del PRI hizo
del sindicato su coto de poder durante 40 años.
En dos de mis libros –
Los demonios del sindicalismo mexicano y Abuso del poder en México -, así como
en la columna titulada “No, Andrés Manuel. ¡Napito NO!”, del 21 de febrero de
2018 en SinEmbargoMx, revelamos a detalle la ruta que siguió el dinero birlado
por Napito, mediante triangulaciones financieras por bancos de todo el mundo y
que le permitió a él y a su familia vivir holgadamente en Vancouver durante
varios años. Allí están las pruebas para quien quiera verlas una vez más.
Sin embargo, astuto,
Napito supo aguantar el temporal, y de pillo certificado, pasó a ser
“perseguido político” (¿?), gracias a la bendición de AMLO tras ganar la
elección presidencial.
Napito, el purificado por Andrés Manuel.
Napito, el pillo amigo del Presidente.
Napito, la corrupción de la mal llamada Cuarta
Transformación.
¡Vaya vergüenza!
¿Cómo pudo Gómez
Urrutia salvar el pellejo y erigirse, hoy por hoy, en la punta de lanza de AMLO
para formar la central obrera que se impulsa desde Palacio Nacional para darle
el tiro de gracia a la reumática CTM, y ser así el nuevo sector obrero que le
sirva al tabasqueño para sus propósitos políticos?
Como se acostumbra en la política: vía componendas y favores.
Resulta que una amiga
periodista íntima de AMLO y que desde años ha tenido una gran amistad con
Napito, generoso siempre con sus amigos en lo financiero, influyó en López
Obrador desde que era candidato presidencial y le vendió la historia de que
Gómez Urrutia era “perseguido político” del panismo cuando, en realidad, las
pruebas en su contra por fraude, estaban avaladas con denuncias penales de los
propios trabajadores sindicalizados y comprobadas con documentos y rutas del
dinero sustraído, además de las inversiones hechas con ese dinero en Canadá
para que se aceptara darle refugio a Napito y familia. De otra forma, ¿cómo
explicar que tan distinguida familia sobreviviera durante tantos años en una de
las ciudades más caras del mundo, si no fue con esos millones de dólares mal
habidos? (Toda la información al respecto está en mis libros para quien quiera
consultarla).
Un pillo certificado,
sin duda alguna. Una patraña, el cuento chino de que Napito era “perseguido
político”. ¿Cómo purificarlo? Otorgándole fuero legislativo para evitar ser
aprehendido. De prófugo de la justicia a Senador de la República. ¡Sólo en
México, carajo!
Y AMLO aceptó
protegerlo por dos razones: por la amistad que lo ha unido con su amiga
periodista, y por la conveniencia política que le representa que, ahora, Napito
encabece el ala obrera de la mal llamada Cuarta Transformación: la
Confederación Internacional de Trabajadores (CIT), ariete del lopezobradorismo
para consolidar su proyecto político no solo durante su sexenio, sino también,
de la intención transexenal de proyecto que ya Andrés Manuel le ha planteado a
algunos en reuniones privadas, y que será tema de otra columna.
Ahora, Napito y AMLO aparecen sonrientes, abrazados, unidos.
Un líder sindical millonario. Un Presidente alcahuete que cerró los ojos y
abrazó lo que tanto pregonó que no haría: tolerar la corrupción.
Allí está Napito: el
emblema de la corrupción sexenal. Rescatado, con fuero, solapado y entronizado.
¿Y el fraude contra los mineros? ¡Que se jodan! Primero está la mal llamada
Cuarta Transformación y los intereses políticos de su líder, y luego todo lo
demás.
Vaya descaro.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.